Capítulo 3 #2
Instintivamente, se adentró en un callejón estrecho, donde la lluvia repiqueteaba contra las paredes y no había alma viva.
El eco de sus pasos resonaba en la penumbra, pero pronto otro sonido se unió: pasos a su espalda, suaves pero firmes, como un latido que aceleraba su pulso.
Matteo apretó el maletín contra su pecho y apresuró el paso, el corazón latiéndole con fuerza.
Las calles se retorcían como un laberinto, y él callejeó sin rumbo, perdiéndose entre los jardines posteriores de la Catedral, donde las sombras de los árboles se alzaban como guardianes silenciosos.
La lluvia empapaba su rostro, y el miedo lo impulsó a correr, sus pies resbalaban sobre el empedrado húmedo mientras el sonido de la persecución se intensificaba tras él.
Clara y Carles, alertados por el movimiento repentino de Matteo, sintieron un escalofrío recorrerles la espalda mientras arrancaban a correr tras él, sus botas golpeando el suelo empapado con una urgencia casi desesperada.
Las murallas medievales se alzaban a su alrededor como centinelas imponentes, sus siluetas difuminadas por la niebla densa que parecía cerrarse sobre ellos, mientras el eco de sus pasos resonaba con un ritmo frenético, mezclándose con el rumor constante de la lluvia que caía como un lamento interminable.
Matteo, guiado por un pánico visceral que le nublaba la mente, giró bruscamente por un sendero oculto entre los jardines posteriores de la Catedral, su figura encorvada, desvaneciéndose entre la bruma como un espectro huyendo de su propia sombra.
El corazón de Clara latía con fuerza, sus pulmones ardiendo por el esfuerzo, mientras Carles, a su lado, jadeaba con una mezcla de furia y determinación, maldiciendo entre dientes la visibilidad casi nula.
La persecución se adentraba en un laberinto de arbustos y senderos resbaladizos, donde cada paso era una lucha contra el barro y la incertidumbre.
Matteo tropezó, y su cuerpo se precipitó violentamente contra el suelo antes de recuperar el equilibrio, un instante que Clara y Carles aprovecharon para ganar terreno, sus siluetas apenas visibles a través de la cortina de agua.
Pero la oscuridad, como una mano invisible, se cerró sobre ellos; las raíces expuestas y las piedras cubiertas de musgo los hicieron resbalar, retrasando su avance mientras el sonido de los pasos de Matteo se desvanecía en la distancia, un eco que se perdía en la niebla.
La angustia apretaba el pecho de Clara, temiendo que su presa escapara, mientras Carles, con el rostro tenso, gritaba su nombre sin respuesta, su voz ahogada por el ulular del viento entre los árboles.
Finalmente, al llegar a un cruce de caminos donde el sendero se bifurcaba, Matteo había desaparecido por completo, como si la tierra misma lo hubiera tragado.
Solo quedaba el silencio roto por el goteo del agua y el rumor persistente de la lluvia, un vacío que amplificaba la sensación de fracaso.
Clara se detuvo, respirando entrecortadamente, sus ojos escudriñando la niebla en busca de cualquier señal, mientras Carles, con las manos en las rodillas, maldecía en voz baja, consciente de que la persecución había terminado… al menos por ahora.
—Se nos ha escapado, Pons —murmuró Clara, jadeando, con la mirada perdida en la niebla—. Pero no irá lejos, se le ha caído el maletín.
Carles, limpiándose la lluvia del rostro, gruñó.
—¡Lo atraparemos! Y si vuelve a correr, estaremos listos.
Mientras la tarde caía sobre Girona, Matteo, estaba atrapado entre su pasado y su paranoia, no sabía que había sido la policía quien lo había perseguido, en su mente sus sospechas y sus temores se dirigían a la sombra que lo acechaba des de hacía tiempo con el mensaje «17.6».
Clara Riera y Carles Pons, aún jadeantes tras la persecución fallida, se detuvieron, el eco de los pasos de Matteo d’Alessandro se había desvanecido totalmente, dejando solo el peso de una oportunidad perdida.
La ciudad, con sus murallas medievales, parecía contener el aliento, como si guardara el secreto de su huida.
Clara ajustó su chaqueta empapada, su mirada perdida en la niebla.
—Se nos ha escapado, Pons —murmuró, con una mezcla de frustración y rabia—. Pero ese pánico, esa manera de correr… no era solo miedo, era terror. Algo lo tiene perturbado.
Carles, limpiándose la lluvia del rostro con una mueca, gruñó en aprobación.
—Ese tipo corre como si llevara el diablo en los talones, Riera. Pero debemos ser pacientes y tendremos otra oportunidad. Volvamos a la comisaría y pongamos en orden lo que sabemos.
Mientras regresaban al coche, el aire frío les mordía la piel, y el aroma a tierra húmeda se mezclaba con el lejano eco de campanas que anunciaban la hora.
Las calles del casco antiguo, con sus adoquines resbaladizos y los primeros adornos navideños asomando en las vitrinas, ofrecían un contraste extraño entre la festividad incipiente y la tensión del caso.
Clara sintió un nudo en el pecho, no solo por la huida de Matteo, sino por la conexión que intuía con su pasado en la academia de bellas artes de Roma.
Carles, mirando a Clara empapada a su lado, mantenía un silencio raro, como si la persecución hubiera encendido en él una chispa que aún no se atrevía a nombrar.
De vuelta en la comisaría, la luz mortecina de las lámparas iluminaba las paredes, de una sala pequeña, donde había un mapa y unas fotos del caso colgadas en la pared. Clara extendió un cuaderno donde garabateaba notas, mientras Carles se recostaba en la silla, frotándose las manos para calentarse.
—Entonces, Riera, resumamos —comenzó Carles, con su tono suavizado por el cansancio—.
Seguimos a tu profesor misterioso hasta Barcelona, allí sabemos que se reunió con Laia, justo la mañana antes de su asesinato, luego descubrimos que viajó a Girona, no sabemos el día con certeza, pero es mucha casualidad reunirse con la víctima el mismo día de su muerte y luego aparecer en la misma ciudad donde se ha perpetrado el crimen, luego está la persecución de hoy por el casco antiguo y los jardines de la Catedral, lo vimos correr como si lo persiguiera un fantasma, y luego…
puff, se esfumó en la niebla. ¿Qué opinas? ¿Culpable o solo un viejo asustado?
Clara frunció el ceño, revisando sus apuntes.
—No lo sé, Pons. Su reacción fue visceral e inmediata, como si supiera que está en peligro. La pista del MNAC lo sitúa con Laia antes del crimen, y ahora en Girona esto no puede ser ninguna casualidad… Tal vez no sea el asesino, pero cada vez se me hace más difícil pensar en su inocencia.
Carles asintió, tamborileando los dedos sobre la mesa.
—Podría ser una trampa, o alguien está jugando con él o es que realmente es culpable, un inocente no huye como alma que lleva el diablo como hizo él.
Clara asintió débilmente, sintiendo el peso del día.
La lluvia seguía cayendo, y por un instante, mientras Carles le ofrecía una taza de té, sus miradas se cruzaron con una calidez que ninguno nombró, pero que ambos sintieron, un hilo tenue que se tejía entre la niebla de la investigación y unos sentimientos a flor de piel.
Mientras tanto, Matteo d’Alessandro regresó al Hotel Ultonia, en el centro de Girona, con el corazón aún acelerado y la ropa empapada pegada a la piel.
El vestíbulo, con su calidez acogedora y el murmullo de los huéspedes, contrastaba con el torbellino en su mente.
Subió a su habitación y se dejó caer en una silla junto a la ventana, desde donde la lluvia trazaba ríos sobre el cristal, reflejando las luces navideñas que iluminaban la ciudad.
La noticia de la muerte de Laia Martí en la Catedral de Girona lo golpeaba como un cincel contra mármol.
Había venido a Girona para desconectar, para impregnarse de sus misterios, su historia, sus museos y su gastronomía, esperando con todo su corazón que Laia aceptara el cargo en la academia.
Los días habían transcurrido en un intento de silencio, apenas usando su portátil o móvil, pero ahora el mensaje anónimo lo obligaba a indagar.
Encendió el ordenador con manos temblorosas y buscó en internet, confirmando con horror que las noticias locales reportaban el asesinato de una restauradora en la Catedral, el cuerpo encontrado el martes 26 de noviembre. La realidad lo aplastó: Laia estaba muerta.
Su mente divagó hacia las dos sombras que lo habían perseguido.
¿Quiénes eran? ¿Eran los mismos que le enviaban las notas con «17.
6»? Sentía sus miradas clavadas en su nuca, sus pasos resonando en el callejón vacío.
¿Eran cazadores enviados por un enemigo del pasado, tal vez un alumno resentido o un rival de la academia?
O quizás, pensó con un escalofrío, estaban relacionados con la muerte de Laia, y él, sin saberlo, era su próximo objetivo.
Se levantó, cerró las cortinas con un gesto nervioso y se sumió en un sueño inquieto.