Capítulo 3
Matteo d’Alessandro caminaba por las calles estrechas del Barrio Gótico, su figura alta y erguida destacando entre la multitud, el cabello canoso agitado por una brisa que parecía un susurro.
Su rostro, surcado por líneas que contaban años de disciplina y severidad, mantenía una máscara de control, pero sus ojos oscuros traicionaban una inquietud que no podía ocultar.
Era un hombre serio, de carácter inflexible, un escultor y profesor cuya voz había resonado en las aulas de la academia de bellas artes de Roma como un martillo sobre el mármol.
Estricto hasta la crueldad, exigía perfección, pero detrás de esa fachada había un hombre que, en sus momentos más íntimos, se preguntaba si el arte que enseñaba había perdido su alma.
Llevaba consigo un maletín de cuero gastado, su contenido un secreto que pesaba más que las esculturas que había tallado en su juventud.
Había venido a Barcelona para reunirse con Laia Martí, una restauradora prometedora del MNAC cuya habilidad con los pinceles y las esculturas había llamado su atención.
Matteo, al borde de la jubilación, veía en ella una futura profesora de arte y digna sucesora de su legado, alguien que pudiera devolverle el alma a sus clases y a su amada academia.
Pero esa decisión, tomada en la quietud de su apartamento en Roma, había desatado algo oscuro, una sombra que trascendía fronteras y ahora lo seguía como un eco en las callejuelas barcelonesas.
Mientras cruzaba la Plaza Real, algo lo hizo detenerse. Le pareció ver una figura vagamente conocida, un fantasma de su pasado, volvió a mirar, pero allí no había nadie.
Des de hacía tiempo tenía la sensación de que alguien lo observaba y lo perseguía como una presencia silenciosa, alguien de su pasado, a quien no lograba recordar.
¿Se estaría volviendo loco? ¿Tantos años de trabajo estarían haciendo mella en su cabeza, como un cincel hace mella en la piedra?
Matteo apretó el maletín contra su pecho y aceleró el paso.
Era una tarde de otoño en Roma, años atrás, cuando el aire de su pequeño apartamento olía a cera y a recuerdos desvaneciéndose. Matteo estaba sentado junto a la cama de su esposa, Elena, cuyo rostro, otrora lleno de vida, se había reducido a una sombra bajo las sábanas.
La enfermedad la había consumido lentamente, un cáncer que talló su cuerpo como un cincel implacable, dejando solo huesos y miradas que pedían paz.
Matteo, siempre fuerte, siempre controlado, se había quebrado en esas noches, sus manos temblorosas sosteniendo las de ella mientras el silencio del cuarto se llenaba de un dolor que no podía esculpir.
La pérdida de Elena lo endureció, transformando su carácter en una armadura de severidad que imponía a sus alumnos, como si la perfección pudiera redimirlo de la imperfección y fragilidad humana que había presenciado.
En la Academia de Bellas Artes de Roma, Matteo canalizó esa dureza, exigiendo de sus estudiantes —Clara y otros— un arte que trascendiera la mera técnica.
Pero el vacío dejado por Elena lo perseguía, un eco que resonaba en cada bloque de mármol que tallaba.
Con los años, su prestigio creció, pero también su soledad.
Decidió que su jubilación sería diferente, que entregaría su legado a alguien digno, alguien como Laia, cuya pasión le recordaba los días en que él mismo había soñado con esculpir el alma en la piedra.
Sin embargo, algo se había torcido. Las notas con «17.6» comenzaron a aparecer, primero como un susurro, luego como una amenaza que no comprendía.
Matteo no sabía quién lo acosaba ni por qué, tal vez era un antiguo alumno resentido, o quizás un rival celoso de su legado. Fuera quien fuera, lo notaba como una presencia omnipresente de la que no podía escapar.
De vuelta en Barcelona, Matteo llegó al Oval Café, un lugar discreto donde había citado a Laia.
La joven lo recibió con una sonrisa nerviosa, sus manos inquietas sobre una taza de café.
Matteo habló con su tono grave y mesurado, dejando entrever un futuro que aún no nombraba del todo, una posibilidad que flotaba como un susurro en el aire.
—Eres talentosa, Laia —dijo, con un matiz de nostalgia en la voz—. He pasado décadas moldeando piedra y alumnos, pero mi tiempo se agota. Tal vez haya algo más que pueda ofrecerte, algo que trascienda mi propia historia.
Laia lo miró, sus ojos buscando entre las líneas de su rostro una certeza que no encontraba.
Sospechaba que Matteo albergaba un ofrecimiento, quizás el puesto en la academia, pero no estaba segura.
Había algo en su tono, una mezcla de cansancio y anhelo, que la inquietaba.
Matteo continuó, su mirada perdida en la taza que sostenía.
—Mi vida ha sido gris, Laia, un lienzo desvaído desde que perdí a mi esposa. Ella se fue lentamente, y mi alma se fue con ella, he sido demasiado duro con quienes intentaban acercarse a mí y crear bajo mi mirada.
Tú eres luz, un contraste vivo contra mi oscuridad. Creo que mis alumnos merecen un guía que les dé lo que yo no supe ofrecer: amabilidad, inspiración, no solo exigencia.
—Hizo una pausa, removiendo el café, y al coger el azucarillo, un estremecimiento lo recorrió, el número «17.6» estaba garabateado en el papel.
Laia frunció el ceño, confundida por el gesto de Matteo y por el silencio que siguió.
Matteo dejó la taza sobre la mesa, su mano temblando ligeramente, mientras el eco de su pasado resonaba en su mente.
No dijo más, pero la sombra que lo seguía parecía haberse colado en su café, una sombra que aún no lograba identificar.
Mientras salía del MNAC, con el corazón latiendo como un cincel contra la piedra, Matteo se preguntó si alguna vez escaparía de las sombras que lo perseguían.
El pasado, con sus pérdidas, sus silencios y su oscuridad, le pesaba enormemente, y veía en Laia a alguien a quien cederle su legado —un acto de esperanza y altruismo tras años de oscuridad y egoísmo.
Tras la reunión, Matteo decidió alejarse de Barcelona por unos días. La ciudad, con sus ecos y sus sombras, lo ahogaba, y la cercanía de Girona —con sus museos y su calma— le ofrecía un refugio temporal.
Tomó un tren esa misma tarde, buscando la paz de las calles empedradas y las galerías de arte, sin saber que su presencia atraería nuevas miradas.
El miércoles 4 de diciembre de 2024, Girona amaneció envuelta en una niebla espesa que parecía envolver los secretos de sus calles, con la lluvia tamborileando sobre los tejados.
Clara Riera y Carles Pons hacía días que no hallaban ningún hilo del que tirar, como un artista esperando que la inspiración lo sacuda y lo saque de su letargo, no lograban dar con el paradero de Matteo, pero de repente reciben una pista inesperada de uno de los compañeros de Laia Martí en el MNAC el cual afirma haber recordado que el hombre con quien se había reunido Laia, había mencionado en voz alta su deseo de visitar Girona, había dicho el compañero, recordando las palabras de una conversación casual que Laia había compartido con él antes de su muerte.
Clara, con el pulso acelerado y Carles, con su habitual mezcla de sarcasmo y resolución, decidieron seguir la pista.
Si Matteo estaba en Girona, podría ser el momento de confrontarlo, de desentrañar qué lo había llevado a reunirse con Laia y si su presencia en la ciudad ocultaba algo más.
Mientras conducían hacia el casco antiguo, la lluvia golpeaba los cristales del coche, y Clara no podía dejar de pensar en que había motivado el viaje de Laia a Girona, según el compañero, Laia había planeado encontrarse con Matteo allí para acabar de tratar unos asuntos.
Pero su muerte en la Catedral lo había truncado todo.
—Riera, si tu profesor está aquí saboreando el ambiente de la ciudad mientras Laia yace en una tumba fría, esto huele a más que casualidad —dijo Carles, mientras aparcaban cerca de las murallas.
Vamos a por él antes de que se esfume entre las sombras, no creo que ande lejos del casco antiguo, de algún museo de la zona o de alguna obra de arte, empecemos por ahí.
Clara asintió, su mente dividida entre la curiosidad y la inquietud.
Matteo había sido un mentor implacable, también alguien cercano, por así decirlo, pero también un enigma, y su llegada a Girona justo después de la reunión con Laia no podía ser un accidente.
Mientras avanzaban por el casco antiguo, como de una casualidad divina, allí se encontraba, de pie, caminando sin rumbo, mirando fachadas antiguas y escaparates y Clara se preguntó qué lo había traído de Roma a esta ciudad.
Matteo d’Alessandro, ajeno a que lo seguían, deambulaba por el casco antiguo con la esperanza de que Laia aceptara el cargo y tomara su relevo en la Academia de Roma.
Había elegido Girona como refugio temporal, atraído por su casco antiguo misterioso, sus museos cargados de historia, su gastronomía que evocaba sabores tradicionales, y los olores y sentimientos de una ciudad que parecía susurrar promesas de paz.
Mientras visitaba el Museu d’Art, sus pensamientos vagaban hacia Laia, imaginando su voz aceptando el puesto, que le permitiría cerrar su capítulo en la academia y dejar su legado en buenas manos.
Pero al encender su teléfono para consultar un mapa, un mensaje anónimo irrumpió en su pantalla: «Laia Martí está muerta».
El mundo se tambaleó. Matteo sintió un frío que le calaba los huesos ¿Cómo era posible?
¿Quién le enviaba esto? La noticia lo dejó paralizado, y en ese instante, cuando salía del museo, una sensación inquietante lo recorrió: una presencia, un peso en la nuca, como si ojos invisibles lo observaran desde las sombras.