El susurro del mármol Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Disfrutaron de un vermut en el Café, sus risas mezclándose con el rumor del río.

Carles bromeaba sobre su torpeza con las herramientas de arte, y Clara respondió con una carcajada.

Sus manos se rozaron de nuevo, y aunque ninguno lo reconoció, el gesto trajo una calidez que ambos agradecieron en silencio.

Por unas horas, el peso del caso —el ángel, Matteo, los números «17.6», la nota— todo se desvaneció, como si Girona misma los protegiera de las sombras que los esperaban.

El lunes por la mañana, Clara despertó con una claridad renovada, como si el respiro del domingo le hubiera pulido los bordes de su determinación.

El sueño del ángel con el rostro de Matteo había regresado en la noche, pero esta vez, la figura parecía más difusa, como si otro rostro intentara emerger de la piedra.

Decidió visitar el taller de Alba y Joan sola, sin Carles, confiando en que la amistad forjada en sus años en la Universidad de Girona y el taller le permitiría obtener respuestas más sinceras.

Carles se quedó en la comisaría, intentando buscar rastros de Matteo, mientras Clara se adentraba en el casco antiguo.

Alba y Joan eran más que colegas; eran los compañeros que la habían acompañado en sus primeros pasos en el arte, antes de que Roma y sus promesas de grandeza la llevaran al otro lado del Mediterráneo.

Alba, de estatura baja, con el cabello negro cayendo en ondas sobre los hombros, era la seriedad personificada cuando trabajaba, sus manos moviéndose con precisión quirúrgica sobre lienzos y esculturas.

Pero fuera del taller, su risa era como un trazo de luz, capaz de disipar las sombras de un mal día.

Joan, de estatura media, con el pelo castaño revuelto y una sonrisa que desafiaba la gravedad, era su opuesto complementario.

Extrovertido, amante del deporte, llegaba al taller con historias de sus carreras matutinas, por el Castillo de Sant Miquel o cualquier montaña que tuviera cerca, o bromas que hacían rodar los ojos a Alba, aunque no podía evitar sonreír.

Entre ellos había una chispa intermitente, un vaivén de momentos amorosos que nunca cuajaban en algo definitivo, como si la vida los mantuviera en una danza inacabada.

Clara los había conocido en las aulas de la universidad, donde los tres compartían sueños de inmortalidad a través del lienzo y la piedra.

Mientras Clara soñaba con el mármol y la piedra, Alba se perdía en la restauración de colores antiguos, y Joan esculpía con una energía inagotable. Sus noches de estudio, llenas de risas y debates sobre Bernini o Gaudí, habían forjado un lazo que ni la distancia ni los años habían roto.

Ahora, en el taller, Clara buscaba respuestas, pero también un refugio frente a la tormenta que el caso de Laia Martí había desatado.

El taller, escondido en una callejuela del casco antiguo, era un santuario de caos creativo: bloques de mármol y lienzos apilados contra las paredes, herramientas esparcidas como notas de una sinfonía rota, y el olor penetrante a barniz y a polvo de piedra que impregnaba el aire.

La luz del sol se filtraba por las ventanas, proyectando sombras que danzaban sobre los lienzos a medio restaurar.

Alba estaba inclinada sobre una pintura, su pincel trazando líneas precisas, mientras Joan organizaba bloques en el almacén, tarareando una melodía inventada que resonaba en el espacio.

—Clara, ¿qué haces aquí tan temprano? —dijo Alba, dejando el pincel y limpiándose las manos en un delantal manchado de pintura. Su voz era cálida, pero sus ojos oscuros reflejaban preocupación—. ¿Es por lo de Laia? Joan me contó lo del encargo sospechoso, pero no hemos recordado nada nuevo.

Joan salió del almacén, con las manos polvorientas y una sonrisa cautivadora.

—Clarita, ¿sin el inspector? ¡Esto sí que es una sorpresa! —bromeó, guiñando un ojo a Alba para arrancarle una risa—. ¿Vienes a resolver el caso o solo a vernos trabajar?

Clara sonrió, agradecida por la familiaridad de sus amigos, pero fue directa al grano.

—Necesito vuestra ayuda. Es sobre el cliente misterioso que compró el mármol de carrara. Joan, necesito que recuerdes cada detalle de ese hombre: su voz, su forma de moverse, cualquier cosa.

—Se aclaró la voz, el tipo... tenía un acento italiano, de estatura media, no mediría más de 170 cm o 175cm, eso seguro.

Hablaba poco, pero pidió un bloque pequeño de mármol de carrara, puro, sin venas.

Pagó en efectivo y se fue rápido, con un sombrero marrón que le tapaba media cara.

Pero había algo... no sé, como si conociera el taller.

Su forma de mirar los bloques, como si supiera exactamente lo que buscaba.

Y el papel que dejó caer... lo guardé. Ven, te lo enseño.

Mientras seguían a Joan, Clara dijo, Alba, hay otra pista: los números «17.6», aparecieron en la escena del crimen y en un piso en Roma, Alba arqueó las cejas, interrogando a Clara con la mirada, mejor no preguntes respondió ella, pero ¿te dicen algo? ¿Un código, una referencia artística?

—No me suenan a nada concreto. En restauración, a veces usamos códigos para catalogar piezas, pero esto parece otra cosa.

¿Una proporción artística? ¿Una referencia a una obra?

Podría ser un número de catálogo de una galería, o incluso algo simbólico, como un versículo bíblico.

Pero sin más contexto, es solo una suposición. ¿Dónde los encontraste exactamente?

Clara, mientras Joan revolvía en un cajón del almacén, respondió con cuidado.

—Junto al cuerpo de Laia y en la casa de un sospechoso en Roma. Creo que están conectados. Y con mi pasado en la academia.

Joan sacó un trozo de papel arrugado y se lo tendió a Clara.

Era un boceto a lápiz, trazado con una precisión que la hizo contener el aliento: un ángel, idéntico al que ella había esculpido.

En la esquina, una inicial apenas legible, una «P», parecía susurrar un secreto que Clara no estaba lista para descifrar.

—Es mi ángel —murmuró, sosteniendo el boceto con manos temblorosas—. El mismo que yo tallé hace ya unos años. Pero esta inicial, esta letra... no es de Matteo, ni la estatura coincide, Matteo medirá 180 o 185 cm. Quizás haya alguien más detrás de todo esto, ¿un cómplice quizás?

Alba, examinando el dibujo por encima del hombro de Clara, frunció el ceño.

—Es increíble, Clara. Este ángel es idéntico al tuyo, como si alguien hubiera estudiado tu técnica hasta el último detalle.

Y esa «P»... ¿era un mensaje dejado con intención?

¿Un desafío susurrado desde las sombras de su pasado?

¿O apenas una casualidad, un trazo fortuito en un papel arrugado donde el boceto del ángel había cobrado vida?

—No lo sé, Alba —dijo, con una determinación que ocultaba su miedo—. Pero tengo que encontrar a Matteo. Todo esto empieza a inquietarme demasiado.

Joan, intentando aligerar el ambiente con su habitual humor, puso una mano en el hombro de Alba, mientras se dirigía a Clara.

—Si necesitas que corra detrás de ese tipo del sombrero, solo dilo. Con mis carreras matutinas, lo atraparía en un santiamén. —Guiñó un ojo a Alba, que rodó los ojos pero sonrió, disipando por un instante la tensión del taller.

Alba, volviendo a la seriedad, tomó el boceto.

—Si «17.6» es un código, podría ser una medida en un boceto como este, recuerda nuestras clases en la universidad: siempre usábamos números para las proporciones. ¿Podría ser algo por el estilo?

Clara asintió, sintiendo que las piezas del rompecabezas se acercaban, pero aún no encajaban, sabía que la verdad, como una obra de arte, tardaría su tiempo en ser revelada.