El susurro del mármol Capítulo 2 #2
14%

Capítulo 2 #2

En el sueño, Clara se encontraba en un taller infinito, rodeada de bloques de mármol que se elevaban como torres en la penumbra.

De uno de ellos emergía un ángel cincelándose a sí mismo como si quisiera escapar de la piedra, pero cuando el rostro cobraba forma, no era el de un ser celestial, sino el de Matteo d’Alessandro.

Sus ojos, fríos y penetrantes, la miraban con una sonrisa que no llegaba a los labios. El ángel extendía una mano de piedra, y su voz resonaba como el eco de un cincel contra la roca: «El pasado siempre regresa, Clara. No puedes huir de él».

Clara se despertó sobresaltada, con el corazón latiendo como un martillo en el pecho.

La luz del amanecer se filtraba por las ventanas del estudio, tiñendo el mármol a medio tallar de un tono rosado.

El sueño la había dejado inquieta, pero también decidida.

No podía esperar más; debía confrontar a Matteo personalmente, desenterrar los secretos que Roma había sepultado bajo capas de polvo y tiempo.

A primera hora, Clara y Carles se reunieron en la comisaría. El inspector, con ojeras que delataban una noche tan agitada como la de ella, la miraba.

«—Carles —dijo Clara de repente—, mi intuición me dice que Matteo está en Roma. Debo ir».

Te acompaño, aunque me hubiera gustado ir contigo en otras circunstancias, le dijo el inspector con su mirada pícara.

Clara se ruborizó y se le escapó una pequeña sonrisa, aunque finalmente eludió el comentario y siguieron la conversación como si ese comentario se hubiera perdido en el infinito.

—Si Matteo está en la Academia, lo encontraremos allí —. Pero si no, tendremos que improvisar. Tu conexión con él podría ser nuestra mejor pista, Riera.

Entonces ambos deciden coger el primer vuelo hacia la ciudad eterna, pero para Clara era un regreso al origen de su arte y de sus miedos, los cuales parecía sepultar bajo un bloque de mármol.

Al llegar a Roma, la ciudad los recibió con su eterna mezcla de caos y belleza, las calles empedradas resonando bajo sus pasos mientras se dirigían a la Academia.

Sin embargo, al aproximarse al edificio, con sus fachadas renacentistas que evocaban siglos de creación, encontraron las puertas cerradas a cal y canto.

Era sábado, y la academia, como muchas instituciones académicas, permanecía inaccesible al público y a los visitantes inesperados, aunque mantenían la esperanza de encontrar a algún futuro Miguel Ángel trabajando en alguno de sus infinitos proyectos.

— Cerrada —gruñó Carles, golpeando la puerta con frustración—. Deberíamos haberlo previsto. ¿Y ahora qué? ¿Esperamos hasta el lunes?

Clara sacudió la cabeza, con una determinación que brotaba de lo más profundo de su ser.

—No. Conozco su casa. Está en el Trastevere, un apartamento pequeño que usaba como refugio cuando no estaba en la academia. Si Matteo está en Roma, es probable que esté allí. Vamos.

El Trastevere, con sus callejuelas empedradas y sus fachadas cubiertas de hiedra, parecía un laberinto sacado de un cuadro barroco.

La casa de Matteo se hallaba en un eficio modesto, con ventanas que daban a un patio interior donde el sol filtrado jugaba con las sombras. Llamaron a la puerta varias veces, pero solo el silencio respondió, un silencio pesado que hacía eco en el pasillo.

Carles frunció el ceño, mirando a Clara.

—Nadie responde. Podríamos esperar, o... —Hizo una pausa, evaluando las opciones.

Clara lo miró, con el pulso acelerado.

—Hazlo, Pons. Si Matteo está relacionado con el crimen, no podemos perder tiempo.

Carles forzó la cerradura con una herramienta que sacó de su bolsillo, y la puerta cedió con un crujido.

Dentro, la casa era un caos: papeles esparcidos por el suelo, cajones abiertos, libros de arte volcados como si alguien hubiera buscado algo con desesperación.

El aire olía a polvo y a abandono, y en el centro del salón, sobre el parquet rayado, yacía un fragmento de mármol similar al del crimen: un ala de ángel tallada con precisión exquisita.

Junto a ella, una nota garabateada en un trozo de papel: «Una vida por otra vida» y al pie de la nota, un detalle hizo a ambos estremecerse, como si de una pesadilla se tratara, los números 17. 6 aparecían de nuevo.

Clara se agachó para recogerla, con las manos temblorosas.

—Esto no es casualidad —murmuró, sintiendo un frío que le calaba hasta los huesos—. Alguien ha estado aquí antes que nosotros. Y esa nota... parece una advertencia.

—O un señuelo. Matteo podría haber huido, o peor. Vamos a registrar lo que podamos y nos vamos de aquí rápido y sin dejar huellas

El descubrimiento en la casa de Matteo dejó a Clara con el corazón en un puño, como si sintiera el peso de un bloque de mármol oprimiendo su pecho, sostenía la nota —«Una vida por otra vida»— con dedos temblorosos, como si las palabras pudieran desmoronarse como polvo de piedra.

El ala de ángel, idéntica en su precisión al fragmento encontrado junto al cuerpo de Laia Martí, era una provocación, pero ahora, en el silencio del taller de sus recuerdos, Clara empezaba a entender por qué le resultaba tan familiar.

De repente, como un cincel que golpea la piedra en el punto exacto, Clara recordó. El ángel de mármol del crimen no era solo una firma del asesino; era un eco directo de su propia escultura en la academia, aquella de la que Matteo se había burlado y criticado delante de sus compañeros .

En el sueño que la había visitado la noche anterior, el ángel cobraba vida con el rostro de su exprofesor, pero ahora, en la vigilia, la conexión se hacía dolorosamente clara.

Aquel ángel inacabado que ella había tallado en Roma, con alas luchando por liberarse de la roca, había sido objeto de crítica por parte de Matteo: «Tu ángel tiene forma, pero le falta alma», había dicho, con una sonrisa burlona que ocultaba un desprecio profundo.

¿Era posible que Matteo, obsesionado con la perfección del mármol, estuviera recreando aquel fracaso y mandando un mensaje a Clara?

¿O era Matteo otra víctima en este rompecabezas?

Las sospechas sobre su exprofesor se hicieron más fuertes, como una grieta que se expande en la piedra bajo el calor del sol. Matteo no era solo un mentor; en Roma, había sido un rival encubierto, envidiando el talento que él mismo había ayudado a forjar.

Clara sintió un escalofrío: si Matteo estaba detrás de todo, el asesinato de Laia Martí no era aleatorio; era un mensaje dirigido a ella, un desafío tallado en sangre y mármol.

Carles, notando su expresión distante, la sacó de sus pensamientos.

—Riera, ¿qué pasa? Pareces haber visto un fantasma.

Clara levantó la mirada, con la voz temblorosa pero decidida.

—El ángel del crimen... es como el que yo tallé en la academia. Si él está involucrado, esto es personal. Más de lo que imaginaba.

Carles frunció el ceño, comprendiendo la gravedad.

—Entonces, vamos a por él. Pero si tus sospechas son ciertas, necesitamos ser cautelosos. Un hombre como Matteo no deja cabos sueltos.

El peso de la revelación acompañó a Clara durante el viaje de regreso, grabando nuevas preguntas en su mente. El pasado no solo regresaba; lo hacía con la fuerza de una tormenta, y Matteo d’Alessandro era el centro de ella.

El domingo amaneció en Girona con un cielo despejado, un lienzo azul pálido que ofrecía una tregua al torbellino de los días previos.

Clara Riera, agotada tras el viaje a Roma y el hallazgo inquietante en la casa de Matteo d’Alessandro, aceptó la propuesta de Carles Pons de tomarse un respiro, un paréntesis para dejar atrás, aunque fuera por unas horas, las sombras del caso.

La nota —«Una vida por otra vida»— y los números «17.

6» junto al ala de ángel aún resonaban en su mente, pero necesitaba este momento, esta pausa que Carles, con su sonrisa cómplice, le ofrecía como un lienzo en blanco.

Se encontraron en la Rambla de la Llibertat, donde el río Onyar reflejaba las casas de colores como un cuadro impresionista. Carles, con su chaqueta de cuero gastada y una chispa en los ojos que disimulaba el cansancio, señaló un pequeño café con mesas al aire libre.

—Vamos, Riera, un vermut y un paseo por las murallas —dijo, con un guiño que suavizaba la tensión acumulada—. No todo puede ser mármol y asesinos.

Clara sonrió, sintiendo un calor inesperado en el pecho, no de amor, sino de una complicidad que la anclaba en medio de la tormenta.

Caminaron juntos por las calles empedradas, sus pasos acompasados con ritmo tranquilo, sus manos rozándose fugazmente al girar una esquina.

El sol calentaba tímidamente sus rostros, y Clara, por un instante, dejó que Girona la envolviera, sus aromas a pan recién horneado y cruasanes recién hechos mezclándose con la risa de Carles, que narraba una anécdota absurda sobre su primera detención como novato.

Subieron a las murallas medievales, donde la ciudad se desplegaba como un mosaico de tejados y torres, con la catedral alzándose en la distancia como un guardián de piedra.

Se detuvieron en un parapeto, y un silencio agradable se instaló entre ellos, roto solo por el murmullo del viento.

Carles se apoyó a su lado, tan cerca que sus hombros casi se tocaban, y Clara sintió el roce de su mano.

—Mira eso, Riera —dijo, con una voz más suave de lo habitual—. Girona respira, vive... Nosotros también tenemos que hacerlo, aunque sea por un día.

Clara lo miró, sus ojos encontrándose por un instante más largo de lo necesario.

Había una química en ese momento, un entendimiento tácito que no necesitaba palabras.

Pensó en lo mucho que necesitaba esto: un respiro, un instante para ser solo Clara, no la escultora perseguida por los ecos del pasado.

Carles, con su sarcasmo y su lealtad inquebrantable, era el compañero que no había esperado encontrar en este caso, y ese pensamiento la hizo sonreír.

—Tienes razón, Pons —dijo, rompiendo el silencio con una voz ligera—. Necesitaba esto. Un día sin mármol, sin ángeles, sin sangre.