El susurro del mármol Capítulo 2
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Capítulo 2

El cielo de Barcelona había amanecido despejado, con un sol pálido que apenas lograba calentar las calles, como si la ciudad misma contuviera el aliento, expectante ante los secretos que estaban a punto de desvelarse.

El MNAC, encaramado en la colina de Montjuïc, se alzaba como un palacio de piedra que custodiaba siglos de arte, un lugar donde Laia Martí había pasado sus días restaurando lienzos y esculturas.

Al llegar, el edificio parecía observarles con la solemnidad de un guardián antiguo, sus cúpulas recortadas contra un cielo plomizo.

En el interior, el aire olía a historia, y el murmullo de los visitantes se mezclaba con el eco de sus pasos en los suelos de mármol.

Clara y Carles se dirigieron al departamento de restauración, donde los compañeros de Laia trabajaban en un taller lleno de pinceles, barnices y lienzos a medio salvar.

La noticia de su muerte ya había llegado, y el ambiente estaba cargado de un silencio apesadumbrado, roto solo por el roce de las herramientas.

Carles mostró su placa, mientras Clara observaba los rostros de los restauradores, buscando alguna pista en sus expresiones.

Preguntaron por la reunión de Laia y, tras un silencio incómodo, una de las restauradoras mencionó que la había visto en la cafetería del museo, el Oval Café, reunida con alguien.

Una restauradora joven, con las manos manchadas de pigmento, dijo que Laia solía reunirse con colegas en el café, pero no recordaba a nadie llamado Matteo. Un conservador mayor afirmó que Laia era reservada, y que sus citas en el Oval Café solían ser discretas, como si temiera ser observada.

Un técnico de restauración, un hombre de unos cuarenta años con gafas de montura fina y un aire nervioso, se acercó.

—Creo que vi a alguien con Laia aquel día —dijo, bajando la voz como si temiera ser oído—. Un hombre alto de metro ochenta y de unos sesenta años, con el pelo canoso y una bufanda oscura. No sé quién era, pero Laia parecía nerviosa. Él tenía... no sé, un aire distinguido.

Clara sintió un nudo en el estómago. La descripción podría encajar con Matteo d’Alessandro: el porte elegante, el cabello plateado, la presencia que llenaba una sala sin esfuerzo.

—Podría ser él —murmuró a Carles, con la voz tensa—. La edad, el aspecto... suena a Matteo. Pero necesitamos estar seguros.

Carles asintió, con la mirada fija en el técnico.

—¿Vio algo más? ¿Algo que nos ayude a identificarlo?

El hombre se encogió de hombros, incómodo.

—No mucho. Solo que se fue rápido y Laia se quedó sola en la mesa, mirando por la ventana, como si sus pensamientos estuvieran a kilómetros de allí.

La pista era frágil, pero suficiente para que decidieran ir un paso más allá. Fueron en busca del encargado del museo, un hombre corpulento con aire de burócrata hastiado, y Carles desplegó todo su encanto, mezclado con una sutil presión policial.

—Necesitamos ver las cámaras de seguridad del Oval Café—dijo Carles, con un tono que no admitía réplicas—. Podemos esperar una orden judicial, pero eso solo retrasará las cosas, y no creo que a ninguno de los dos nos convenga la atención de la prensa en un caso como este.

El encargado gruñó, pero tras unos minutos de deliberación, accedió a regañadientes.

Los llevó a una sala de control, donde un monitor parpadeante mostraba grabaciones granuladas del Oval Café.

Clara y Carles revisaron las imágenes de la mañana del asesinato, pasando fotogramas hasta que una figura, que encajaba con la descripción, apareció en la entrada del museo.

Un hombre alto, con el pelo canoso, una bufanda oscura y un abrigo largo, cruzaba la puerta con pasos seguros, mirando brevemente a su alrededor antes de dirigirse al café.

Clara contuvo el aliento. No había duda.

—Es él —dijo, con la voz temblorosa pero firme—. Es Matteo d’Alessandro. Lo reconocería en cualquier parte. Ese hombre que entró por la puerta del MNAC es mi antiguo profesor.

Carles la miró, con una mezcla de satisfacción y cautela.

—Bien, Riera. Ahora tenemos un rostro y un nombre. Pero si tu profesor está relacionado con esto de algún modo, necesitaremos algo más que una grabación para entender qué papel juega en todo esto.

Dieron por finalizada su investigación en el museo, llevándose consigo una pregunta martilleando sus cabezas ¿Qué asuntos podrían llevar a Matteo a cruzarse con Laia... y con su asesinato?

Mientras salían del museo, con la ciudad de Barcelona extendiéndose bajo un cielo que se oscurecía, Clara sintió que el pasado y el presente se entrelazaban como las vetas de un bloque de mármol.

Matteo d’Alessandro no era solo un recuerdo; empezaba a formar parte de un presente cada vez más real, y Clara estaba decidida a descubrir qué papel jugaba en la muerte de Laia Martí.

La imagen de su antiguo profesor, capturada en las grabaciones granuladas del MNAC, se mezclaba con los recuerdos de Roma: aulas bañadas por la luz dorada, el sonido de los cinceles contra el mármol, y las palabras de Matteo, afiladas como bisturíes, que la habían elevado y herido a partes iguales.

El peso de aquellos recuerdos la arrastró de nuevo a esos días en la academia de las Bellas Artes de Roma, donde el aire siempre olía a polvo de piedra y a ambición.

Era una tarde de otoño, con el sol filtrándose a través de las altas ventanas de la academia, proyectando sombras alargadas sobre los bloques de mármol que aguardaban ser transformados.

Clara, entonces una estudiante llena de pasión, dudas y ambición, trabajaba en una escultura que representaba un ángel, sus alas a medio tallar, emergiendo de la roca, como si luchara por liberarse de la materia inerte.

Matteo d’Alessandro paseaba entre sus alumnos, con su presencia imponente.

Se detuvo frente a la obra de Clara, cruzando los brazos y observando el ángel con una expresión que mezclaba curiosidad y desdén.

El silencio se hizo espeso, roto solo por el leve roce de los cinceles de los otros estudiantes.

—Clara —dijo finalmente, con esa voz grave que resonaba como un eco en las salas antiguas—, tu ángel tiene forma, pero le falta alma.

Has tallado las alas con precisión, pero ¿dónde está el dolor de la liberación?

¿Dónde está el conflicto entre la piedra y el espíritu?

Esto no es arte; es mera técnica. Si quieres ser como Bernini, debes aprender a infundir vida, no solo a imitarla.

De lo contrario, tus obras serán como este ángel: Piezas de mármol inertes sin alma.

Las palabras cayeron sobre Clara como golpes de martillo, dejando una grieta invisible en su confianza.

Sintió el calor subir a sus mejillas, una mezcla de rabia y vergüenza que la hizo apretar los puños alrededor del cincel.

Los otros estudiantes miraban de reojo, pero uno de ellos, su compañero más cercano —un joven italiano de ojos intensos y manos hábiles, con quien compartía una rivalidad feroz por ser el mejor de la clase—, se acercó discretamente una vez que Matteo se alejó.

—No le hagas caso —murmuró su compañero, con una sonrisa cómplice que suavizaba la tensión—.

Matteo siempre ataca donde duele para sacar lo mejor de nosotros.

Tu ángel es magnífico; solo necesita un toque más.

¿Quieres que te ayude con las sombras? Yo te presto mis conocimientos sobre cómo tratar las luces y las sombras en el mármol, y tú me aconsejas sobre el equilibrio y la composición.

Clara lo miró, agradecida. A pesar de la rivalidad que los empujaba a superarse mutuamente —compitiendo por los elogios de Matteo o por el primer lugar en los proyectos—, su relación era un lazo sólido, tejido de respeto y apoyo.

Se ayudaban en las noches largas en el taller, compartiendo secretos y risas en las pausas, como dos fuerzas opuestas que se equilibraban.

Aquel día, trabajaron juntos hasta el anochecer, y el ángel de Clara cobró una nueva vida, con sombras y detalles que la elevaban a un nivel superior tal como Matteo había exigido.

Pero ahora, de regreso al presente, Clara se preguntaba si aquella crítica de Matteo no había sido solo una lección de arte, sino algo más profundo, un presagio de las sombras que ahora se cernían sobre su vida.

¿Qué había llevado a su antiguo profesor a reunirse con Laia Martí en el Oval Café la mañana del asesinato?

Y más importante, ¿podía ser el fragmento de mármol con forma de ángel, hallado en el crimen de Laia Martí, una alusión a la representación de su ángel de la Academia?

Carles, ajeno a los torbellinos internos de Clara, rompió el silencio mientras conducía de vuelta a Girona.

—Riera, estás demasiado callada.

Clara sacudió la cabeza, volviendo al presente.

— Sí, estoy pensando cómo encaja Matteo en este puzle y si esto guarda alguna relación personal con mi pasado en Roma.

—Si el profesor está involucrado, vamos a necesitar más pruebas, dijo Carles con determinación

—Entonces, encontremos a Matteo. Mañana, contactamos con la Academia. Quizás alguien sepa dónde está y porqué ha venido a Barcelona.

Mientras el coche patrulla se adentraba en la noche, con las luces de la capital condal desvaneciéndose en el retrovisor, Clara sintió que el peso del día se asentaba sobre ella como un bloque de mármol sin pulir.

Carles conducía en silencio, pero su presencia era un ancla en medio de la tormenta de pensamientos que azotaba su mente.

El coche se detuvo, sacando a Clara de sus pensamientos, Descansa, dijo Carles, Clara asintió, aunque sabía que el descanso sería un lujo fugaz y ambos se despidieron mirándose con rostros cansados.

Al llegar a su piso, el silencio de la noche la envolvió, se dejó caer en la cama, con el libro de Bernini aún sobre la mesa, y cerró los ojos, Clara sucumbió al cansancio y se asomó al abismo de su pasado.