El susurro del mármol Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Un bisturí de escultor. Esto cada vez se parece más a tu terreno, Riera —dijo, mirando a Clara.

—Haré lo que pueda, Pons. Pero primero veamos qué encontramos en esa taquilla. Quizá allí haya algo que empiece a darle forma a todo esto.

Mientras salían de la comisaría, con la lluvia golpeando contra los paraguas y las calles de Girona convertidas en un laberinto de reflejos, Clara no podía quitarse de la cabeza la sensación de que el ángel de mármol era una voz del pasado, susurrándole un secreto que aún no atisbaba a desvelar.

Carles caminaba a su lado, con el paso firme pero la mente revuelta, lanzándole miradas de reojo que mezclaban preocupación y esa complicidad que se había forjado en casos anteriores.

—Riera, si esta taquilla no nos da nada, vamos a tener que empezar a interrogar a todos los escultores de Girona —dijo Carles, con su tono sarcástico habitual, aunque Clara detectó un matiz de frustración—. Incluida a ti, por si acaso.

Clara soltó una risa breve, sacudiendo el agua de su paraguas.

—No seas ridículo, Pons. Si fuera yo la asesina, mis esculturas serían mucho más... sutiles. Pero algo me dice que esta taquilla va a ser clave.

Llegaron a la estación de Renfe, acompañados por el eco constante de los trenes que llegaban y partían como fantasmas en la niebla.

Un agente de la estación les guio hasta la zona de taquillas, un pasillo estrecho y mal iluminado donde el aire olía a metal oxidado y a olvido.

La taquilla número 47 estaba sellada con cinta policial, y Carles, con guantes puestos, introdujo la llave que les habían proporcionado.

El clic del cerrojo rompió el silencio resonando en la sala.

Dentro, no había grandes tesoros: un bolso de cuero, unos documentos sueltos, un par de zapatos de repuesto y, en el fondo, una pequeña agenda encuadernada en piel: la agenda de Laia Martí.

Clara sintió un escalofrío al verlo, como si el objeto mismo guardara el eco de la vida truncada de su propietaria.

Carles abrió la agenda con cuidado, pasando las páginas llenas de anotaciones: reuniones en la Universidad de Barcelona, citas con proveedores de arte en el Museo Nacional de Arte de Cataluña, recordatorios para exposiciones.

Pero en la fecha del día del asesinato, destacaba una entrada a las 10:00 horas: «Reunión con Matteo. Oval Café. Importante».

Clara se inclinó sobre la página, con el corazón acelerado.

—Matteo... —murmuró, sintiendo una sombra fantasmal de su propio pasado cerniéndose sobre ella—. ¿Matteo d’Alessandro? ¿Mi antiguo profesor en la Academia? ¿Podría ser él? Y si es así, ¿qué hacía Laia reuniéndose con él el mismo día que fue asesinada?

Carles levantó la vista, con una expresión que mezclaba sorpresa y determinación.

—Buena pregunta, Riera. Parece que tu mundo del arte se está cruzando con este caso de forma demasiado conveniente. Vamos a tener que encontrar a este Matteo y averiguar quién es y qué era ese asunto «tan importante» que debía tratar con la víctima.

Si es el mismo que tú conoces, esto podría ser el hilo del que tiremos para desentrañar todo.

Mientras guardaban la agenda como prueba, Clara no podía evitar pensar que el ángel de mármol había empezado a revelar sus secretos, y que el pasado, como el mármol bajo el cincel, estaba a punto de cobrar forma.

Carles cerró la taquilla con un gesto seco y se volvió hacia Clara, con la agenda en una bolsa de pruebas y una chispa de urgencia en los ojos.

—Vamos a necesitar más que un nombre, Riera —dijo, mientras se encaminaban hacia la salida de la estación, donde el eco de los trenes se desvanecía en la penumbra—. Si este Matteo es tu antiguo profesor, podrías darnos una ventaja. ¿Qué sabes de él?

Clara se ajustó el sombrero, sintiendo el peso de la pregunta.

Matteo d’Alessandro, con su voz grave y su habilidad para convertir el mármol en poesía, había sido su mentor en Roma, pero también un inesperado enemigo.

Sus clases eran un torbellino de pasión y exigencia, y aunque había visto en Clara un talento único, también había sembrado en ella la semilla de la duda, con críticas que cortaban más profundo que cualquier cincel.

¿Era posible que aquel hombre, cuya sombra aún la perseguía, estuviera vinculado a un asesinato?

—No lo sé, Pons —respondió, con la voz baja, casi perdida en el murmullo de la estación—.

Matteo era... complicado. Un genio, pero también alguien que guardaba secretos.

Si es él, y estaba en el Oval Café con Laia, no creo que fuera solo para hablar de arte.

Pero necesitamos confirmar si es el mismo Matteo. Podría ser una coincidencia.

Carles arqueó una ceja, con un atisbo de sonrisa.

—¿Coincidencia? En este caso, no creo en ellas. Vamos a hacer una visita al MNAC. Si Laia trabajaba allí, alguien en el museo debe saber algo sobre esa reunión. Y tal vez encontremos a tu misterioso profesor.

—Suficiente por hoy, Riera —dijo Carles, con un suspiro que denotaba el cansancio acumulado—. Vamos a descansar. Mañana, a primera hora, nos encontramos en la comisaría.