Capítulo 1 #2
Decidió seguir caminando, hasta que entró en una pequeña cafetería que conocía bien, pidió un café solo y se sentó junto a la ventana. Sacó el móvil y revisó el mensaje de Alba. Las 19:00. Aún quedaba mucho para eso.
Mientras bebía el café, vio cómo un grupo de turistas pasaba bajo la lluvia ligera, ajenos a la tensión que se respiraba en la ciudad. Por un momento, envidió esa ignorancia.
Al salir, Clara caminó hacia el río, donde el Onyar discurría oscuro y silencioso.
Se apoyó en la barandilla del puente y dejó que el murmullo del agua la acompañara.
Necesitaba ordenar sus pensamientos, pero cada vez que intentaba hacerlo, la imagen del ángel de mármol volvía a su mente, insistente.
Mientras tanto, en la comisaría, Carles y Sandra no habían parado.
Revisaban informes, llamaban a proveedores de herramientas de escultor, consultaban registros de importación de mármol de los talleres.
Cada pista parecía abrir una puerta nueva, pero ninguna llevaba aún a un nombre concreto.
Carles, frustrado, golpeó suavemente la mesa con los nudillos.
Sandra, con su libreta siempre en la mano, anotaba cada detalle, cada posibilidad, cada sospecha. Era meticulosa, casi obsesiva, y Carles lo agradecía en silencio.
Clara, ajena a ese torbellino, siguió su paseo. Recorrió la Rambla, entró en una librería antigua donde hojeó un par de volúmenes de arte sin realmente leerlos, y luego caminó hasta el taller de Alba. Estaba cerrado, como era de esperar, pero se quedó un momento frente a la puerta.
Cuando el reloj marcó las cuatro de la tarde, Clara decidió volver a casa.
Subió las escaleras de su edificio con el cansancio acumulado pesándole en los hombros.
Una vez dentro, dejó el abrigo en el perchero y se tumbó en el sofá.
Cerró los ojos solo un instante, pero el instante se convirtió en una breve siesta inquieta, llena de imágenes difusas.
Se despertó algo sobresaltada y con el corazón palpitante.
Miró el reloj. Faltaban un par de horas para su cena con Alba, y decidió que era buen momento para empezar a prepararse.
La Plaza de la Independencia estaba llena de vida, envuelta por el murmullo de las conversaciones que se filtraban por los bares.
Clara encontró a Alba sentada en una mesa al fondo de un restaurante pequeño, con una botella de vino tinto y una sonrisa que se desvaneció cuando vio la cara de su amiga.
—Clara, ¿qué te pasa? Pareces salida de un cuadro de Goya, toda oscura y dramática —dijo Alba, mientras le acercaba una copa.
Clara se dejó caer en la silla, tomando la copa sin muchas ganas.
—Es una larga historia, Alba. Dime que tienes un día mejor que el mío.
Alba rio, pero sus ojos se entristecieron de repente, como si notara que algo no iba bien.
—Venga, cuenta. ¿Es el taller? ¿Algún cliente quisquilloso que no sabe lo que quiere? ¿O es... —bajó la voz, con una sonrisa pícara— ese inspector guapo con el que te ves más de lo que deberías?
Clara puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar una sonrisa.
—No todo gira alrededor de Carles, ¿sabes? Pero... vale, es un caso. Un asesinato. Y hay algo que me tiene obsesionada. Un trozo de mármol, con forma de ángel. Es como los que hacíamos en la Academia, hace años que no veía uno.
Alba frunció el ceño.
—¿Un ángel? Mira, en el taller recibimos un encargo raro hace un par de semanas. Alguien pidió una sospechosa pequeña cantidad de mármol de carrara, pero no dio detalles. Pagó en efectivo y desapareció.
Joan, mi compañero que se ocupa del almacén, todavía habla de ello, dice que le dio mala espina ese hombre, escondido bajo un sombrero marrón que le tapaba completamente la cara.
Clara sintió un escalofrío. Tomó el teléfono y escribió un mensaje rápido a Carles: «Debemos investigar el taller de escultura de Alba. Alguien compró mármol de carrara recientemente, seguro que no es casualidad».
Mientras Alba seguía hablando del taller y de sus propias esculturas, Clara no podía quitarse de la cabeza la imagen de aquel ángel. Era como si alguien, desde la sombra, le estuviera hablando directamente a ella.
El segundo día después del crimen, la lluvia había vuelto a Girona como un viejo amigo que no sabe cuándo marcharse. Las calles del casco antiguo eran un mosaico de charcos y reflejos rotos, y los faroles amarillos parpadeaban como si intentaran mantener viva una ciudad ahogada por la niebla.
El teléfono vibró con un mensaje de Carles Pons: «Riera, tenemos nuevas pistas. Ven a la comisaría, por favor».
Clara Riera caminaba hacia la comisaría, con un libro de Bernini bajo el brazo y el corazón apesadumbrado.
La noche anterior, la cena con Alba en la Plaza de la Independencia había sido un intento de normalidad, pero las palabras de su amiga sobre aquel encargo sospechoso de mármol de carrara la habían inquietado.
El ángel de mármol, guardado en la bolsa de pruebas en la comisaría, parecía susurrarle un secreto que aún no podía comprender.
En la comisaría, el ambiente era un torbellino de voces y papeles esparcidos. Carles la esperaba en su despacho, con la gabardina mojada colgada en el respaldo de una silla y un café caliente en la mano. Sus ojos castaños se iluminaron al verla, pero había una tensión nueva en su expresión.
—Riera, justo a tiempo —dijo, con una sonrisa que era mitad bienvenida, mitad desafío—. Espero que hayas dormido más que yo, porque esto se complica.
Clara se quitó la chaqueta mojada y se dejó caer en una silla mientras dejaba el libro de Bernini sobre la mesa.
—No me hagas hablar de dormir, Pons. El ángel de mármol aún me ronda la cabeza. ¿Qué tienes de nuevo?
Carles empujó una bolsa de pruebas hacia ella, con un billete de tren y un trozo de pergamino en su interior.
El billete era de la estación de Sants, en Barcelona, a la estación de Renfe de Girona, con la fecha de la noche del crimen.
En el pergamino aparecían los números «17.
6» escritos con una caligrafía precisa, parecía una pieza de un rompecabezas que aún no encajaba.
—Hemos encontrado esto en la chaqueta de Laia Martí —explicó Carles, apoyándose en la mesa—.
El billete confirma que vino de Barcelona esa noche.
Trabajaba en el Museo Nacional de Arte de Catalunya, en el departamento de Historia del Arte, como restauradora y profesora adjunta.
Y esto —señaló el pergamino— es lo que me tiene intrigado. ¿Alguna idea, experta?
Clara tomó el pergamino y lo estudió bajo la tenue luz del despacho. Los números «17.6» parecían un acertijo, pero no sabía descifrarlo. Miró a Carles, que la observaba con una mezcla de curiosidad e impaciencia.
—Podría ser un código —dijo, en voz baja—. Una fecha, un lugar, un nombre... Pero no es casual. Y el billete... Quizás el asesino la seguía desde Barcelona.
Carles asintió, frunciendo las cejas.
—O quizás sabía exactamente cuándo llegaría. Sandra ha descubierto algo más: Laia Martí tenía una taquilla alquilada en la estación de Renfe. Guardaba allí pertenencias que no quería llevar a casa después del trabajo. Hemos pedido un permiso para abrirla, podría haber algo útil dentro.
Clara dejó el pergamino y abrió el libro de Bernini, buscando la página de El éxtasis de Santa Teresa . Giró el libro hacia Carles, señalando la imagen de la escultura.
—Mira esto, Pons. Gian Lorenzo Bernini, el maestro del barroco italiano.
Sus obras son como... —dudó, buscando las palabras— como si hubiera capturado el alma en movimiento.
Esta escultura, El éxtasis de Santa Teresa , es idéntica a la postura de la víctima.
Los brazos abiertos, la cabeza inclinada, la tensión del cuerpo.
No es una copia aproximada; es exacta. Y el ángel de mármol...
—señaló la bolsa de pruebas en la mesa— no es solo una pieza. Es su firma.
Carles inclinó la cabeza, con una sonrisa que mezclaba escepticismo y admiración.
—Así que tenemos un asesino con un doctorado en arte y una obsesión por las estatuas. Fantástico. Pero ¿por qué hacerlo tan... teatral? ¿Por qué no esconder el cuerpo y punto?
Clara se encogió de hombros, pero sus pensamientos ya volaban hacia la Academia de las Bellas Artes de Roma. Había algo en el ángel, en el mármol de carrara, que le resultaba familiar, como un recuerdo enterrado bajo años de polvo.
—Porque no quiere esconderse, Pons —parece como si nos estuviera retando dijo, con la voz llena de convicción—. Quiere que veamos su obra.
Antes de que Carles pudiera responder, Sandra entró en el despacho, con una libreta en la mano y una expresión de nerviosismo contenido.
—Jefe, el forense ha enviado un informe preliminar —dijo, pasándole una hoja—.
Tal como se preveía inicialmente, el corte en el cuello de Laia Martí fue hecho con un bisturí de escultor.
No hay huellas claras en el mármol, pero han encontrado restos de polvo fino, confirmando que la pieza fue tallada recientemente.
Y hemos localizado la taquilla de la estación registrada a su nombre. El permiso para abrirla llegará hoy.
Carles tomó el informe, con un gesto pensativo.