El susurro del mármol Capítulo 1
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Capítulo 1

El teléfono de Clara vibró sobre la mesa, rompiendo el silencio. La joven tomó el teléfono, mientras la voz del policía, que algunos decían «poseía ese extraño talento de atraer siempre los casos más inquietantes», resonaba en su cabeza.

«Clara, necesito tu ayuda. Es urgente, debes venir a la Catedral, ahora. No hagas preguntas».

Clara frunció el ceño. Carles siempre la arrastraba a situaciones que, en teoría, debería evitar.

Pero la curiosidad, esa vieja compañera que la había hecho destacar como escultora y la había metido en más de un lío, venció.

Cogió su abrigo negro, se puso el gorro de lana y salió a la calle, donde la niebla se pegaba a las farolas como un sudario.

La Catedral de Girona recortada en el cielo nocturno se alzaba majestuosa bajo la lluvia.

Sus escaleras, brillantes y resbaladizas, conducían a una escena que Clara no olvidaría jamás.

Al pie del portal gótico, iluminada por los focos de la policía, había un cuerpo.

Una mujer joven, identificada como Laia Martí, con el pelo extendido, que habían dispuesto con una precisión casi ritual.

Los brazos abiertos, la cabeza ligeramente inclinada, las piernas dobladas en una posición que parecía…

estudiada. Como una figura escultórica, pero lo que hizo que a Clara se le encogiera el estómago fue el detalle que nadie más parecía entender: la posición del cuerpo recordaba El éxtasis de Santa Teresa , del gran artista del Barroco, Gian Lorenzo Bernini, con esa mezcla de dolor y trascendencia inmortalizada en mármol.

—¿Qué piensas, Riera? —dijo una voz conocida a su espalda.

Era el inspector Carles Pons, un amigo de la infancia, con su gabardina empapada y una sonrisa que no terminaba de ser divertida.

Sus ojos castaños brillaban bajo la tenue luz de las farolas, pero se adivinaba una sombra de preocupación en ellos, que no podía esconder.

—Esto no es un simple asesinato —respondió Clara, con la voz firme pero los pensamientos dispersos.

Se acercó al cuerpo, ignorando las miradas de los policías.

Había una marca en el cuello de la víctima, como una incisión fina, casi quirúrgica, y a su lado, medio escondido entre las sombras, un pequeño objeto: un fragmento de mármol blanco, tallado con una precisión exquisita, con la forma de un ángel minúsculo.

Una pieza que cualquier escultor habría reconocido como una obra de arte...

o, en este caso, ¿una firma del asesino?

Se puso los guantes de látex y guardó la pieza de mármol en una pequeña bolsa de pruebas que le había facilitado el inspector Pons, mientras se apartaba un mechón de pelo mojado de la frente, absorta en sus pensamientos.

La lluvia seguía cayendo, como si Girona se hubiera convertido en un cuadro a la acuarela, con los contornos difuminados y los colores desvaídos por la niebla.

Clara Riera se apartó del cuerpo, con el fragmento de mármol en forma de ángel, guardado dentro de aquella bolsa de plástico, por donde las gotas resbalaban indiferentes hasta el suelo, y miró a Carles Pons, que hablaba con un agente con su habitual mezcla de sarcasmo y autoridad.

—Venga, Martí, asegúrate de que nadie toque nada hasta que lleguen los forenses. Y si alguien de la prensa se acerca, diles que se vayan a escribir novela rosa —dijo, con un gesto impaciente hacia los periodistas que se amontonaban más allá del cordón policial.

Clara reprimió una sonrisa. Carles tenía esa habilidad para hacer que incluso un escenario macabro pareciera un poco menos aterrador. Pero sus pensamientos volvían al mármol, a aquella incisión fina en el cuello de la víctima, a la postura que parecía invocar a Bernini desde siglos atrás.

—Pons, este ángel no ha aparecido en la escena del crimen por casualidad —dijo, con la voz baja pero firme, mientras le alargaba el fragmento—.

Es mármol de carrara. No lo encuentras en el mercado negro o en cualquier mercadillo.

Quien ha hecho esto, ha tenido acceso a materiales de primera y conocimientos técnicos.

Carles tomó el fragmento y lo examinó bajo la luz temblorosa de un farol.

—Vale, Riera, supongamos que tienes razón. Un escultor asesino. Pero ¿por qué esta puesta en escena? ¿Por qué no esconder el cuerpo y ya está?

Clara se encogió de hombros, pero sus ojos no se apartaron del mármol.

—Porque no quiere esconderse. Quiere que lo veamos.

Carles dejó escapar un suspiro bajo.

—Una obra macabra. Fantástico. Esto hará las delicias de la prensa, si alguien se va de la lengua...

No podían hacer nada más, subieron al coche patrulla de Pons y dejaron la escena del crimen.

Mientras Pons conducía, Clara tenía la mirada perdida en la oscuridad de la noche, solo iluminada por la luz amarilla de los faroles colocados a intervalos precisos, acompañados por su parpadeo rítmico.

Clara se despertó con el sol iluminando su rostro; parecía que sería un día radiante, si no fuera porque su cabeza seguía inmersa en la escena macabra presenciada la noche anterior.

Antes de que Clara pudiera salir de la densa niebla de sus pensamientos, el teléfono vibró en su bolsillo.

Era un mensaje de Alba, su amiga, excompañera de la Universidad de Girona y propietaria de un pequeño taller en el casco antiguo, donde Clara trabajaba esporádicamente cuando no estaba inmersa en sus propias creaciones o en alguno de los casos en los que la policía reclamaba su presencia.

«Clara, ¿cenamos hoy en la Plaza de la Independencia? Necesito desconectar».

Clara sonrió a pesar de la situación. Alba, con sus treinta años y su energía incansable, era la única persona capaz de sacarla de su mundo de piedra y barro. Pero hoy no estaba segura de tener ánimos para cenas y charlas.

Aun así, contestó el mensaje con un escueto «sí, nos vemos a las 19:00» y salió de casa.

Cuando llegó a la comisaría, se la encontró sumida en un caos organizado, con teléfonos sonando y policías entrando y saliendo como hormigas bajo la lluvia, buscó a Carles y se dirigieron a la puerta del despacho de su superior, el comisario Martorell, un hombre de cincuenta años con cara de pocos amigos y un bigote que parecía sacado de una película de los años setenta.

—Pons, explícame qué tenemos —dijo el comisario, sin levantar la vista de los papeles.

Clara tomó asiento y Carles se repantigó en la silla de al lado, con esa calma que exasperaba a todos menos a él mismo.

—Un asesino con gusto por el arte, comisario.

La víctima, Laia Martí, era restauradora del Museo de Arte de Barcelona, tenía una incisión precisa y limpia en el cuello, la dejaron dispuesta en una postura que parecía una copia de una escultura barroca junto con un fragmento de mármol al lado del cuerpo, como si se tratara de una carta presentación.

—¿Y crees que tu amiga escultora puede ayudarnos en todo este asunto? —dijo sin apenas reparar en que ambos estaban sentados frente a él.

—Es la mejor para entender este crimen.

Clara intervino.

—El mármol encontrado es de carrara, algo que no es precisamente barato ni fácil de encontrar. Y la postura del cuerpo se basa en la representación de una obra de Bernini.

—Mmm…Bernini, el comisario murmuró, como solicitando una explicación más detallada.

—Clara, siempre atenta y perspicaz, captó la sutileza, y procedió a ilustrar al comisario.

Gian Lorenzo Bernini, fue un escultor, arquitecto y pintor del barroco italiano, nacido en Nápoles y forjado en la Roma papal.

Sus esculturas, talladas con una precisión divina en mármol de carrara, juegan con la luz y la sombra para evocar pasión, dolor y trascendencia, convirtiéndolo en el heredero espiritual de Miguel Ángel y un visionario que elevó el arte a la categoría de milagro.

El comisario gruñó.

—Bernini, carrara, ángeles... ¿Qué es esto, un caso policial o una clase de historia del arte? Pons, quiero huellas, ADN, algo concreto, y habla con los forenses, quiero la causa de la muerte antes de que la prensa empiece a hacer especulaciones.

Carles asintió. Salieron del despacho y se encontraron con Sandra, una agente joven que siempre parecía estar a punto de hacer una pregunta.

—Jefe, hemos enviado el mármol al laboratorio. No hay huellas claras, pero han encontrado restos de polvo fino, como si hubiera sido trabajado recientemente. Y el corte en el cuello... los forenses dicen que es quirúrgico, hecho con una herramienta muy afilada, posiblemente un bisturí de escultor.

—Bisturí de escultor —repitió Carles, con una sonrisa amarga—. Vale, Sandra, averigua dónde venden bisturíes de escultor en Girona o quién podría fabricar uno y cualquier lugar que venda herramientas como esta. Y si encuentras a alguien que importe mármol de carrara, avísame.

Clara observó cómo Sandra se alejaba por el pasillo y, por un instante, sintió que la comisaría entera vibraba con una energía inquieta. Carles hojeó unos papeles, murmuró algo ininteligible y luego se giró hacia ella.

—Ve a despejarte un rato, Riera. Esto va para largo —dijo, sin levantar demasiado la voz.

Clara asintió. Sabía que, aunque Carles pareciera tranquilo, su mente ya estaba trabajando a toda velocidad. Y ella ahora mismo no podía ayudar.

Salió de la comisaría y se encontró con una Girona soleada y ajetreada. Caminó sin rumbo fijo, dejando que sus pasos la llevaran por las calles estrechas, donde los charcos de lluvia de la noche anterior reflejaban fragmentos de cielo y farolas apagadas.

Mientras avanzaba, repasaba mentalmente cada detalle del caso. La postura del cuerpo. El ángel de mármol. El corte preciso. Bernini…

Pasó por delante de la Catedral, donde la policía ya había retirado el cordón.

El lugar parecía distinto a plena luz del día, menos amenazante, pero no por ello menos perturbador.

Clara se detuvo un momento, observando los escalones aún mojados, imaginando la escena de la noche anterior. Un escalofrío le recorrió la espalda.