El susurro del mármol
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PRÓLOGO
Clara Riera era un faro en el océano del arte, una escultora cuya fama resonaba en los confines del mundo, como si los dioses mismos guiaran sus manos al tallar el mármol.
Sus obras, esculpidas con una precisión que rozaba lo divino, evocaban los ecos de maestros como Miguel Ángel o Bernini, de quienes parecía heredera indiscutible.
Formada en la Academia De las Bellas Artes de Roma, había forjado su leyenda entre colosales bloques de mármol de carrara, piedras inertes que, bajo sus cinceladas casi mágicas, cobraban vida con una intensidad que desafiaba el paso del tiempo.
Allí, en las aulas bañadas por la luz dorada de Roma, había sentido por primera vez el peso de la rivalidad, una sombra que desde entonces la acompañaba como una compañera fiel.
Fuera donde fuera, Clara era alabada por su genio, pero también envidiada por aquellos que veían en su arte un reflejo de su propia insuficiencia.
En los últimos años, combinaba el refugio de su estudio en el casco antiguo de Girona, con colaboraciones como asesora externa de la policía, donde su mirada, capaz de descifrar los secretos que el arte oculta, se había convertido en un arma insustituible para desentrañar crímenes envueltos en sombras y lienzos.