Capítulo 18 — Al Atardecer #4
—El Pueblo y los Dioses no necesitan a un tirano que gobierne con el filo del terror.
Nos merecemos a una persona justa. Alguien que no mire por su propia gloria, sino por cada uno de los miembros de los clanes, protegiendo al débil y respetando la tierra como siempre había sido la figura del verdadero Rix .
El liderazgo no se impone con el acero; se sirve con justicia.
Los sabios de la tierra la miraron a los ojos, conmovidos por el clamor popular y la verdad incuestionable de sus palabras. Tras una breve y tensa deliberación, el veredicto del druida cayó como un hachazo sobre el silencio recuperado:
—Los clanes han hablado. El acero no gobierna la roca. Arawen es nombrada Rix .
El rugido del pueblo estalló en la plaza, pero la alegría duró apenas un instante.
—¡Jamás! —bramó Drawen, poniéndose en pie y desenvainando su espada con una furia ciega—. ¡No cederé mi reino a una rata proscrita! ¡La única ley en estos valles es la fuerza de mi acero!
El tirano saltó del estrado lanzando una embestida brutal directa al cuello de la muchacha. Pero Arawen no pestañeó. Con una templanza asombrosa, esquivó la trayectoria del arma y repelió el golpe usando el alma de su vara de madera, desviando la hoja con un impacto seco que hizo vibrar el aire.
—¡A mí la guardia! —rugió Drawen, desesperado.
Varios soldados de la élite real se lanzaron al frente, pero antes de que pudieran dar tres pasos, Taran entró en acción. El joven guerrero desenvainó su espada corta y cargó con los suyos, bloqueando la embestida de la guardia en mitad de un estrépito de metales y escudos rotos.
La chispa prendió de forma irreversible en la masa. Al ver la traición del monarca, el pueblo llano, los pastores de las brañas y los guerreros de los clanes se rebelaron en bloque. Una marea humana arrolló a los mercenarios de Drawen, desarmándolos a golpes.
Completamente acorralado y viendo cómo su imperio se desmoronaba, Drawen se volvió hacia Arawen con los ojos inyectados en sangre. Lanzó un último ataque ciego, un golpe desesperado nacido de la pura locura, descargando todo el peso de su espada contra el pecho de la joven.
La joven fijó la vista en la hoja, pivotó sobre el barro con un movimiento limpio e instintivo y descargó un golpe certero con el extremo de su vara directamente en las sienes del monarca, arrojándolo al suelo y haciendo volar su espada por los aires.
Drawen quedó tendido en el barro, desarmado, jadeando con los ojos desencajados por el miedo mientras Arawen le colocaba la punta de su vara sobre la garganta. La multitud aguardaba, esperando el golpe de gracia, el derramamiento de sangre que sellara la venganza.
Arawen respiró hondo, sintiendo el peso de los valles sobre sus hombros, y despacio, retiró la madera de su cuello.
—No voy a manchar este suelo sagrado con la sangre de un tirano derrotado —proclamó Arawen con voz serena y rotunda, que se escuchó hasta el último rincón de la colina—.
Mi virtud no es la venganza, y este nuevo tiempo no se construirá sobre cadáveres.
Quedas despojado de tu honor, de tu título y de tus tierras, Drawen.
Te destierro de estas montañas para siempre.
Si tus pies vuelven a pisar el polvo de nuestros valles, la propia piedra se encargará de juzgarte. ¡Lleváoslo!
Dos guerreros agarraron al rey destronado y lo arrastraron fuera del recinto bajo los abucheos del pueblo.
El silencio que siguió fue roto por el siseo del viento del norte, pero duro muy poco. De entre la masa de gente que comenzaba a vitorear el nombre de la nueva Rix , tres figuras se abrieron paso con lágrimas en los ojos.
Arawen se quedó helada. Mäelis avanzaba con pasos temblorosos, apoyada en el hombro de Miana. A su lado caminaba Einar.
—¿Madre...? ¿Miana...? —alcanzó a musitar Arawen, soltando la vara.
Corrió hacia ellas incrédula y con una angustia en el pecho.
Se fundieron en un abrazo desesperado, ahogado por sollozos de alivio y años de dolor contenido.
Mäelis le besaba la frente a Arawen una y otra vez, mientras Miana se agarraba a la túnica de su hermana pequeña, incapaz de creérselo.
Einar se acercó y puso su mano firme sobre el hombro de Arawen, sellando una mirada de complicidad y lealtad eterna.
A pocos pasos de allí, la escena se repetía: Taran, Lía y Briga veían aparecer entre la multitud a sus propios familiares, a los supervivientes de sus clanes a los que creían perdidos en la noche de la huida.
Hubo abrazos apretados, rostros manchados de lágrimas y gritos de júbilo que resonaron por toda la garganta del valle.
Los dispersos, los perseguidos, los que habían sufrido el frío y el hambre en la soledad de las cumbres volvían a estar juntos. Los clanes estaban de nuevo unidos, sanando sus heridas bajo el susurro eterno del Cuervo Blanco.
El silencio regresó a la plaza de Oueto, roto únicamente por el siseo del viento del norte.
Arawen alzó la vista hacia el confín de las cumbres.
El tirano había caído, el peso de la alforja era inmenso, pero sus pies seguían firmes sobre la tierra.
Al atardecer, una nueva era comenzaba para los valles.