El Susurro Del Cuervo Blanco
Siglos atrás, en mitad de la penumbra ancestral, una muchacha perteneciente a la estirpe proscrita del clan Branwen contemplaba la silueta de un cuervo solitario desvanecerse entre la niebla de Oueto, mientras asimilaba con un escalofrío en el pecho que su verdadero camino como líder de los valles acababa de inaugurarse en mitad de la ladera.
Que la existencia humana no consiste en la velocidad absurda de llegar rápido a los objetivos marcados por el entorno.
Ni en el intento cobarde de evitar que las piedras del sendero te levanten una herida en la piel de los pies.
Ni en la soberbia infantil de creer que se pueden ganar todas y cada una de las batallas que te plantea la geografía del mapa.
Consiste, por encima de todo, en el aprendizaje humilde de caminar por las pistas sin perder la fidelidad hacia la persona que eres cuando el barro te quita los adornos del estatus.
En la capacidad de seguir arrastrando los pies hacia adelante incluso en las jornadas en que el peso del miedo en la mochila resulta insoportable para las fuerzas del cuerpo.
En la fortuna inmensa de encontrar en mitad de la niebla a un grupo de compañeros de cordada que tengan la generosidad de recordarte quién eres exactamente cuando tú mismo lo has olvidado por culpa del ruido de las pantallas de la ciudad.
Y en lograr comprender, acaso demasiado tarde en el calendario de la vida, que el tiempo real que nos corresponde en este planeta nunca estuvo esperándonos delante, al otro lado de la línea de meta de ninguna gran corporación comercial.
Siempre estuvo aquí, con nosotros. En el arcén. En cada paso dado con esfuerzo sobre la grava húmeda. En cada conversación sin filtros mantenida junto al lavadero de la braña y en cada silencio compartido de cara a la noche en el porche del albergue de montaña.
Porque al final de la historia, de una forma u otra, todos los seres humanos caminamos de manera inevitable hacia algún lugar oculto en mitad de la niebla del mapa.
Y lo verdaderamente importante de la marcha nunca fue, ni será jamás, el tamaño de la torre gótica que te aguarda en la meta definitiva del trayecto.
Fue... es y será siempre... aprender a disfrutar del sendero.
Al atardecer.
Gracias a mi hija, por ser una inspiración.
Gracias por hacer que cada día a tu lado sea una aventura, por regalarme el privilegio de descubrir el mundo juntos y compartir los momentos más felices de mi vida.
Crecer no es fácil; vivir, tampoco.
Nadie nos avisa, nadie nos prepara.
Como padres, a veces caemos en el error de proteger en demasía a nuestros retoños, pero nuestro verdadero cometido es enseñar les las herramientas para recorrer el camino y tener el valor de dejaros volar para que aprendan por sí mismos.
No dejes nunca de buscar respuestas a tus preguntas.
Sé siempre curiosa, respetuosa con los demás
y con el entorno que te rodea.
Fernando Cano