Capítulo 18 — Al Atardecer #3
—Tengo un miedo espantoso que me muerde las entrañas cada vez que pienso en los pasillos de la clínica, Mateo. Un pánico atroz. No te lo voy a negar a estas alturas de la marcha.
—Yo también lo tendría en tu lugar, compañera —replicó con voz quebrada.
Ella inspiró una bocanada honda del aire de la tarde, enderezando la posición de los hombros con una dignidad que conmovía el espacio.
—Pero gracias a estas dos semanas de barro, botas y silencios con vosotros...
creo que he aprendido que ya no quiero pasar el tiempo que me queden en este mundo viviendo con la paranoia constante de quien tiene miedo a morir en cada esquina.
Prefiero arriesgarme a exprimir el tiempo que me queda en la terminal.
Mateo bajó la mirada hacia las losas de piedra de la acera, sintiendo que las palabras de Irene le perforaban la última línea de defensa de su propia culpa del Pirineo.
No encontró ninguna réplica logística que ofrecer a aquella declaración.
Porque hay verdades humanas tan altas que algunas personas tardan toda una existencia entera en lograr asimilarlas en mitad de la cuneta.
Irene se giró sobre sus talones, encarándolo de frente, y le puso una mano cálida en la mejilla curtida por la solana.
—Gracias por todo, Mateo. De corazón.
—¿Gracias por qué, Irene? Si solo os he cobrado una tarifa por guiaros a través de las pistas rurales del mapa de Asturias.
Ella esbozó una última sonrisa pequeña, limpia.
—Gracias por haber tenido el coraje de recordarme en cada maldito kilómetro de estas montañas que, a pesar de los análisis médicos y de los dolores del cuerpo... todavía sigo estando jodidamente viva en este lado del mundo.
Después de pronunciar aquella frase, la mujer se dio la vuelta con paso firme y comenzó a caminar calle abajo, arrastrando su mochila de lona con una ligereza que no le correspondía a su salud.
Mateo la contempló alejarse en mitad de la penumbra de la avenida hasta que su silueta menuda terminó por disolverse por completo entre el flujo anónimo de la gente de la ciudad.
Y durante un segundo milagroso, Mateo experimentó la seguridad de que el sendero de La365 Trail seguía avanzando con paso firme en el interior de las entrañas de aquella mujer. Con todos ellos.
Porque la montaña es un territorio sagrado que nunca termina realmente cuando tus botas completan el descenso definitivo hacia las aceras de la urbe.
La cordillera se te queda incrustada en el reverso de la memoria para el resto de tus días: se manifiesta en tu forma de mirar los horizontes de la rutina; en tu capacidad de sostener los silencios largos sin pedir disculpas; y en el modo exacto en que decides abrir la puerta para volver a casa tras una larga jornada de tormenta.
Pasado La Asamblea del Rix
La niebla de Oueto flotaba densa, pegada a la roca húmeda como un sudario gris que subía desde el fondo del valle.
En lo alto de la colina de Abuli, recortada contra el cielo plomizo de la tarde, Arawen contemplaba la silueta borrosa de la ciudad primitiva.
A lo lejos, el graznido de un cuervo solitario rompió el silencio monumental de la ladera antes de desvanecerse entre la bruma.
Un escalofrío helado le recorrió el pecho.
Tenía solo diecinueve años, las manos curtidas por el invierno y los ojos cargados de una fatiga que no correspondía a su edad.
La vida la había despojado a golpes de su infancia y de su hogar, pero mientras observaba el perfil de los tejados de paja y piedra abajo, asimiló en silencio una certeza amarga: su verdadero camino como líder de los valles acababa de inaugurarse allí mismo. Ya no había vuelta atrás.
Se ajustó los restos de su capa vieja, se aferró a la vara de madera grabada en espiral y comenzó el descenso, confundiéndose entre la bruma.
Abajo, las calles de tierra de la ciudad primitiva eran un hervidero humano.
Los preparativos para la gran asamblea llevaban días tiñendo el aire de humo de turba y olor a grasa de reses asadas.
Desde todos los confines del territorio conocido, las delegaciones de las tribus habían ido cruzando las empalizadas: guerreros de las tierras altas, clanes costeros curtidos por el salitre y pastores de las brañas más profundas.
La tensión se palpaba en la forma en que los hombres aferraban los pomos de sus dagas al cruzarse con extraños.
Arawen cruzó los límites del asentamiento con la capucha calzada hasta las cejas. Nadie la reconoció; para el gentío era solo una paria más, camuflada entre los desheredados.
El clamor popular la condujo directamente hacia el gran círculo de la asamblea, un anfiteatro natural custodiado por gigantescos monolitos de piedra.
En el centro, presidiendo sobre un estrado, el Rey Drawen sonreía con una suficiencia gélida, flanqueado por su guardia personal de hierro.
Daba la escena por ganada. Sabía que todo era una burda maniobra orquestada por él mismo para legitimarse y coronarse dueño totalitario de toda la geografía.
Con la apertura de la sesión, los jefes de los clanes tomaron la palabra uno a uno. Pero en sus discursos no había verdad. Hablaban encadenando lisonjas envenenadas y promesas vacías, temiendo a la guardia de hierro que rodeaba el recinto.
En mitad de los debates, un anciano señor de las tierras del Naranco alzó su vara para pedir silencio.
—Buscamos un líder de carne y hueso —declaró con voz cavernosa—, pero no olvidéis lo que dicen los sabios.
Las viejas leyendas sostienen que solo el susurro del Cuervo Blanco unirá de verdad a las tribus de estas montañas cuando llegue el invierno de la gran desgracia.
Un enviado de los dioses que marcará al verdadero soberano.
¿Pretendemos acaso forzar el destino antes de tiempo?
Un murmullo de superstición recorrió las gradas de piedra. Drawen, impaciente, dio un paso al frente desgranando con desprecio sus supuestos méritos, su derecho de sangre y la fuerza de su ejército. Al terminar, el silencio aprensivo se apoderó del círculo. Nadie se postuló.
Fue en ese instante de aparente victoria para el rey cuando una figura alta, embozada en una capa de lana basta, dio varios pasos desde la multitud hacia el centro del anfiteatro. se despojó de la capucha, mostrando un rostro curtido por los vientos de las cumbres, y grito con su robusta voz.
—¡Alto, Drawen! —era Einar, alzando la voz con un eco rotundo que hizo acallar los murmullos—. Tu corona está manchada de mentiras y la sangre de los nuestros aún clama bajo la tierra.
Drawen soltó una carcajada agria, cargada de desprecio.
—¿Quién osa interrumpir la asamblea? Un perro vagabundo sin estirpe. ¡Tú no eres legítimo para hablar aquí! ¡Tú no eres nadie, y menos el Cuervo Blanco!
Einar sostuvo la mirada del tirano sin pestañear.
—Tienes razón, Drawen. No soy legítimo por sangre, ni pretendo engañar a la gente diciendo que soy la encarnación del Cuervo Blanco —declaró Einar con voz limpia y tajante, mirando directamente a los ojos de los jefes de los clanes—.
No soy ningún enviado de las leyendas. Pero estoy aquí como un hombre libre de la cordillera para luchar contra tu tiranía y recordar a esta gente que el miedo no puede ser nuestro único rey.
Un murmullo de respeto y sorpresa prendió entre los pastores y guerreros al ver la valentía del patriarca del clan Branwen.
El anciano druida de la tribu, de barbas blancas como el invierno y ropajes solemnes, avanzó cojeando hacia el centro para contener la tensión. Miró al cielo plomizo y, alzando los brazos, proclamó con voz cavernosa:
—La palabra ha sido dada y el silencio ha callado. Sin embargo, según dicta la tradición ancestral de los antiguos astures, pregunto por última vez ante las piedras sagradas: ¿Hay alguien más que se quiera presentar para reclamar el derecho de los valles?
Antes de que Drawen pudiera mandar arrestar a Einar, Arawen dio un paso al frente desde el margen opuesto, retirándose la capucha.
—¡Yo me postulo! —la voz de Arawen rasgó el espacio con la fuerza de un vendaval.
Avanzó hacia el centro del anfiteatro alzando la vara de madera grabada con la doble espiral.
La luz plomiza de la tarde pareció reflejarse directamente sobre la piel pálida de la muchacha y la talla de la madera.
Un susurro colectivo, sordo y electrizante, corrió como una corriente de agua por las gradas de piedra.
—¡Mirad la vara! ¡Mirad sus rasgos! —chilló un viejo pastor desde la primera fila, señalándola con mano temblorosa—. ¡Es la estirpe de los Branwen! ¡Es la muchacha del norte!
—¡Es el Cuervo Blanco! —gritó una mujer al fondo, cayendo de rodillas.
En cuestión de segundos, la chispa del fervor prendió en la multitud. El clamor de cientos de gargantas retumbó contra los monolitos, haciendo temblar el suelo del recinto:
—¡Es el Cuervo Blanco! ¡Es ella! ¡La profecía se ha cumplido! ¡El Cuervo Blanco ha vuelto a los valles!
Drawen miraba a su alrededor con los ojos desencajados, viendo cómo el miedo del pueblo se transformaba en una marea incontrolable de fe y esperanza. Arawen esperó con templanza a que el estruendo se amainara un poco, sostuvo la mirada de los jefes de clan y sentenció con voz firme y clara: