Capítulo 18 — Al Atardecer #2
Ayko extrajo su teléfono móvil del bolsillo, encuadró el relieve con precisión y realizó una sola fotografía.
Una toma limpia, rigurosa y técnica, pensada únicamente para documentar cada trazo del grabado.
Guardó el dispositivo de inmediato en la mochila, protegiéndolo de la humedad.
No buscaba un registro superficial ni apresurado; necesitaba conservar ese testimonio visual exacto para poder reestudiar más tarde la simbología con calma, ampliar las hendiduras de la piedra y descifrar el mensaje que los antiguos habían dejado esculpido en la roca.
Cenaron juntos aquella misma noche en una sidrería tradicional del casco viejo, apartados del comedor principal.
Fue una velada que discurrió sin las prisas logísticas de las etapas previas, desprovista de la necesidad paranoica de aparentar estatus, profesiones o éxitos comerciales ante el resto de comensales.
La conversación iba y venía por la mesa larga con la fluidez tranquila y natural del fuego de una chimenea vieja que consume troncos de carbayu.
Paula intervenía de una forma notablemente más generosa que en las primeras jornadas en Pajares; ya no utilizaba su voz únicamente para ofrecer un diagnóstico de urgencia o repartir material de su mochila; ahora se permitía el lujo humano de dejarse ver, de compartir sus propias dudas de vida y reírse de sus propias manías.
Noa y Laila permanecían sentadas la una junto a la otra en el banco de madera, compartiendo el plato de comida con una naturalidad limpia, desprovista de esa armadura defensiva con la que solían cubrir sus silencios en los primeros albergues.
Alex escuchaba las anécdotas de los compañeros con mucha atención, interviniendo apenas lo justo, saboreando la música de las voces reales sin la urgencia de grabar el momento para un contenido posterior.
Bruno realizaba bromas de su repertorio habitual, pero el tono de sus ocurrencias había experimentado una mutación radical: eran comentarios mucho menos agresivos, desprovistos de esa necesidad corporativa de marcar el territorio frente al resto de machos de la fila.
E Irene... Irene observaba el trasiego de los vasos de sidra y los rostros cansados de sus amigos con una sonrisa pequeña, teñida de una melancolía mansa.
Era la expresión exacta de quien ha empezado a comprender, tras un diagnóstico severo en un hospital de Londres, el valor real e infinito de los momentos más simples del calendario humano.
En un instante de silencio colectivo, cuando el ruido de los cubiertos amainó, Elías levantó su copa de vino hacia el centro de la mesa, con el rostro serio.
Ya había telefoneado a Abril para concretar la hora, para verse, la mañana siguiente, en la estación de Infiesto, pero el miedo al regreso seguía latiendo bajo su camisa.
—Muchachos... tengo un pánico atroz a volver a perder la dirección correcta de mis pasos en cuanto pise de nuevo el apartamento de la ciudad y me encierre en el despacho —confesó el profesor, desnudando su fragilidad ante la mesa.
Nadie en la cordada se apresuró a lanzar un consejo barato de manual de psicología. Sabían que la herida era demasiado profunda para un parche de sobremesa.
Fue Mateo quien fijó la vista en él desde el extremo del banco.
—Si ese miedo te aprieta el cuello cuando regreses a tu rutina académica, Elías...
entonces no te quedará más remedio que cerrar los ojos y hacer el esfuerzo diario de recordar con precisión matemática cuál fue la verdadera razón por la que decidiste calzarte las botas y empezar a caminar este sendero con nosotros.
La memoria del barro te sostendrá en el asfalto.
Elías asintió despacio, saboreando las palabras del guía.
—¿Y qué pasa si esa memoria no resulta suficiente para frenar la inercia del aislamiento, Mateo? ¿Qué pasa si la rutina vuelve a ganar la partida en el piso vacío?
Mateo paseó la mirada por los rostros de los ocho caminantes que abarrotaban la mesa; contempló las mochilas técnicas que descansaban alineadas contra la pared de piedra de la sidrería; y escuchó el rumor de la lluvia fina que continuaba azotando los cristales del ventanal exterior.
—Si la rutina te vence, Elías... entonces la solución logística es sumamente sencilla: dejas los libros en la estantería, coges la mochila de cincuenta litros y vuelves de inmediato a buscar el inicio del sendero en mitad del monte.
La montaña siempre te va a estar esperando exactamente en el mismo sitio.
Asturias siempre estará aquí para acogerte.
Pasado — El fuego que permanece
Aquella última noche, horas antes de iniciar el descenso definitivo hacia las puertas fortificadas de Oueto, Arawen se sentó en soledad junto al fuego de campamento.
El bosque de Abuli permanecía sumido en una quietud sagrada, rota únicamente por el seseo de la llovizna entre el ramaje alto.
Gael dormía profundamente apoyado contra el tronco de un carbayu; Taran roncaba con un sonido afilado desde su manta; y la pequeña Lía murmuraba algunas palabras inconexas en mitad de sus sueños de fiebre.
En la esquina opuesta de las brasas, la joven Briga alimentaba el hogar arrojando pequeñas astillas de texu con una paciencia milenaria, manteniendo viva la llama de la vigilia.
Arawen contempló el comportamiento del fuego durante un lapso de tiempo incalculable.
Pensó con detenimiento en todo lo que la guerra y la huida le habían arrebatado por el camino: su hogar en el norte, la seguridad de su clan, el anonimato de su juventud y la presencia de los suyos.
Y asimiló también la inmensidad de las cosas que aún no lograba comprender acerca del destino político que Liana y los sabios pretendían colocar sobre sus hombros de muchacha.
El miedo seguía estando allí, latiendo en el fondo de sus sienes como un pulso constante. Pero se percató de un detalle fundamental: el pánico ya no ejercía el mando sobre sus decisiones corporales. Había sido relegado a un segundo plano por la firmeza del carácter.
Entonces acudió a su memoria las palabras exactas que su padre Einar solía repetirle en las noches de invierno en las tierras altas: La estirpe de los Branwen puede verse obligada a esconderse entre los matorrales del valle durante generaciones, muchacha...
pero no tiene la menor idea de cómo se hace para rendirse ante la corona.
Esbozó una sonrisa diminuta en la penumbra del bosque. Porque por fin, tras años de piedras y lodo, lograba asimilar una verdad de unas proporciones colosales:
Resistir en esta existencia no consistía en el ejercicio cobarde de sobrevivir escondiéndose como una alimaña en los agujeros de la tierra para salvar el pellejo.
Resistir consistía en la capacidad sagrada de conservar intacto aquello que hacía que, verdaderamente, mereciera la pena seguir permaneciendo vivos cuando la tormenta del mundo lo destruía todo a tu alrededor.
Levantó una rama larga de avellano y removió el corazón de las brasas con un movimiento firme.
Miles de chispas incandescentes salieron despedidas hacia el cielo oscuro de la noche asturiana, elevándose en una espiral lumínica que parecía dibujar pequeños senderos de luz limpia que se perdían de forma individual entre la inmensidad de las estrellas del cordal.
Presente — Al atardecer
Al mediodía de la jornada siguiente, los integrantes de la expedición procedieron a separarse en las inmediaciones de la plaza de la Catedral en Oviedo.
Se ejecutó sin necesidad de grandes discursos sentimentales, sin dramatismos de andén ni puestas en escena exageradas para el perfil digital.
La experiencia de la montaña les había grabado en el cuerpo una lección fundamental: las cosas que verdaderamente importan en esta vida no precisan de un exceso de ruido ambiental para certificar su validez en el mapa.
Bruno estrechó el cuerpo de Mateo en un abrazo notablemente más prolongado y firme de lo que cualquiera de los presentes hubiera vaticinado en el Kilómetro Cero. Noa le prometió a Laila escribir de forma regular en cuanto se asentará en su nuevo hogar, manteniendo una mirada limpia, erguida.
Paula procedió al repartir algunos de los últimos blísteres de ibuprofeno que tenía entre los macutos de los compañeros, por si aparecían dolores o alguna secuela montañera y con su habitual serenidad les animaba:
—Llevaos esto en el bolsillo de la chaqueta, muchachos... por si acaso la rutina de la ciudad vuelve a doler en los huesos con la misma saña que la subida a Pajares. Ya sabéis la dosis.
Alex montó el temporizador de su cámara sobre un murete de piedra y realizó una última fotografía del grupo completo, apiñados frente al casco antiguo.
Fue una toma directa, limpia, desprovista de filtros de edición digital o retoques de luz artificial; la captura exacta de nueve rostros cansados, embarrados y verdaderos que miraban de frente al objetivo de la realidad.
Ayko permaneció unos minutos extra contemplando los relieves de los canteros de la Catedral antes de colgarse la mochila a la espalda y enfilar el paso definitivo hacia la calle Uria, camino de la estación de autobuses de la ciudad.
Irene fue, por derecho propio de la ruta, la última en abandonar el recinto de la plaza.
Mateo la acompañó caminando a su lado durante unos centenares de metros por el callejón de salida, manteniendo un silencio cómodo, acompasado por el impacto de las suelas contra la losa húmeda.
La luz de la tarde asturiana comenzaba a declinar con una lentitud morosa sobre los aleros de los edificios decimonónicos de Oviedo.
Al atardecer.
—Dime una verdad, Irene... ¿tienes miedo de lo que te espera en el reingreso del hospital de Londres? —preguntó el finalmente, deteniendo la zancada junto a una esquina ajardinada.
Irene sonrió con una placidez inmensa, sin apartar un solo instante sus ojos del cielo teñido de un color naranja encendido que recortaba las lomas de los montes lejanos.