El susurro del cuervo blanco Capítulo 18 — Al Atardecer
94%

Capítulo 18 — Al Atardecer

Pasado — La decisión del Cuervo Blanco

El amanecer sobre el cordal de Oueto llegó cubierto por un cielo de un gris azulado, denso, de esos que parecen retener el frío de la noche entre las costuras de las nubes.

La llovizna de las horas previas seguía colgando en gotas pesadas de las ramas de los texus, y el aire del monte olía intensamente a humo de madera verde, a hierro viejo y a la tierra removida por las herraduras de las patrullas lejanas.

Desde la loma superior, parapetada tras un parapeto de roca caliza, Arawen observaba la silueta humeante de la ciudad.

Ya no quedaba prácticamente nada de la muchacha asustada que había abandonado los prados de Las Caldas años atrás, siguiendo un sendero sin nombre para huir de la quema.

Arawen se había convertido poco a poco en una joven mujer.

El barro de las brañas, el hambre de las jornadas de ventisca, el frío calador de los puertos y la severidad de la montaña le habían modificado de forma irreversible la estructura de las facciones y la hondura de la mirada.

Incluso su manera de quedarse quieta en el terreno era radicalmente distinta: ya no se encogía buscando esconderse; permanecía plantada, asumiendo el relieve.

A su lado, Gael pasaba una hoja corta de cuchillo sobre una piedra de río humedecida.

Chhhhin… Chhhhin…

El roce rítmico del metal contra la roca era el único sonido que competía con el viento, y cada pasada del herrero parecía poner orden en la maraña de pensamientos que compartían en silencio.

Más atrás, al abrigo de la roca, Lía dormía plácidamente envuelta en mantas de lana junto a las brasas moribundas.

Taran revisaba los cierres de las pocas trampas de caza que les quedaban en los macutos, mientras Briga conversaba con Liana en un susurro monótono, de espaldas al grupo.

Todos los integrantes de la pequeña cordada habían experimentado una metamorfosis en el viaje. No solo ella.

—Si descendemos hacia las puertas de la muralla ahora, con esta luz rala, nos verán los vigías de la torre de avanzada —advirtió Taran, acercándose con paso cauteloso y la lanza apoyada en el hombro.

—Los hombres de la guardia real ya nos están buscando por todos los valles igualmente, Taran —respondió Arawen, sin desviar un solo milímetro sus ojos de las techumbres de Oueto—. Ocultarse más tiempo en las cuevas solo retrasa la crecida del río.

Gael detuvo el movimiento del brazo, dejando descansar el cuchillo sobre la rodilla curtida.

—Aún estás a tiempo de dar la vuelta, muchacha —dijo el viejo, mirándola desde abajo—. El bosque del sur es ancho y la niebla es densa. Puedes marcharte hacia el anonimato y dejar que el mito del Cuervo Blanco se disuelva solo entre los helechos. Nadie te lo echaría en cara.

Ella negó despacio con la cabeza, manteniendo la vista en el horizonte urbano.

—No.

La respuesta brotó de su garganta de una forma sencilla. Desprovista de cualquier tipo de épica militar, de grandilocuencia heráldica o de orgullo de linaje. Solo era una verdad desnuda, compacta como un canto rodado.

Liana apareció detrás de ellos, saliendo de la penumbra de los árboles y apoyando su cuerpo cansado en el bastón de avellano sagrado.

—¿Y qué es exactamente lo que tienes pensado hacer, niña, cuando te encuentres cara a cara frente a las lanzas del gobernador del rey? —preguntó la sanadora, escrutándola con su habitual fijeza mística.

Arawen tardó varios segundos en articular la réplica.

Contempló las columnas de humo que se elevaban perezosas entre los tejados de paja de la villa.

Recordó el rostro severo de su padre Einar; la ausencia de su madre; el silencio desolador de las aldeas desvalijadas por el tributo; el pánico de los niños escondidos en las cuadras cuando los hombres de armas discutían en los portales.

Pero también recordó otra categoría de cosas que se le habían asentado en la piel a lo largo del camino.

Recordó la generosidad humilde de Arvedu compartiendo el guiso de cecina en la cabaña sin preguntar el nombre de los huéspedes; las manos agrietadas y cansadas de Bricia amasando el pan de escanda en el llagar abandonado; las lecciones del yunque de Gael, enseñándole que la fuerza bruta sin el juicio de la paciencia solo engendra más carroña; y las sentencias de Breogán junto al barranco, advirtiéndole que gobernar no consiste en ponerle diques al río, sino en entender el curso natural del agua.

Inspiró una bocanada honda del aire húmedo de la ladera y ajustó la espada de encina en su cinto.

—Hablaré con ellos antes de levantar el metal para luchar.

Gael soltó una carcajada corta, bronca, una mueca de orgullo artesanal entre la barba canosa.

—Esa maldita costumbre de usar la palabra antes que el acero es precisamente lo que te convierte en el ser más peligroso de la cordillera para los hombres que se sientan en los tronos de bronce, Arawen.

Liana esbozó una sonrisa mínima, una arruga de sabiduría ancestral que le surcó los labios.

—O en alguien que, por fin, posee la dignidad necesaria para ser seguido por los clanes desterrados.

Un golpe de viento racheado cruzó la ladera del monte, agitando el cabello oscuro de la muchacha.

Entonces ocurrió un suceso extraño en el claro.

Un cuervo de gran envergadura descendió en un planeo limpio desde el cielo grisáceo y fue a posarse sobre la superficie plana de una roca caliza, a escasos metros de donde se encontraba el grupo.

Era un animal de un blanco sólido, purísimo, que permaneció inmóvil, observando fijamente la estampa de la joven con sus ojos de cuenta de vidrio.

Nadie se atrevió a pronunciar una sola palabra, ni siquiera Taran.

El ave inclinó apenas la cabeza hacia un lado, como si realizara un saludo silencioso en mitad de la bruma, y acto seguido desplegó las alas con un batido sordo para reanudar el vuelo en línea recta hacia las torres de Oueto.

Arawen siguió su trayectoria con la mirada fija hasta que la silueta oscura se disolvió por completo en el mar de niebla que cubría la entrada de la villa.

Después de que el pájaro desapareciera, la muchacha dio un paso al frente sobre el lodo del sendero.

Solo un paso, corto, firme y definitivo. Pero todos en la ladera supieron que ya no existía ninguna posibilidad de vuelta atrás en el mapa de la historia.

Presente — Oviedo después del camino

Oviedo seguía mostrando exactamente la misma fisonomía urbana de siempre.

Y, sin embargo, ninguno de los nueve caminantes de La365 Trail conseguía observarla de la misma manera que dos semanas atrás.

La ciudad recuperó de golpe toda su cuota de ruido mecánico, de prisas e indiferencia peatonal.

Coches acelerando en los pasos de cebra, el pitido insistente de los semáforos, oleadas de personas con trajes de oficina mirando fijamente las pantallas rectangulares de sus dispositivos portátiles mientras caminaban a paso rápido por las aceras, sin levantar una sola vez los ojos para comprobar la densidad del cielo o el relieve de los montes que rodeaban la urbe.

Durante unos minutos largos, la cordada permaneció inmóvil frente al pórtico gótico de la Catedral.

Formaban una isla exótica de mochilas de lona, pantalones embarrados y rostros curtidos por el sol en mitad del flujo de la población civil.

Nadie parecía dispuesto a ser el primero en romper ese lazo invisible que los mantenía unidos.

Fue Noa quien rompió el hielo, manteniendo los bastones apoyados contra las botas técnicas.

—¿Y ahora qué se supone que hacemos, muchachos?

Bruno esbozó una sonrisa cansada, ajustándose la chaqueta con un movimiento que ya no arrastraba la soberbia y el altivo de sus marchas militares.

—Supongo... que nos toca regresar a marchas forzadas a lo que todos llamamos la vida real, Noa. No queda otra.

Mateo negó despacio con la cabeza, manteniendo las manos metidas en los bolsillos del pantalón de montaña.

—Os equivocáis, Bruno —dijo el guía con tono pausado—. Esto que hemos compartido estos catorce días entre el barro, las cabañas y las confesiones de los hostales... esto también era la vida real. Quizá la más real de todas las que habéis vivido en años.

La expresión quedó suspendida en mitad de la plaza gótica con una fijeza caliza.

Ayko se adelantó un paso hacia la base de la gran torre de la Catedral, observando los bloques de piedra arenisca erosionados por siglos de humedades y temporales asturianos. Deslizó las yemas de sus dedos por los relieves de la fachada hasta detenerse en un grabado arrinconado en la piedra muerta.

El círculo de rayos. Casi borrado por el liquen y el roce de las generaciones, pero inequívocamente allí.

—Está aquí... —murmuró ella con un hilo de voz que le erizó el vello del brazo—. Sigue exactamente en el mismo sitio.

Alex se aproximó a su hombro, con curiosidad.

—¿El qué, Ayko? ¿Qué has encontrado?

—El símbolo del manuscrito, Alex. La marca del avellano, mis sueños, ¿qué significará?, el secreto seguirá siendo secreto.

Elías se acercó también, colocándose las gafas de ver con un gesto mecánico, y clavó los ojos en el relieve desgastado.

Era casi invisible para el peatón común que cruzaba la plaza con prisa hacia el comercio, pero se mostraba dolorosamente real para quienes venían de seguir el rastro desde los altos de Redes.

Nadie habló durante una secuencia de segundos sagrados. Mateo contempló el relieve en la mampostería y luego clavó sus ojos limpios en el rostro emocionado de Ayko.

—Asturias tiene esa costumbre milenaria, Ayko —sentenció —. Sabe guardar las verdades importantes bajo la costra de la piedra, aunque la gente de las ciudades decida dejar de mirarlas por culpa del ruido.