El susurro del cuervo blanco Capítulo 17 — El Lugar Al Que Regresan Los Pasos #3
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Capítulo 17 — El Lugar Al Que Regresan Los Pasos #3

—Chicos aquí hay como un túnel, no os lo vais a creer, pero esto se me parece mucho a unas trincheras, vaya suerte la mía, huyo de la mili y acabo cayendo en la misma piedra— Se reía a carcajada limpia.

— Pues vaya gracia, acabamos de descubrir una antigua trinchera de la guerra civil – Comento Mateo.

— Esta zona fue un lugar donde se enfrentaron los dos bandos en la guerra civil. Fue un capítulo de nuestra historia que mejor no hubiera sucedido, el odio lleva al odio, y al final no ha vencedores, ni vencidos, solo la muerte gana en estas batallas. – relato Mateo.

Mateo procedió a sacar su cuerda de la mochila, estaba sensiblemente nervioso, no era normal en él.

— ¿Estas bien Mateo? ¿Necesitas ayuda? – Le pregunto Irene.

— Si Irene, gracias. Solo viejos recuerdos, estoy bien.

En ese momento Mateo afianzo la cuerda a un árbol, y se la amarro a su cintura preparado para izar a su compañero de cordada, y la lanzo al profundo hueco donde se encontraba Bruno.

— Vamos Bruno amárrate y asegúrate, que suene el click

— Si perfecto ya estamos, tirar fuerte que esto está muy profundo y ya sabéis que he comido mucha fabada esta semana. — bromeo Bruno para quitarle hierro al asunto.

— A dieta te vamos a poner si no sales del pozo, Bruno. — le interpelo Noa con su habitual sarcasmo.

Mateo no estaba para bromas, empezó a tirar de Bruno y empezó a tensarse la cuerda, sentía el peso sobre sus brazos, sobre sus hombros, la responsabilidad del líder que tiene que cuidar de los suyos, sacar a Bruno del agujero, era más que una acción de responsabilidad.

Tenía en sus manos el deber de salvar a su compañero.

Bruno se encontraba a mitad de la pared, estaba sin fuerzas, cansado de la trepada.

— Mateo no puedo subir, será mejor que vuelva a bajar, y esperemos refuerzos, mejor me suelto.

— Soltarse……¡NOOO! — Mateo se volvió loco

Esa palabra fue como un deja vü, volvió la nieve del Pirineo.

Volvió la cuerda de doce milímetros tensa como el cable de un remolcador.

Volvió el rugido ensordecedor del viento helado azotando la cresta del monte.

Volvió la visión terrible de las manos de su hermano Lucas, congeladas, perdiendo el agarre sobre el hielo azul.

Suéltame, Mateo. Si no cortas la línea, nos vamos los dos al fondo de la rimaya. Suéltame.

Sintió de nuevo el tirón brutal en el arnés. El vacío absoluto del abismo. El grito desgarrado perdiéndose en la tormenta.

Mateo cerró los párpados con fuerza durante un segundo eterno, un espasmo donde su mente peleó por no despeñarse de nuevo en el pozo de la memoria. Pero Irene, que estaba a escasos centímetros de su rostro, captó el temblor exacto de su mandíbula.

—Mateo... —murmuró con una voz infinitamente suave, rozándole el brazo.

El guía inspiró una bocanada de aire húmedo hasta llenar los pulmones, abriendo los ojos de golpe. Había regresado al presente del bosque.

Pasado — La ira del Rix

Las antorchas de la sala de armas de Oueto chisporroteaban, proyectando sombras alargadas sobre las paredes de piedra tosca.

El rey Drawen permanecía de espaldas, contemplando el mapa de los valles trazado sobre una piel de ciervo.

Frente a él, de rodillas y maltrecho, se encontraba el capitán de la patrulla que había regresado de la incursión en la braña.

—¿Me estás diciendo —habló Drawen, con una voz extrañamente calmada que helaba la sangre— que una muchacha descalza y tres viejos malditos os han arrebatado el hierro?

—No era solo una muchacha, mi señor —balbuceó el capitán, con el labio partido y la mirada perdida—.

Apareció de la nada, entre el orbayu y la roca.

Mis hombres entraron en pánico. Pensamos que nos degollarían en mitad de la noche, pero ella...

ella se plantó ante mí. Me miró el pecho, allí donde el metal de la armadura cede, y no golpeó.

Usó la vara solo para desarmarme. Curó la herida de mi cabo con sus propias manos antes de ordenarnos volver a la villa.

Drawen se giró lentamente. Sus ojos eran dos rendijas de puro odio.

—¿Te curó? —escupió el tirano.

—Nos dijo que no buscan sangre, que son libres del yugo y de la espada, y que los pueblos son libres de elegir su propio camino.

—declaró el soldado, olvidando el miedo por un instante—.

Los siervos de la corte la están llamando el Cuervo Blanco , señor.

Dicen en los lagares que no busca venganza...

que busca justicia. Que viene a limpiar la asamblea.

Drawen caminó hacia él y, de un revés, le golpeo y lo tiró al suelo, amenazándole con su espada.

—No hay más justicia en estos valles que la mía —rugió el Rix hacia sus oficiales—. Quiero su cabeza, atraparla y triplicar las guardias en las puertas de la muralla. Si esa criatura toca el barro de Oueto, quiero su cuerpo en una pica antes de que caiga el sol.

Tras las gruesas cortinas de la sala de armas, dos sirvientes que retiraban los braseros intercambiaron una mirada rápida. Esa misma noche, el testimonio del soldado herido cruzaría los muros de la ciudad vieja, encendiendo la esperanza en las aldeas de los desheredados.

Presente - El secreto

Después de conseguir sacar a Bruno del pozo, Mateo suspiro profundamente y grito a la vez de rabia. Sin mirar a nadie directamente a los ojos, con la vista fija en las hojas muertas del suelo, empezó hablar.

—Mi hermano pequeño murió en una montaña del norte, en los Pirineos, hace seis inviernos —soltó Mateo, y su voz arrastraba una quietud que heló el ambiente del bosque.

Nadie en el grupo de La 365 se atrevió a mover un solo músculo. Las pomaradas parecieron quedarse sin aire.

—Íbamos encordados en una vía invernal bastante técnica —continuó, tragando saliva con una dificultad extrema—.

Una cornisa de nieve soplada cedió bajo nuestros pies en la salida de la cresta.

Él quedó colgado en el vacío, colgado del extremo de mi arnés.

El seguro intermedio saltó de la roca. Si yo permanecía sujeto a su cabo de cuerda...

la reunión iba a colapsar por completo y nos íbamos a ir los dos al fondo del circo en menos de diez segundos. No había otra opción logística.

Nadie respiraba. el silencio era una costra física.

—Él me miró desde el fondo y me obligó a soltar el mosquetón de seguridad —la frase salió rota, desprovista de cualquier adorno lírico. Simple. Y por eso mismo resultaba infinitamente peor—. Y yo... yo abrí el cierre. Lo solté.

El vacío que se instaló en mitad del bosque tras aquella confesión fue de unas proporciones colosales.

Noa bajó la mirada hacia sus propias manos, sintiendo el peso de la supervivencia ajena.

Elías cerró su libreta de apuntes con un chasquido sordo, renunciando a escribir una sola línea más de crónica.

E Irene experimentó un nudo brutal, sordo, que le oprimió el pecho ante la magnitud de la tragedia del hombre que los había guiado durante dos semanas.

Mateo tiró del brazo de Bruno con firmeza, ayudándolo a erguirse por completo sobre el sendero, ajustándole el bastón de apoyo.

—Desde aquella maldita tarde de invierno aprendí una lección de la montaña —sentenció el guía, clavando por fin sus ojos limpios en los rostros de sus compañeros—.

Aprendí que la montaña no perdona un solo descuido.

Y aprendí... que yo tampoco me perdono a mí mismo haber sido el único de la cordada que regresó con vida al fondo del valle.

Nadie supo qué responder a aquella declaración. Porque todos en el grupo empezaban a entender que algunas heridas del alma no buscan un consejo de manual, ni una solución barata de farmacia; buscan simplemente el derecho sagrado a dejar de esconderse detrás de las apariencias del camino.

Pasado — El cuervo sobre la corte

Aquella misma noche, apostada en un alto geográfico entre la espesura de los árboles del cordal septentrional, Arawen divisó las luces lejanas de Oueto por primera vez en toda la travesía.

La villa aparecía a lo lejos como una mancha pequeña, encajonada entre las lomas de los montes y cubierta por una capa densa de humo de hogares y niebla nocturna. Parecía un asentamiento pacífico y ordenado visto desde la distancia de los altos.

Sin embargo, el bosque circundante venía preñado de rumores sombríos desde hacía jornadas.

Gael había regresado de una incursión menor con noticias alarmantes de los llagares de la periferia: hablaba de labradores arrestados en mitad de los mercados, de brañas enteras registradas con saña por las patrullas montadas, de clanes del norte cuyos nombres habían sido borrados de los registros y de un gobernador real que preguntaba con una obsesión paranoica en cada cruce por el paradero exacto del Cuervo Blanco.

Arawen contempló los focos de fuego de la urbe sintiendo una amalgama extraña de sensaciones en las entrañas.

Experimentó el pánico natural de la presa cercada; sintió una nostalgia dolorosa por la vida anónima que dejaba atrás en las tierras altas; experimentó una rabia sorda contra la injusticia de la corona...

pero por encima de todo ello, sintió una necesidad imperiosa y creciente de descender hacia esas rúas de piedra.

No marchaba hacia allí para esconderse como una alimaña en los puestos del mercado. Marchaba para entender en qué clase de símbolo se estaba convirtiendo a ojos de los desesperados.

En ese preciso instante, un cuervo solitario cruzó el cielo oscuro de la noche justo por encima de su cabeza.

Solo uno, una silueta de un blanco sólido recortada contra la bruma blanca de la vertiente. El ave ejecutó un planeo limpio sobre el claro antes de perderse en dirección a las torres de la corte.

Y durante un segundo eterno, un soplo de viento del norte pareció susurrar su verdadero nombre en mitad de la penumbra del monte.