El susurro del cuervo blanco Capítulo 17 — El Lugar Al Que Regresan Los Pasos #2
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Capítulo 17 — El Lugar Al Que Regresan Los Pasos #2

—De verdad que en este viaje todo el mundo parece tener un máster en desmontarme la cabeza en mitad de una cuneta. No dais tregua.

—La montaña tiene esa costumbre, compañero. Te quita el envoltorio.

Caminaron cerca de un kilómetro más en un silencio confortable, arrastrando el eco de sus pasos sobre la grava. De pronto, Alex volvió a romper el hielo, con una voz que arrastraba una honestidad que no le habíamos conocido en Oviedo:

—¿Sabes qué es lo que más me jode de todo esto, Noa? Que creo que yo era un tipo infinitamente más feliz antes de contraer esa necesidad patológica de que diez mil tíos al otro lado de una pantalla miraran mi vida para sentir que yo existía en este planeta.

Ayko que caminaba junto a ellos escuchando sus palabras se detuvo, un segundo, contemplando las lomas verdes.

—Chicos, en Japón tenemos un proverbio antiguo para eso. Decimos que el bambú más fuerte y resistente de la ladera es precisamente aquel que no siente la menor necesidad de hacer ruido mientras crece. La solidez no necesita aplausos.

Alex bajó la mirada hacia el suelo húmedo.

Por primera vez desde que se inició la expedición, no sintió el menor impulso de echar mano al bolsillo para registrar aquella frase en un vídeo corto para sus redes.

Ya tenía claro que quería en su vida. No perdería más el tiempo con vidas fingidas y retrasmitidas en tiempo real.

Pasado — El hombre del río

Aquella misma tarde, cuando el sol de la vertiente empezó a declinar tras los macizos occidentales, Gael condujo a Arawen, acompañados por Taran lejos de la seguridad del taller de la fragua.

Descendieron por un sendero apenas marcado entre los helechos, buscando la hendidura de un barranco estrecho por donde las aguas de un río torrencial golpeaban con furia una serie de piedras oscuras, cubiertas de un musgo verde y espeso.

Allí, apostado sobre el tronco caído de un viejo carbayu arrastrado por las riadas, aguardaba un hombre anciano.

Era un hombre de una edad inverosímil. Una barba blanca y apelmazada le caía en cascada hasta la mitad del pecho, y sus ojos, de un azul desvaído por los inviernos, poseían una viveza casi insultante para alguien con tantas arrugas en el rostro.

No portaba espadas, ni cotas de malla, ni insignias de clan.

Solo mantenía sus manos nudosas apoyadas sobre un bastón de avellano silvestre.

—Este viejo que ves aquí es Breogán —anunció Gael, deteniéndose a tres pasos del tronco—. Tiene la costumbre de escuchar el mundo diez veces más de lo que habla. Aprovecha esa rareza, muchacha.

El anciano esbozó una sonrisa desdentada, una mueca mansa que arrugó aún más sus facciones de corteza de árbol.

—Y Gael tiene la costumbre de golpear el hierro con la cabeza antes de pensar en la forma de la herramienta —replicó el viejo con una voz que sonaba como el roce de dos cantos rodados—. Aprovecha tú también esa brutalidad suya, niña, porque te hará falta.

Arawen no supo discernir si aquella bienvenida constituía una burla o una prueba de templanza. Se limitó a cruzarse de brazos, sosteniendo la mirada del anciano.

Breogán la escrutó durante un lapso de tiempo excesivamente largo, demasiado. Como si sus ojos azules tuvieran la capacidad de buscar una marca oculta detrás de la piel de sus facciones.

—Conque... de manera que tú eres la famosa niña del viento de la que hablan los pastores del alto cordal —soltó el viejo, sopesando el bastón.

Arawen mantuvo la posición, imperturbable.

—Y usted debe de ser el viejo ermitaño que tiene por oficio hablar raro en mitad del barro de este barranco.

Gael soltó una carcajada bronca que retumbó en las rocas del río. Breogán, lejos de ofenderse, asintió con una lentitud sagrada, complacido por la réplica.

—Bien, una respuesta limpia. Al menos compruebo con agrado que aún no has cometido el error estúpido de creerte importante por el hecho de que los siervos pronuncien tu nombre en las tabernas. Esa humildad del barro es la única que puede salvarte la vida en lo que viene.

El anciano extendió el bastón de avellano, señalando el fluir violento de la corriente del río a sus pies.

—Dime, Arawen... ¿qué es lo que ves exactamente ahí abajo?

La joven miró la superficie del agua revuelta, las espumas blancas y los remolinos.

—Veo un río de montaña. Sin más.

—Un mal comienzo, muchacha —cortó el viejo, negando con la cabeza—. Una respuesta perezosa propia de un soldado del norte. Mira de nuevo.

Arawen frunció el ceño, sintiendo el pinchazo del orgullo, pero volvió a clavar las pupilas en el cauce.

El agua chocaba contra los bloques de piedra oscura, modificaba su trayectoria de forma instantánea, se adaptaba al obstáculo y seguía avanzando con una fuerza implacable hacia la llanura. Siempre hacia adelante.

—Veo algo que no se detiene —corrigió ella, con una voz más pausada—. Veo una fuerza que, da igual el tamaño de la roca que le pongas en mitad del cauce, encuentra la manera de rodearla para seguir su camino hacia el mar.

Breogán asintió con una lentitud de siglos, clavando la contera de su avellano en la tierra húmeda del barranco.

—Mucho mejor, Cuervo Blanco. Ahora empiezas a usar los ojos del sendero.

Los reyes y los tiranos del este cometen siempre el mismo error de bulto: creen que gobernar un territorio consiste en levantar diques de piedra para obligar al río a detener su curso según su capricho.

Los sabios de los clanes, sin embargo, entienden que gobernar consiste únicamente en algo mucho más humilde: aprender hacia dónde necesita ir el agua de forma natural y limpiar las ramas muertas del fondo para que nadie se ahogue en la crecida.

Arawen guardó un silencio denso, aquellas sentencias de Breogán le producían una honda molestia en el pecho porque, muy a su pesar, se le estaban quedando grabadas en el reverso de la memoria, dándole una forma definitiva al líder que aún no sabía que era.

El silencio se cortó de repente. Entre la cortina blanca de la niebla y el repiqueteo sordo del orbayu , las sombras de los helechos cobraron vida.

Aparecieron sigilosos, con el acero húmedo y las cotas de malla reluciendo por el agua, varios hombres del rey Drawen que habían permanecido agazapados entre los gruesos troncos de los carbayos y la densa vegetación del monte.

El capitán de la patrulla dio un paso al frente, desenvainando la espada con un chirrido metálico que espantó a los pájaros.

—¡Güaja! —rugió, clavando sus ojos oscuros en la muchacha—. Por fin te tenemos. ¡Apresadla!

Breogán dio un paso al frente, interponiendo su cuerpo anciano entre el metal y la joven. Su voz, acostumbrada a calmar las tempestades del valle, sonó firme frente a la ofensa.

—Somos gente de paz. Bajad las armas.

—Calla, anciano —escupió el soldado, empujándolo con el pomo del hacha—. Venimos a por la proscrita. Por fin los traidores de los valles serán exterminados.

Antes de que Gael o Taran pudieran desenvainar, Arawen intervino. Dio un paso firme sobre el barro sin alzar su espada; solo alzó su vara de avellano y, mirando fijamente a los ojos del capitán, pronunció unas palabras cargadas de una verdad tan pura que heló el aire húmedo.

—El odio de los hombres es lo que nos separa —dijo Arawen, y su voz no tembló—.

Es lo que hace que unos y otros derramemos sangre inocente por vuestras ansias de poder.

Es más tirano el siervo que complace la crueldad, que la de su propio señor.

Volved con vuestro amo si es que no ansiáis ser libres.

El capitán hizo caso omiso. Soltó una carcajada ronca llena de desprecio y alzó su espada contra Arawen, buscando cortarle el paso de un solo tajo.

Pero ella ya no era la niña indefensa que huyó de en la noche de los cuchillos largos.

Moviéndose con la rapidez del viento en los cordales, usó su vara exactamente como le había enseñado tiempo atrás Gwydion: desvió la hoja de hierro con un golpe seco de madera, aprovechó la inercia del rival para desarmarlo y, con un movimiento fluido, apoyó la punta de la vara de avellano directamente sobre el pecho del soldado, justo donde la cota de malla dejaba al descubierto el latido de su corazón.

El capitán se quedó congelado, sintiendo la presión de la madera. Sus hombres, estupefactos, no se atrevieron a dar un paso.

—No buscamos sangre. Somos libres del yugo y de la espada —afirmó Arawen, segura de sí misma, con un tono lleno de una firmeza sagrada que parecía brotar de la misma peña—. Vuelve con tu rix y dile que los pueblos son libres de elegir su propio camino.

Presente — Cuando menos te lo esperas

El sendero de La 365 se estrechó de forma repentina al internarse en una pequeña dehesa forestal, un tramo de bosque húmedo donde las raíces de los carbayos asomaban entre el fango y las hojas en descomposición como trampas naturales para el caminante descuidado.

Mateo abría la marcha del grupo a buen ritmo cuando, de pronto, un chasquido seco y sordo rasgó el aire de la tarde, seguido de un grito ahogado, y de voces alborotadas, envolviendo el aire de un sentimiento de histerismo.

El guía se giró sobre sus talones de forma automática, con los reflejos activados por los años de rescate.

Bruno había desaparecido, en vez de su figura, apareció un enorme socavón en el suelo que llevaba a un pozo casi sin fondo, donde la oscuridad se perdía con la el negro de la tierra carbonizada.

—Quietos, cuidado todo el mundo. ¿Bruno estas bien? — ordenó Mateo con una voz autoritaria que congeló la marcha del resto.

El grupo se congregó alrededor del socavón en cuestión de segundos, activando un protocolo que ya formaba parte de su instinto.

Bruno intentaba forzar una sonrisa de normalidad, apretando los dientes con saña.

—Estoy perfectamente, muchachos. No es nada. Una simple caída de varios metros. Creo que no tengo nada roto. Lo único a ver como salimos de aquí.

—Enciende el frontal, y mira a ver si puedes trepar o si no te lanzamos una cuerda. — Dijo Mateo.

Bruno encendió el frontal y miro a su alrededor, y vislumbró un hueco en la pared.