El susurro del cuervo blanco Capítulo 17 — El Lugar Al Que Regresan Los Pasos
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Capítulo 17 — El Lugar Al Que Regresan Los Pasos

Pasado — La señal sobre Oueto

La lluvia cayó de manera ininterrumpida durante toda la noche sobre el tejado de la fragua.

No era una tormenta furiosa, preñada de truenos o viento racheado; era una llovizna fina, mansa y constante, como si el cielo de la vertiente asturiana se hubiera propuesto la tarea minuciosa de limpiar la roña de algo muy antiguo que permanecía incrustado en los valles.

Arawen apenas logró conciliar el sueño en su jergón. Cada vez que entornaba los párpados, la penumbra del cobertizo le devolvía el rostro cubierto de fiebre del hombre herido y el eco áspero de sus palabras resonando entre las vigas: El Cuervo Blanco nunca ha sido un hombre, niña. Te buscan a ti.

Fuera, el bosque de Piloña respiraba con un siseo húmedo.

Dentro del taller, las brasas del hogar resistían al frío con un fulgor lento, anaranjado, que recortaba el rostro pacífico de Lía y proyectaba las sombras desmesuradas de Taran y Briga contra los muros de mampostería.

En la esquina del yunque, Gael seguía despierto.

Martilleando. Siempre martilleando con una constancia de piedra.

Tac. Tac. Tac.

Arawen se incorporó antes de que el primer rastro de luz diurna lograra romper la niebla del amanecer. Salió al exterior buscando que el aire helado de la mañana le despejara las sienes, pero el peso sordo que le estrujaba las entrañas no cedió un solo ápice.

Para su sorpresa, Liana ya estaba allí. La sanadora permanecía sentada sobre un canchal de piedra viva, envuelta en su pesado manto de lana gris, como si llevara varias horas esperando su salida en absoluta inmovilidad.

—Yo no he pedido cargar con todo esto, Liana —soltó Arawen sin preámbulos, clavando los talones en el lodo del claro.

La anciana asintió despacio, sin alterar la fijeza de sus ojos de lechuza.

—Nadie le pide permiso al río para nacer en una vertiente u otra, muchacha. El agua simplemente brota donde la tierra se quiebra.

—¿Entonces por qué mi nombre? —insistió Arawen, con la voz quebrada por la frustración—. ¿Por qué demonios tengo que ser yo la que ponga el cuello ante los jinetes del rey? No soy más que la hija de un señor de clan desterrado.

Liana tardó en articular la respuesta, permitiendo que el murmullo de la lluvia llenara el espacio entre ambas.

—Porque tú posees una virtud extraña en estos tiempos de hierro, Arawen: eres capaz de escuchar el lenguaje del mundo antes de levantar el brazo para golpear. Sabes mirar el pecho del rival.

La muchacha soltó una risa amarga, desprovista de cualquier atisbo de vanidad.

—Eso es una hermosa filosofía para las noches de fuego, curandera. Pero una vara de fresno y la mirada limpia no sirven de nada cuando tienes en frente a un ejército regular con corazas de bronce y flechas de tres aristas.

—Sirven para algo mucho más importante, niña —sentenció Liana, irguiéndose con solemnidad—. Sirven para garantizar que, cuando el combate termine y hayas vencido, no te hayas convertido exactamente en el mismo monstruo que pretendías destruir al inicio de la marcha.

El bosque guardó un silencio sepulcral, como si los carbayos asimilaran la advertencia.

Liana introdujo la mano entre los pliegues de su saya y extrajo un objeto pequeño, entregándoselo a la joven.

Era un trozo de madera de texu oscura, pulida por el roce constante de los dedos y grabada a fuego con un relieve circular rodeado de rayos concéntricos.

Era el mismo símbolo del avellano sagrado.

El mismo que Arawen había dibujado por puro instinto sobre la costra de cal de la Montaña Blanca años atrás.

—¿Qué significa realmente esta marca? —preguntó Arawen, acariciando la madera rugosa.

La anciana pasó la yema de su dedo índice por el grabado, con una reverencia mística.

—Mucho antes de que los primeros reyes del Norte levantaran murallas de piedra, antes incluso de que Oueto fuera una ciudad de mercados y guarniciones, existían en estas montañas los Guardianes del Sendero.

Hombres y mujeres que tenían la tarea de mantener unidos a los clanes de las tierras altas cuando la ambición de los jefes amenazaba con separarlos.

Esos guardianes nunca gobernaron mediante el terror o la fuerza de las lanzas; gobernaron recordando a los hombres quiénes eran y de dónde venían sus raíces cuando la niebla de la guerra lo borraba todo.

Arawen frunció el ceño, guardando la pieza de texu en su cinto.

—Eso suena a las historias viejas que las madres cuentan a los niños junto al hogar para que no teman a los lobos.

—Todas las verdades que importan en esta vida empiezan teniendo la apariencia de un cuento infantil, muchacha. No lo olvides.

Un golpe de viento del norte agitó las copas de los árboles, desprendiendo una cortina de gotas frías. Liana levantó la vista hacia el horizonte septentrional, donde el cielo empezaba a clarear con un tono de plomo.

—El rey del Norte tiene un pánico atroz porque los siervos de las aldeas bajas han empezado a hablar en los llagares.

El nombre del Cuervo Blanco corre por los valles con más rapidez que el invierno.

Algunos necios creen que tu llegada traerá una guerra de sangre; otros, los más desesperados, juran que traerá la libertad definitiva para los clanes.

—¿Y tú? ¿Tú qué crees que traeré, Liana?

La curandera miró fijamente las pupilas de la joven, desnudando cualquier formalidad.

—Creo... que aún eres soberanamente joven para tener que cargar tú sola con el peso de esa esperanza. Y eso me parte las entrañas, Arawen.

Aquella muestra de debilidad humana por parte de la sanadora le dolió a la muchacha con más intensidad que cualquier profecía de sangre.

Presente — El último tramo

Valdesoto amaneció sepultado bajo una capa de niebla densa y baja que desdibujaba el contorno de las caserías, haciendo que el valle entero pareciera más un recuerdo borroso de la memoria que un paisaje real de la geografía asturiana.

Nadie articuló palabra durante los minutos en que se procedió a la recogida de las mochilas y al ajuste de las fundas impermeables en el recibidor de la casona rural.

Había una atmósfera extraña, densa, que siempre se instalaba en los cuerpos durante las últimas veinticuatro horas de un largo viaje a pie.

Una parte del organismo ansiaba la llegada definitiva, el asfalto de la ciudad, la comodidad del transporte y el final del esfuerzo físico; pero otra parte mucho más profunda empezaba a asimilar con un pellizco en el estómago que llegar a la meta significaba, por encima de todo, terminar la experiencia.

Significaba el fin de la comunidad del barro.

Mateo revisó el estado de las conteras de los bastones, el ajuste de las capas de agua y la disposición del grupo con la misma minuciosidad profesional de la primera jornada en Oviedo. Sin embargo, aquella mañana el guía carbayón se mostraba notablemente más parco en palabras.

—Última etapa del recorrido, muchachos —anunció al fin, apostado junto al umbral de la puerta—.

Tenemos por delante algo más de veintitantos kilómetros llanos hasta la plaza de la Catedral de Oviedo.

Os pido un último esfuerzo de concentración: no os relajéis por la cercanía de las torres.

Los finales de trayecto suelen distraer la atención del caminante con más saña que el propio cansancio acumulado.

Disfrutarlo, os lo habéis ganado, la recompensa es grande.

Paula se reajustó la cinta de su mochila, soltando una mirada inteligente.

—¿Eso de que los finales son peligrosos también lo aprendiste de los manuales de rescate en la montaña, Mateo?

El guía esbozó una sonrisa descolorida, una mueca que apenas logró ocultar la sombra que le cruzó las facciones.

—No, Paula. Eso lo aprendí de la peor manera posible: perdiendo a gente que quería en el último tramo de una bajada.

El silencio se hizo oscuro. El susurro cayó en mitad del recibidor con el peso de un bloque de granito.

Nadie tuvo el valor de formular la siguiente pregunta.

Pero Irene lo escrutó de reojo desde su esquina, con una fijeza balsámica, como si empezara a descifrar los cerrojos de una armadura que antes le parecía inexpugnable.

El sendero rural avanzó encajonado entre vallas de piedra, bosques húmedos de castaños y pequeñas poblaciones de la cuenca donde el humo blanco ascendía perezoso de las chimeneas de los tejares. Asturias parecía estar despidiéndose del grupo sin armar un solo ruido innecesario.

Noa caminaba en paralelo con Alex en la zona media de la fila. El fotógrafo madrileño llevaba su cámara réflex colgada del arnés del pecho, desprovista de la tapa del objetivo, pero sus manos permanecían metidas en los bolsillos del chubasquero. Apenas había realizado tres tomas en toda la mañana.

—Tu audiencia de la plataforma va a empezar a pensar que te han secuestrado los árboles de la cordillera, Alex —bromeó ella, intentando rebajar la seriedad del asfalto.

Alex sonrió de medio lado, clavando los ojos en sus propias botas.

—¿Sabes una cosa, Noa? No tengo la menor certeza de si quiero volver a realizar vídeos de la misma forma en que lo hacía antes de empezar la 365.

—¿Por qué dices eso ahora?

El joven tardó varios pasos en dar con las palabras exactas, midiendo la confesión.

—Porque he pasado los últimos siete años de mi puta vida grabándolo todo a través de un cristal de tres mil euros... y me acabo de dar cuenta en esta ruta de que, mientras encuadraba la felicidad de los demás, yo estaba viviendo soberanamente poco. Todo era un maldito decorado para el perfil.

Noa lo miró de reojo, manteniendo el balanceo rítmico de sus bastones de carbono.

—Esa necesidad de registrar cada segundo en una tarjeta de memoria también es una forma muy sutil de esconderse del mundo real, Alex. Si estás ocupado buscando el ángulo, no tienes que lidiar con el vacío de lo que te pasa por dentro.

Alex soltó una carcajada corta, desarmado por la lucidez de la mujer.