Capítulo 16 — El Eco De Los Que Vuelven #5
En cuanto los nueve integrantes de la expedición dejaron caer las pesadas mochilas de cincuenta litros sobre las tablas de carbayu del recibidor, todos y cada uno de ellos parecieron respirar de una forma radicalmente distinta a la de las mañanas previas.
No era un alivio provocado por el descanso puramente físico de haber completado una etapa corta sobre el mapa topográfico. Era algo mucho más profundo, sutil y denso que se les había asentado en el estómago a base de confesiones crudas y llamadas de teléfono junto a las cunetas.
Durante la cena en la mesa larga del comedor rural, las conversaciones fluyeron con cuentagotas, en un tono bajo que invitaba a la contención.
Pero ya no era esa incomodidad paranoica de las primeras etapas del viaje en Oviedo o Teverga, donde cada caminante medía el terreno por miedo a desvelar sus miserias ante los desconocidos; era esa calma rara, limpia y sagrada que suele aparecer en la ruta cuando un grupo humano ha empezado a conocerse de verdad a través de las heridas expuestas en mitad de la marcha.
Ayko desplegó su libreta de apuntes sobre la madera, mostrándole a Alex con la punta del lápiz las simetrías exactas de los símbolos encontrados en los dinteles de Nava.
Alex la escuchaba con una atención desmesurada, despojado por completo de su habitual prisa e incomunicación, prestando una atención limpia y sincera a las explicaciones filológicas de la mujer, sin distracciones ni barreras entre ellos.
Laila y Noa compartían una manta de lana gruesa en el porche exterior de la casona, sentadas en un banco de piedra de cara a la noche, viendo cómo una llovizna fina y mansa empezaba a empañar los cristales de la vega baja, compartiendo un silencio que ya no requería de ninguna disculpa formal para sostenerse.
Bruno se levantó de la mesa sin hacer ruido y ayudó a Irene a subir su macuto de ropa limpia por el tramo estrecho de las escaleras de madera de la casa, sosteniendo el peso de la lona con firmeza, pero sin soltarle esa frase condescendiente de “ten cuidado con el esfuerzo” que solía usar en el pasado para marcar su posición de hombre protector.
Solo estuvo allí, compartiendo la carga física del equipaje.
Paula mantenía una discusión de tonos amables con Mateo sobre si el café de puchero de aquella casa rural era sensiblemente mejor o peor que el brebaje infame que les habían servido días atrás en las alturas del puerto de Pajares, buscando mantener la música de fondo de la normalidad logística para arropar el ambiente.
Y Elías, sentado a solas junto a la ventana señorial del comedor que miraba hacia los prados oscuros de Valdesoto, volvió a abrir por enésima vez la carta arrugada de su hija Abril.
Esta vez no se quedó en las primeras líneas del protocolo formal por miedo al fracaso en el piso vacío. Esta vez la leyó entera, palabra por palabra, asimilando cada trazo de la tinta con una sonrisa mansa que le devolvía la paz a las arrugas de la frente.
La Fragua
En los albores del tiempo pasado, la joven Arawen descubría con un escalofrío en las entrañas que el nombre del mito que perseguían con saña los jinetes mercenarios del rey quizá nunca había pertenecido a la figura mítica de su padre Einar, sino que era una carga dinástica que le caía directamente a ella sobre los hombros en mitad de la fragua de Gael.
En el plano de la realidad presente, varios caminantes de la expedición de La365 Trail empezaban a abandonar de forma definitiva las versiones falsas de sí mismos con las que se habían calzado las botas días atrás en la salida de Oviedo.
Elías dejaba por fin de esconderse de los ojos de su hija Abril tras el escudo de su orgullo académico.
Noa empezaba a pisar el asfalto de las pistas rurales sin necesidad de pedir permiso ni disculpas por existir.
Alex comenzaba a mirar el relieve del mundo real más allá del marco digital de su visor electrónico.
Laila renunciaba a la necesidad paranoica de ocultar sus cicatrices de cantil, incluso en mitad de los silencios largos del porche.
Bruno comprendía con un golpe en el pecho que cuidar de la fragilidad del prójimo consiste, por encima de todo, en aprender a escuchar el tono de la queja antes de lanzar el consejo de manual.
E Irene… Irene seguía teniendo un miedo espantoso que no la dejaba respirar por las noches en la cama del hostal ante el diagnóstico médico del hospital.
Pero aquella noche en Valdesoto, al mirar las caras de los ocho que compartían el guiso alrededor de la mesa larga de carbayu, entendió que ya no tendría que sostener ese pánico maldito en mitad de la soledad de su apartamento de Londres.
Y mientras la lluvia fina del otoño astur caía con una cadencia mansa sobre las tejas de Valdesoto y la fragua de Gael seguía respirando chispas y humo negro siglos atrás en mitad de la arboleda de Piloña, dos historias radicalmente distintas avanzaban con paso firme hacia el mismo rincón del sendero:
Ese instante sagrado e irreversible de la ruta en el que uno comprende, con la piel expuesta, que ya nunca más podrá volver a ser la misma persona que era al empezar a caminar el primer kilómetro de la marcha.