El susurro del cuervo blanco Capítulo 16 — El Eco De Los Que Vuelven #4
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Capítulo 16 — El Eco De Los Que Vuelven #4

—¿En Infiesto? —repitió Elías, elevando imperceptiblemente el tono de la voz por la sorpresa—. ¿Cómo que estás viviendo en Infiesto ahora?

Mateo levantó la cabeza de inmediato al escuchar el nombre del pueblo que habían dejado atrás esa misma mañana, deteniendo el paso del grupo con un gesto sutil de la mano.

Elías se llevó la mano libre a la frente, frotándose las sienes con violencia, asimilando la ironía del mapa.

—No… no tenía la menor idea de que te hubieras mudado ya de la capital, Abril. Pensé que seguías allí con tus cosas. Si hubiera sabido que estabas en esa villa, yo… yo habría parado el camino esta misma mañana para buscarte en la plaza del mercado.

Escuchó otra vez la respuesta de su hija, una réplica larga que pareció desarmarle las últimas defensas coloniales que le quedaban en el cerebro.

Y entonces, ante la mirada respetuosa y silenciosa de sus ocho compañeros de ruta, ocurrió algo que ninguno de ellos esperaba volver a ver en este viaje.

Elías empezó a llorar.

No fue un llanto fuerte, escandaloso o dramático pensado para llamar la atención del entorno o buscar la lástima fácil de los comensales.

Fue simplemente el quiebro silencioso de un hombre maduro, un profesor brillante y agotado que llevaba demasiados inviernos sosteniendo el edificio de su propio orgullo intelectual con ambas manos y que, de golpe, descubría que las vigas ya no tenían necesidad de soportar ninguna estructura falsa.

Las lágrimas le resbalaban limpias por las arrugas de los ojos, cayendo directamente sobre la madera vieja de la valla sin que él hiciera el menor intento por limpiárselas o disimular el colapso ante el grupo.

—Claro que quiero verte, Abril —susurró con una voz rota que apenas lograba vencer el ruido del viento entre las hojas—. Por supuesto que quiero ir a buscarte. Esta misma tarde si es necesario. Ya estoy cansado de perder el tiempo que nos queda.

El grupo reanudó la marcha, manteniendo la vista al frente, fijos los ojos en el horizonte gris de la pista rural que conducía a Valdesoto.

Nadie se giró a mirarlo directamente en aquel momento de debilidad.

Porque todos en La 365 habían empezado a comprender que, a veces, la forma más alta de respetar la dignidad de un compañero en el sendero consiste precisamente en permitirle romperse por completo en mitad de la cuneta sin convertir su dolor en un espectáculo televisivo de consumo rápido.

Cuando Elías regresó a la línea del asfalto unos minutos después, guardando el dispositivo móvil en el bolsillo con movimientos mecánicos, tenía los ojos visiblemente enrojecidos y la respiración aún agitada.

No hizo el menor intento por ocultar el rastro del llanto ante los demás; se colocó en su puesto habitual de la fila con una entereza nueva, limpia.

—Lleva viviendo en una casa baja de Infiesto desde hace casi tres semanas —explicó al grupo, mirando al frente—.

Me lo escribió en un mail que me mandó al despacho antes de que yo saliera hacia Oviedo…

pero yo no tuve el coraje de leer el texto hasta el final. No quise enterarme bien de la realidad.

Bruno frunció el ceño, reduciendo el paso para mantenerse a su lado, mostrando una comprensión descarnada.

—¿Por miedo a la réplica, Elías?

El profesor asintió despacio, ajustándose las correas de la mochila sobre el pecho húmedo.

—Sí, Bruno. Por pánico puro. Pensé que, si leía una brizna de esperanza real en sus palabras y luego, al vernos en persona, la realidad volvía a torcerse o a desaparecer como las anteriores ocasiones…

mi cabeza no iba a ser capaz de soportar otro fracaso en el piso vacío.

Preferí la seguridad del silencio que el riesgo de la verdad.

Mateo se acercó por detrás y le puso una mano breve, firme y pesada sobre el hombro izquierdo, un toque físico que transmitía más seguridad que diez discursos de manual de autoayuda.

—Y ahora sí eres capaz de soportarlo, Elías. El camino te ha ablandado la piedra de los hombros.

Elías miró la línea recta del asfalto que se perdía entre los primeros hórreos de Valdesoto, asimilando el relieve de la jornada.

—Ahora creo que ya estoy soberanamente cansado de seguir perdiendo los años que nos quedan por el puto miedo a fallar en la meta. Esta tarde se acaba la huida.

Pasado — El cuervo y la espada

Cuando Arawen regresó al claro de la fragua, la noche ya había caído por completo sobre el valle, tiñendo las copas de los carbayos de un negro sólido y profundo que borraba las lindes del terreno.

Gael seguía trabajando frente al yunque, infatigable, ajeno a las horas y a las tormentas de los hombres.

Tac. Tac. Tac.

El martillo golpeaba la barra de hierro al rojo con la misma precisión milimétrica de la mañana, como si el destino del mundo entero no hubiera cambiado de rumbo de una forma irreversible apenas unas horas atrás en mitad del cobertizo.

Ella entró bajo el techo de madera oscura sin pronunciar una sola palabra de disculpa.

Caminó directa hacia la zona del taller, se colocó frente al viejo herrero y recogió del suelo el palo corto de entrenamiento de fresno, apretando los dedos sobre la madera resinosa con una fijeza que le puso los nudillos blancos.

—Enséñame —ordenó, sosteniendo la mirada del viejo a través de las chispas que saltaban del yunque.

Gael detuvo el brazo en mitad de la trayectoria, dejando caer el martillo a un lado con un golpe seco, y la observó largamente a los ojos, analizando la mutación sutil que se había gestado en las pupilas de la muchacha durante su huida al bosque.

—¿Estás completamente segura de lo que estás pidiendo en esta fragua a estas horas de la noche, Arawen? —preguntó con su voz de trueno amortiguado—. Ese aprendizaje ya no tiene vuelta atrás una vez que doblas el lomo ante el hierro.

Arawen levantó la barbilla, manteniendo los pies firmes en el suelo de tierra batida.

En sus ojos ya no quedaba rastro de la niña asustada del mediodía; seguía habiendo una dosis inmensa de rabia, una veta profunda de terror ante el futuro político que le caía encima, pero debajo de todas esas capas rotas había aparecido algo totalmente nuevo, sólido y definitivo: Determinación limpia.

—Enséñame a usar el filo de verdad, Gael —dijo con un hilo de acero en la voz—. Enséñame a leer los hombros y el pecho del enemigo para que nadie más en este maldito valle tenga que volver a recibir una flecha del rey o a morir en una cuneta por mi maldita culpa de no saber quién soy.

Gael guardó silencio durante unos segundos eternos, asimilando la declaración de la muchacha. Luego, con un movimiento lento de la mano, retiró la pieza de hierro incandescente del fuego de la fragua y la dejó enfriar sobre la escoria del suelo, renunciando a la tarea de la noche.

—Ese que acabas de soltar en mitad de la penumbra —sentenció el viejo herrero con una seriedad sagrada— es un motivo infinitamente mejor para empuñar el metal que el orgullo de la mayoría de los reyes que se sientan en los tronos de Oueto.

Al menos tú ya conoces el precio de la sangre antes de empezar el combate.

Se giró hacia el rincón más oculto del taller y recogió un objeto que descansaba envuelto en un paño de lino basto.

No era el bastón de fresno de la mañana; le lanzó una espada corta de madera de encina resinosa, de lomo ancho, guarda gruesa y un peso específico notablemente superior al de cualquier vara de entrenamiento rural.

Arawen la atrapó en el aire, sintiendo que los tendones del antebrazo se le tensaban de golpe ante la inercia del impacto. Pesaba el doble que el palo. Requería el cuerpo entero para mantener la línea de defensa.

—Entonces, Cuervo Blanco… —dijo Gael, adoptando la guardia baja frente a ella con su propio bastón de encina— ahora es el momento en que empezamos a forjar la herramienta de verdad. Asienta los talones en el barro y no apartes los ojos de mi pecho. No te descuides.

Presente — Valdesoto

Entraron en Valdesoto con la última luz dorada de la tarde cayendo de una forma perezosa sobre los tejados de teja roja de las casas bajas y las copas de los castaños centenarios que jalonaban el relieve del pueblo.

Era un rincón del interior asturiano extrañamente tranquilo, casi suspendido fuera de la lógica del tiempo moderno; un pueblo rural donde el ruido estridente de la civilización de las grandes ciudades parecía llegar cansado, amortiguado por la distancia y el relieve de las lomas verdes.

El alojamiento reservado por Mateo para aquella noche de transición era una casona rural antigua de piedra vista, con un gran corredor de madera tallada que miraba hacia la vega baja y un olor reconfortante a sopa de ajo recién hecha saliendo por la chimenea de la cocina comunitaria.