El susurro del cuervo blanco Capítulo 16 — El Eco De Los Que Vuelven #3
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Capítulo 16 — El Eco De Los Que Vuelven #3

—Dicen las órdenes reales que el Cuervo Blanco nunca ha sido un hombre con barba y armadura de escamas.

Dicen que el verdadero Cuervo es una muchacha marcada por el viento en el nacimiento.

La hija de la estirpe legítima que los clanes del norte llevan tres generaciones esperando para unificar las tierras altas contra la corona. Te buscan a ti, niña.

Arawen experimentó un frío espantoso que no venía del viento exterior de la montaña, ni de la llovizna que golpeaba las tablas del cobertizo.

Era un frío interno, sordo, que nacía directamente en el fondo de sus entrañas, como si una puerta invisible y pesada que ella llevaba semanas intentando mantener cerrada bajo siete llaves en su memoria se hubiera abierto de golpe ante sus pies, obligándola a mirar el abismo del destino que le correspondía.

Gael apartó la vista de la herida, limpiándose las manos manchadas de sangre en un trapo viejo con una parsimonia densa.

Liana tampoco pareció mostrar la menor sorpresa ante la revelación del moribundo; se limitó a cruzar los brazos sobre el pecho, manteniendo la mirada fija en el rostro descompuesto de la muchacha.

Aquella falta de sorpresa dolió más que cualquier golpe físico recibido en el claro de entrenamiento.

—Vosotros… vosotros ya lo sabíais —dijo Arawen en un susurro que sonó como una acusación criminal—. Desde el primer día en que entramos en este maldito taller. Me habéis estado ocultando la verdad de lo que venía detrás de mis pasos.

Ninguno de los dos ancianos respondió de inmediato, dejando que el vapor del cubo de agua llenara el espacio entre las vigas oscuras.

—No sabíamos el momento exacto en que tu propio cuerpo empezaría a entender el peso de la marca, Arawen —dijo Liana al fin, con una voz que no arrastraba la menor piedad formal—. Pero el camino no espera a que los viajeros estén preparados para la carga. El fuego avanza igual.

Arawen retrocedió un paso hacia la salida del cobertizo, suelta ya la sujeción del herido, sintiendo que las paredes de la fragua se le venían encima como una trampa de mampostería.

—Yo no quiero esto —dijo, negando con la cabeza con violencia—. Yo no he pedido cargar con las muertes de nadie, ni con las guerras de los clanes del norte. Solo quiero salvar la vida de los míos.

Gael se levantó despacio de su banqueta, irguiéndose en toda su imponente estatura de herrero veterano.

—Nadie en esta bendita tierra ha querido jamás el fuego entre las manos antes de tocar el carbón por primera vez, muchacha. Pero el hierro no elige su oficio; es el yunque el que decide la forma de la herramienta.

—¡Que no soy una reina! — grito, explotando sola en mitad del claro, un grito desgarrado que rebotó en los árboles húmedos del bosque de carbayos.

El hombre herido cerró los ojos en el jergón, abrumado por la intensidad del grito. Liana sostuvo la fijeza de la mirada de Arawen sin suavizar un solo ápice la dureza de sus facciones de curandera vieja.

—No. Tienes toda la razón del mundo, Arawen. Todavía no eres una reina. Ahora mismo solo eres una niña asustada que corre entre los matorrales esperando que la noche la oculte de sus obligaciones.

Aquella última palabra la hirió con más saña que cualquier estocada de madera recibida por la mañana en las costillas.

Arawen se dio la vuelta con brusquedad, dejando atrás el cobertizo, la sangre del hombre y las miradas acusadoras del herrero y la sanadora.

Corrió bosque abajo, abriéndose paso entre los helechos gigantes y las ramas bajas que le arañaban las mejillas con saña, corriendo sin rumbo fijo hasta que los pulmones le ardieron por la falta de aire y las piernas le fallaron por completo sobre el fango del sendero.

Y allí, de rodillas en mitad de la arboleda húmeda de Asturias, con las manos enterradas en la tierra negra del valle, entendió por primera vez en toda su existencia una verdad verdaderamente terrorífica:

Un aleteo pesado y silencioso cortó la niebla sobre su cabeza. Una silueta nívea se posó en la rama baja de un castaño viejo. El Cuervo Blanco la observaba con sus ojos implacables, trayendo consigo un susurro que no iba al oído, sino que le retumbaba directo en los huesos.

“¿Hasta cuándo vas a correr, sangre de reyes?”

—¿Por qué a mí? —sollozó Arawen, hundiendo los dedos en el barro, sintiendo el frío de la tierra calarle las uñas—. ¿Por qué yo? Solo soy una muchacha de las brañas... No sé de mapas, ni de coronas, ni de heráldicas. No he pedido este peso.

El cuervo ladeó la cabeza, manteniendo un silencio que pesaba más que las palabras de Liana.

Arawen apretó los puños, tragándose las lágrimas y el barro, levantando la mirada hacia el ave mística con una chispa nueva encendiéndose en sus ojos oscuros. Una fuerza limpia, nacida de la más pura honestidad.

—Está bien —susurró, y su propia voz sonó extraña, despojada de miedo, aceptando por fin el diseño del yunque—.

Si el monte quiere que sostenga el fuego, lo sostendré.

Pero no lo haré por sus coronas de oro ni por el orgullo de los clanes.

La guerra solo trae codicia, hambre y pobreza para los que cultivan la tierra.

Destruye los hogares y llena las fosas de mozos que no querían morir.

Se puso en pie despacio, limpiándose el fango en los faldones de la túnica, irguiéndose con una dignidad que ya no era la de una niña asustada.

—Si tengo que ser la herramienta, que así sea. Pero solo para una cosa: para cuidar de los míos. Soportaré el peso que haga falta con tal de que la paz reine entre mi gente y nadie más tenga que sangrar en el suelo de una fragua. Si he de reinar, reinaré para protegerlos.

El cuervo blanco batió las alas una sola vez, fundiéndose con el gris de la neblina del hayedo como si aprobase el pacto.

Arawen respiró hondo el aire húmedo del bosque, giró sobre sus pasos y, con la cabeza alta y la mirada fija, comenzó a subir el sendero de vuelta a la fragua.

Su destino ya no era una trampa; ahora era su camino.

El camino que pisaba ya nunca más volvería a pertenecerle únicamente a ella, sus huellas serian pasos que guiarían a su pueblo.

Presente — La llamada

El sendero de la tarde avanzaba monótono entre pequeñas caserías rurales y núcleos de población dispersos donde los perros de guarda ladraban con pereza al ver desfilar la hilera de mochilas de colores y el impacto rítmico de los bastones técnicos contra el asfalto.

La etapa corta no poseía la épica visual de los macizos de Ubiña, ni la severidad cortante de las laderas de San Isidro, pero el cansancio físico acumulado a lo largo de las doce jornadas previas se dejaba notar de una forma evidente en la cadera de los caminantes y en la lentitud de sus movimientos.

Elías caminaba sensiblemente más callado que de costumbre, manteniendo la cabeza agachada y los ojos fijos en la pantalla de su teléfono móvil, que llevaba sujeto en el puño derecho desde que salieron de las pomaradas de Nava.

Mateo lo observó de reojo en varias ocasiones antes de reducir el ritmo de la marcha para emparejarse con el veterano profesor de universidad.

—Llevas casi dos jornadas enteras mirando ese aparato metálico como si estuvieras esperando una sentencia condenatoria en firme de un tribunal de guardia, Elías —dijo Mateo con tono pausado, intentando abrir la compuerta sin forzar la cerradura.

Elías esbozó una sonrisa amarga, carente de la menor pizca de humor real, sin levantar los ojos del cristal digital.

—Igual es exactamente eso lo que estoy esperando en este arcén, Mateo. Una sentencia definitiva a mi propia estupidez de estos años.

El guía tuvo el buen juicio de no insistir en la herida, manteniendo el paso regular. Pero el teléfono móvil de Elías rompió a sonar apenas unos minutos después, quebrando el silencio de la tarde con una vibración estridente que resonó en mitad de la pista rural.

Elías se detuvo en seco en mitad de la calzada. Miró la pantalla fija. El aire pareció congelársele en mitad de la garganta durante un segundo eterno, un lapso donde el mundo entero pareció aguantar la respiración entre los manzanos.

—Es ella —dijo en un susurro apenas audible, volviéndose hacia Mateo con el rostro demudado.

Nadie en el grupo necesitó preguntar quién se encontraba al otro lado de la línea telefónica. Todos sabían del peso de la carta que el profesor arrastraba en el fondo de su libreta de apuntes.

Elías se apartó unos metros de la línea del camino con pasos vacilantes, buscando la privacidad de una pequeña valla de madera vieja que limitaba una finca de pomares cargados.

Pulsó el botón verde de la pantalla con un dedo que le temblaba de una forma evidente y se llevó el auricular a la oreja con lentitud.

—¿Hola? ¿Abril? —su voz sonó extraña, desprovista de esa autoridad académica que solía exhibir en las cenas del hostal.

El viento de la tarde movía las hojas de los manzanos con un susurro suave.

Los otros ocho integrantes de la expedición de La 365 siguieron caminando a un ritmo deliberadamente lento, alargando las distancias entre ellos y fingiendo una atención hacia los detalles del paisaje rural para no invadir el círculo de intimidad del compañero.

La voz de la muchacha llegaba rota, distorsionada por las interferencias de la cobertura de la montaña asturiana, pero sonaba viva, real, desprovista de esa frialdad burocrática de los correos electrónicos oficiales del pasado.

Elías cerró los ojos con fuerza, apoyando la frente contra el poste de madera húmeda de la valla.

—Sí… sí, Abril. Soy yo. Estoy aquí. Estoy haciendo una ruta a pie por el interior de Asturias. Sí, sigo en pie.

Escuchó la réplica al otro lado del hilo durante un par de minutos largos.

Conforme avanzaba la conversación, las facciones del profesor fueron experimentando una metamorfosis radical, casi milagrosa: fue como si una mano invisible y poderosa le estuviera quitando de encima diez años de edad y doscientos kilos de peso acumulado en los hombros de una sola vez.