El susurro del cuervo blanco Capítulo 16 — El Eco De Los Que Vuelven #2
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Capítulo 16 — El Eco De Los Que Vuelven #2

Ayko caminaba unos metros adelantada al grueso de la expedición.

Llevaba la libreta de campo abierta en la mano izquierda, el bolígrafo sujeto entre los dientes y los ojos fijos en los muros de mampostería.

Desde hacía jornadas, ella anotaba con obsesión nombres antiguos de brañas, marcas de cantero en los hórreos y pequeños relieves grabados en las piedras angulares de los caminos.

Alex aceleró el paso hasta alcanzar su altura, caminando con las manos libres y el cuerpo suelto, disfrutando del ritmo de la marcha sin preocupaciones, pero con curiosidad que satisfacer.

—¿Todavía andas dándole vueltas a los apuntes del manuscrito, Ayko?

Ella asintió despacio, sin detener la zancada, señalando con el extremo del bolígrafo una marca labrada en el dintel de madera de una cuadra abandonada.

—Empieza a repetirse con demasiada frecuencia para que podamos seguir pensando que es una simple casualidad de la arquitectura rural, Alex. Mira ahí.

—¿El círculo con rayos?

—El círculo tallado, la espiral doble y el ave.

Alex sonrió de lado, intentando mantener ese tono escéptico que solía usar en la ciudad para protegerse de lo que no controlaba.

—Los cuervos están por todas partes en esta zona del valle, Ayko. Son pájaros, no significan nada.

La nipona negó con la cabeza, deteniéndose un segundo ante la madera vieja para acariciar el relieve con la yema de los dedos.

—No como estos, Alex. Estos no son pájaros heráldicos ni marcas de propiedad de un llagarero del siglo diecinueve. Mira la disposición de las alas. Están abiertas, en actitud de descenso o de protección sobre un terreno. Es exactamente el mismo trazo que encontramos en las rocas altas de Redes.

Le mostró la página de la libreta. Había dibujado con lápiz blando tres símbolos localizados en puntos geográficos muy distantes del viaje. El trazo era limpio, obsesivo.

—Aparecen siempre cerca de las calzadas romanas antiguas —explicó en voz baja— y en los cruces de caminos donde hubo asentamientos humanos fortificados mucho antes de que existieran estos pueblos.

Alex la miró de reojo. Por primera vez desde que se había calzado las botas en el inicio de La 365, su mente no estaba calculando la luz de la toma, ni los fotogramas por segundo, ni cómo quedaría aquella escena montada en un vídeo promocional para su canal.

Estaba escuchando las palabras de la mujer de verdad, asimilando el peso de lo que decía sin el filtro del cristal del objetivo.

Un poco más atrás, en la retaguardia, Noa caminaba en paralelo con Laila.

No había tensión en el espacio que separaba sus hombros, pero tampoco sentían la necesidad imperiosa de llenar los minutos con ruido de conversación barata.

La verdadera confianza entre dos personas en el sendero empezaba a construirse precisamente ahí: en la capacidad compartida de sostener un silencio largo sin sentir la obligación de disculparse por él.

—Gracias por lo de ayer tarde junto al lavadero —dijo Noa al fin, con la vista fija en la grava del camino.

Laila se sorprendió y se encogió de hombros bajo el chubasquero, manteniendo el paso rítmico.

—No hice gran cosa, Noa. No te equivoques. Solo me senté en la madera.

—Precisamente por eso te doy las gracias, Laila —replicó ella, deteniendo los bastones un instante—.

Porque no intentaste darme un discurso de autoayuda de esos que dan ganas de vomitar, ni me miraste como si fuera un bicho raro que acababa de romper el día de excursión. Sostuviste el peso conmigo. Sin más.

Laila la escrutó con esos ojos grises suyos que parecían haber visto demasiadas tormentas en alta mar para asustarse por una explosión humana en un prado.

—¿Qué fue lo que te pasó exactamente allí atrás, Noa? Si se puede saber.

Noa tardó varios pasos en articular la respuesta, midiendo cada palabra como si pisara sobre tablas podridas en mitad de un puente.

—Me pasó… que durante casi seis años de mi vida me acostumbré a pedir permiso para todo, Laila.

Permiso para respirar fuerte, permiso para cambiar de canal en la televisión, permiso para salir a comprar el pan, permiso para existir en mi propia casa sin molestar al hombre que tenía al lado.

Me convertí en una sombra incolora para que él no tuviera motivos para levantar la mano.

Aquella confesión quedó suspendida entre ambas mujeres con la densidad de una losa caliza.

—Y ahora ya no quieres volver a pedir ese permiso a nadie —añadió Laila con una voz que era un bálsamo de firmeza de cantil.

Noa soltó una risa pequeña, desprovista de amargura, una mueca de asimilación real.

—El problema real no es ese, Laila. El problema es que ahora mismo, en mitad de este monte, todavía no tengo la menor idea de cómo se hace para dejar de pedirlo. El cuerpo sigue teniendo miedo a la réplica.

Laila alargó el brazo y apartó una rama baja de matorral que invadía el sendero antes de responder, permitiendo que Noa pasara por el hueco sin rozarse.

—Pues se empieza por algo muy sencillo, Noa. Empieza por caminar por esta pista rural sin mirar al suelo como si tuvieras que pedirle disculpas al asfalto por cada pisada que das con tus botas. El camino está ahí para todos. Písalo con fuerza.

Noa no contestó de inmediato. Pero por primera vez en muchas jornadas, una sonrisa limpia, pequeña y verdadera le cruzó el rostro mientras reanudaba la marcha.

Pasado — El nombre del Cuervo Blanco

Aquella misma tarde, cuando la niebla del valle empezó a tornarse de un color violáceo y el frío de la montaña se colaba por las rendijas de las tablas, llegó un hombre herido al claro de la fragua.

Taran fue el primero en divisar la silueta recortada entre la espesura de los helechos altos.

El desconocido caminaba mal, arrastrando la pierna derecha con una torpeza evidente y manteniendo una mano crispada sobre el costado izquierdo, que venía cubierto de una costra de sangre seca y oscura que le pegaba la túnica a la piel.

Gael dejó caer el martillo pesado sobre el yunque con un impacto que hizo temblar las herramientas y se movió hacia el exterior con una rapidez inaudita para su envergadura.

—Dentro —ordenó el herrero, cargando parte del peso del herido sobre sus propios hombros de buey—. Traedlo a la zona del fuego. Ya.

No hubo espacio para preguntas inútiles ni reproches logísticos.

Entre Taran y el viejo lo ayudaron a franquear la entrada del cobertizo, dejándolo caer sobre un jergón de paja limpia cerca de las brasas.

Lía se movió con presteza, disponiendo un caldero con agua caliente y buscando las hierbas de curación en el fardo de Liana; Briga, con una frialdad metódica, arrancó tiras largas y limpias de un manto viejo de lana para confeccionar los vendajes.

Arawen se arrodilló junto a la cabeza del hombre, sujetándole los hombros con firmeza para evitar que se golpeara mientras Gael procedía a rajar la tela ensangrentada con la hoja de su cuchillo para limpiar la zona afectada.

La incisión en el costado era limpia, profunda, con los bordes inflamados y negruzcos.

—Flecha de punta de hierro de tres aristas —sentenció Gael, con los ojos entrecerrados por el humo—. Le han arrancado el astil de mala manera durante la huida, pero la punta sigue dentro, rozando el hueso de la costilla.

El desconocido asintió con los dientes apretados, soltando un gemido ahogado mientras Lía aplicaba un paño húmedo para frenar la hemorragia que volvía a brotar con fuerza.

—Son los hombres del rey… —consiguió articular entre espasmos de dolor—. Una patrulla de jinetes mercenarios del este. Han cruzado el río a mediodía.

Liana apareció desde el fondo más oscuro del taller de la fragua, como una sombra que cobrara forma entre el vapor del agua caliente. Sus ojos oscuros se clavaron en las facciones sudorosas del hombre herido con una fijeza que helaba la sangre.

—¿Dónde están montando el campamento de avanzada? —preguntó la mujer con voz sombría—. ¿Hasta qué rincón del valle han llegado?

—Están registrando cada aldea, cada pajar, cada braña deshabitada de la vertiente baja… Preguntan a los lugareños por el Cuervo Blanco. Tienen orden de llevar su cabeza en una pica ante el gobernador antes de que caigan las primeras nieves.

Arawen sintió que todo el cuerpo se le ponía rígido de golpe, como si el hierro candente de la fragua se le hubiera metido directamente entre los tendones del cuello. Apretó las manos sobre los hombros del herido.

—Están buscando a mi padre —dijo, con la voz temblando por una mezcla de orgullo herido y pánico cerval—. Buscan a Einar. Alguien les ha vendido nuestra ruta de huida desde las tierras altas del norte.

El hombre herido levantó la cabeza de la paja con un esfuerzo supremo, entornando los ojos nublados por la fiebre, y la miró de frente por primera vez en toda la tarde.

En cuanto sus pupilas detallaron las facciones de la muchacha, sus rasgos y la vara de espiral que descansaba apoyada contra la pared, un rastro de terror puro le cruzó el rostro sudoroso.

—No… —susurró el herido, intentando apartarse de ella de forma instintiva—. No te equivoques, muchacha. Los soldados del rey no están buscando a ningún viejo señor de clan llamado Einar. Su nombre les importa una mierda a los señores de Oueto.

La fragua entera quedó sumida en un silencio de tumba, un vacío, donde solo el fuego de la fragua seguía respirando de fondo con un bufido rítmico, indiferente a las palabras humanas.

—Entonces… ¿a quién andan dando caza con los perros si Einar es el líder del Clan Branwen —preguntó Taran, dando un paso al frente y apretando el puño sobre el pomo de su lanza.

El hombre tragó saliva con dificultad, con un hilo de sangre asomando por la comisura de sus labios secos antes de soltar la sentencia definitiva: