El susurro del cuervo blanco Capítulo 16 — El Eco De Los Que Vuelven
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Capítulo 16 — El Eco De Los Que Vuelven

Pasado — El hombre que entrenaba fantasmas

La mañana amaneció cubierta por una niebla baja, pesada, de esas que se arrastran entre los troncos de los árboles como si el bosque entero respirara dormido tras una noche de frío.

El humo de la fragua de Gael ascendía en un hilo recto, oscuro, casi sólido, perdiéndose despacio entre las ramas húmedas de los carbayos.

El hierro ya golpeaba el yunque mucho antes de que el sol lograra rasgar la penumbra del cordal.

Arawen llevaba días despertándose con aquel sonido metido dentro del pecho.

Tac. Tac. Tac.

No era un ruido molesto; era una cadencia que parecía ordenar el mundo, ponerle límites al caos que traían en la cabeza.

El cobertizo olía a lana húmeda, a grasa de cuero viejo y al humo dormido de las brasas de la noche.

Lía seguía acurrucada bajo el manto, respirando tranquilamente bajo el abrigo de la tela.

A su lado, Briga afilaba una pequeña hoja de cuchillo sobre una piedra de río humedecida; el roce rítmico del metal contra la roca se compenetraba con los martillazos de la fragua.

Taran se incorporó con un quejido sordo, frotándose la zona lumbar con la palma de la mano.

—Algún día —murmuró con la voz rota por el sueño— volveré a dormir en una cama de verdad. Una con jergón de plumas y sábanas limpias.

—Y te dolerá la espalda exactamente igual —soltó Briga sin levantar la vista de su tarea, pasando el dedo por el filo con una frialdad que no correspondía a sus años.

Taran bufó, echándose el pelo hacia atrás.

—Qué alegría infinita me da vivir rodeado de tanto optimismo. De verdad.

Arawen ya estaba de pie en el límite del cobertizo.

Había empezado a hacer aquello sin tomar una decisión consciente: levantarse antes que el resto, comprobar el estado de las brasas, mirar la densidad del cielo y revisar el estado del sendero exterior incluso los días en que no tenían previsto reanudar la marcha de inmediato.

Trataba de ahuyentar la ambición de mandar sobre ellos; simplemente, su cuerpo empezaba a actuar por instinto antes de que el pensamiento tuviera tiempo de calibrar el riesgo.

Gael la esperaba en el claro exterior, rodeado por el vapor blanco que salía de su propia boca. No mediaron palabras de buenos días. El herrero le lanzó un palo de entrenamiento de fresno, grueso, pulido por el uso.

—Hoy dejamos de jugar, muchacha. Asienta los pies.

Arawen atrapó la madera en el aire con ambas manos, sintiendo el tacto frío de la resina.

—Nunca he jugado desde que salimos del norte, Gael.

El herrero sonrió apenas entre la barba canosa, una mueca que parecía más una advertencia que un gesto de simpatía.

—Eso también es un problema, Arawen. El que no sabe jugar no sabe cómo simular una debilidad antes del golpe definitivo.

El claro de la fragua todavía estaba empapado por el rocío.

La hierba oscura brillaba bajo la niebla como una superficie de metal pulido.

Gael empezó a caminar en círculos alrededor de ella, con las manos apoyadas en su propio bastón, examinándola con la fijeza de un artesano que valora una herramienta y aún no ha decidido si servirá para soportar la tensión del oficio.

—La fuerza es la mayor mentira de este mundo —dijo el viejo, con una voz que parecía salir del mismo yunque—. Los hombres jóvenes creen que ganar un combate consiste en golpear más fuerte, en levantar el hacha con más furia que el rival. Por eso mismo acaban pudriéndose bajo la tierra tan rápido.

Arawen ajustó el agarre de sus manos en la madera, flexionando ligeramente las rodillas tal como él le había corregido el día anterior.

—Entonces, ¿cómo se gana si el otro es el doble de grande que tú?

Gael golpeó sin previo aviso.

Fue un movimiento lateral, seco, veloz como el látigo de una rama.

Ella apenas llegó a levantar el palo de fresno para interponerlo en la trayectoria antes de que el impacto brutal le hiciera vibrar los huesos de los brazos hasta los hombros.

Retrocedió dos pasos sobre el barro, perdiendo la línea de defensa.

—Observando —respondió él, sin alterar la respiración—. Esa es la única manera.

Volvió a atacar de inmediato, buscando el flanco opuesto. Arawen bloqueó tarde, con el cuerpo mal perfilado. La madera de Gael le golpeó limpiamente en el músculo del hombro izquierdo, levantándole un dolor agudo que le sacó un juramento de entre los dientes.

—Otra vez —ordenó el herrero, frío—. No bajes la guardia.

El siguiente golpe vino desde abajo, buscando las espinillas.

Luego vino un amago desde el lateral que la obligó a retroceder con torpeza.

Finalmente, Gael ejecutó una finta milimétrica que hizo a Arawen girar demasiado rápido sobre su propio eje, perdiendo el apoyo del pie derecho hasta caer de rodillas sobre la tierra húmeda.

El viejo se detuvo a un palmo de ella, con la punta de su vara rozando el suelo, pero no hizo el menor ademán de ofrecerle la mano para incorporarse.

—El cuerpo del hombre siempre habla antes de que lo haga el arma, muchacha —sentenció, escrutándola desde arriba—.

La cadera se tensa un segundo antes de la estocada.

Los pies cambian el peso del cuerpo. Los hombros se cierran.

Todo avisa si sabes mirar el torso en lugar del filo.

Aprende a escuchar ese lenguaje silencioso y sobrevivirás más tiempo que los fuertes.

Arawen respiraba de forma entrecortada, con el pecho subiendo y bajando con violencia, sintiendo el sabor amargo de la frustración en la garganta.

—¿Andando por ese camino basta? ¿Y qué ocurre si el hombre que tienes enfrente también sabe escuchar ese lenguaje? ¿Qué pasa si él tampoco se equivoca en la marca?

Gael bajó despacio el bastón de entrenamiento, apoyándolo contra el suelo con una parsimonia que cortaba el aire.

—Entonces, Arawen… entonces es el momento en que decides por qué estás peleando exactamente en ese claro. Ahí reside la única diferencia real. El que pelea por orgullo se cansa cuando el dolor aprieta; el que pelea por proteger lo que ama no sabe cómo detenerse.

Ella lo miró fijamente desde el suelo, limpiándose un jirón de barro de la frente con los dedos temblorosos.

—¿Y tú por qué peleaste en tu juventud, Gael? ¿Por qué dejaste el ejército del rey para esconderte en este pozo de carbón?

El herrero tardó en responder. Mucho más de lo habitual. Sus ojos se perdieron en el fondo de las brasas de la fragua, donde el metal viraba del rojo al gris ceniza.

—Porque durante demasiados inviernos —confesó en un susurro áspero— cometí el error de confundir la rabia que llevaba en las entrañas con la justicia del mundo. Y esa es una deuda que el hierro no te permite saldar jamás.

El silencio que se instaló en el claro después de aquellas palabras fue infinitamente más pesado y punzante que todo el entrenamiento de la mañana.

Presente — El camino más corto y más largo

Nava despertó envuelta en esa luz pálida de la Asturias interior, con las calles oliendo intensamente a sidra fermentada en los portales y a pan reciente saliendo de las rejillas de las panaderías de la villa.

El cielo amaneció cubierto por una capa uniforme de nubes grises, pero era un gris manso, que no amenazaba con descargar tormenta de inmediato.

Era una mañana suave, casi engañosa; de esas jornadas que hacen pensar al caminante de La 365 que la geografía le va a conceder una tregua definitiva.

Nadie habló demasiado durante el desayuno en el comedor de la sidrería.

La confesión médica de Irene de la noche anterior seguía sentada a la mesa con ellos, ocupando un espacio invisible pero físico entre los platos de loza y las tazas de café caliente.

Nadie sabía muy bien cómo articular la normalidad sin que pareciera una burla o un intento hipócrita de pasar página.

Irene, por su parte, hacía un esfuerzo denodado por comportarse como si nada hubiese mutado en el mapa: se reía cuando tocaba el turno de una ocurrencia, contestaba a las preguntas logísticas con rapidez e incluso llegó a hacer un comentario menor sobre la mala calidad del café del hostal.

Pero la línea ya se había cruzado. El grupo estaba despellejado emocionalmente, y todos los presentes lo sabían en la piel.

Mateo cerró el último cierre de su mochila con un chasquido nítido y observó detenidamente la disposición de los ocho caminantes antes de dar la orden de salida a la calle.

—Hoy nos toca un desfile, güajes —anunció Mateo, ajustándose la visera con una sonrisa que pocas veces se le veía—.

Tenemos por delante una etapa inusualmente corta hasta Valdesoto.

Apenas unos kilómetros de transición rural, llanos y disfrutones.

Ya va quedando nada para el final, así que hoy no hay prisa, no hay grandes desniveles y no hay que sufrir.

Laila lo miró de reojo, arqueando una ceja con incredulidad mientras se ajustaba las correas de los bastones.

—A ver, Mateo, que me lo creo y todo... ¿Seguro que no hay ninguna trampa oculta detrás de tanta amabilidad? Empiezo a sospechar de los días tan bonitos.

—Ninguna trampa, Laila —se río el guía, dando un golpe ligero con su vara en el suelo—. Hoy es para saborear el camino, estirar las piernas y disfrutar de que el cuerpo ya camina solo. Os habéis ganado el desfile, así que en marcha.

Salieron de Nava dejando atrás las aceras húmedas y las pequeñas edificaciones de indianos con corredores de madera tallada.

El sendero no tardó en internarse entre pomaradas infinitas y pistas rurales de grava fina donde el verde de la maleza parecía crecer con una fuerza insultante, incluso por encima de las piedras divisorias de las fincas.

Asturias poseía esa capacidad vegetal de cubrirlo todo, de tapar las cicatrices de la tierra con una capa de hiedra en cuanto te dabas la vuelta.