El susurro del cuervo blanco Capítulo 15 — Lo Que El Viento No Perdona #6
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Capítulo 15 — Lo Que El Viento No Perdona #6

Bruno cerró los ojos con una fuerza brutal, apretando los párpados.

No lo hizo como quien sufre por ella por pura empatía solidaria; lo hizo como el hombre que reconoce de golpe, con un puñetazo en el estómago, que también se puede llegar a perder para siempre aquello que aún no se había atrevido a empezar a querer del todo.

Irene continuó, y por primera vez una lágrima limpia le resbaló por la mejilla, abriendo un surco en la piel cansada de la jornada.

—He pasado media vida corriendo como una loca para intentar ser alguien importante en el trabajo.

Londres, reuniones de doce horas, presupuestos, dinero que no tenía tiempo de gastar, viajes exprés en aviones de negocios, apartamentos mínimos donde solo iba a dormir, cafés tomados de pie en la barra de la estación, llamadas a deshoras que no quería contestar...

Siempre con la misma idea fija en la cabeza: pensando que cuando llegara a la cima de mi carrera, cuando consiguiera el puesto de socia, entonces, solo entonces, empezaría a vivir de verdad y a disfrutar de la vida.

La voz se le quebró por completo en la última frase, transformándose en un hilo quebrado.

—Andar por el monte me ha hecho ver que ya he llegado al final de mi mapa y que lo único que quiero ahora de verdad es tiempo.

Tiempo limpio. Tiempo para sentarme en un banco al sol sin sentir la culpa de estar perdiendo el tiempo de los demás.

Para llamar a mi madre por teléfono y no tener que colgar a los dos minutos diciéndole que estoy muy ocupada con una reunión importante.

Para no mirar el maldito reloj cada diez minutos.

Para caminar por un sendero sin sentir esa angustia constante de que voy tarde a alguna parte.

Noa lloraba sin hacer el menor ruido, con las lágrimas cayéndole sobre las manos entrelazadas en el regazo.

Laila miraba de frente a Irene con una ternura contenida, limpia, una fijeza que casi dolía por la intensidad del respeto que transmitía.

Alex tenía la cabeza agachada, fija la vista en sus propios zapatos mudos.

Ayko se llevó una mano directamente al pecho, justo encima del esternón, apretando la tela de la sudadera como si quisiera sujetar algo físico que se le abría dentro del pecho y amenazaba con desbocarse.

Mateo no dijo nada en aquel momento. Permaneció inmóvil. Porque había rincones oscuros en el camino donde el guía del grupo ya no podía guiar a nadie; donde el mapa no servía para nada y las palabras del manual de montaña se volvían ridículas ante el peso de la realidad.

Paula fue la única que tuvo la fuerza de levantarse de su asiento.

Rodeó la mesa larga de madera con pasos lentos y se sentó en la banqueta vacía justo al lado de Irene.

No la abrazó de golpe de forma invasiva, ni montó un drama solidario.

Solo estiró el brazo y puso su mano cálida, abierta, sobre la mano helada de Irene que apretaba el mantel.

—No tienes ninguna necesidad de seguir siendo la mujer valiente y fuerte del grupo ahora mismo, Irene. Aquí dentro no.

Irene apretó los labios con fuerza, intentando contener el llanto que le subía por la garganta.

—Es que estoy soberanamente harta de tener que ser la valiente de la historia en todas partes para que los demás no se asusten. Estoy rota.

—Pues descansa un rato de ese papel de mierda aquí con nosotros —dijo Paula con una suavidad extrema—. No tienes que ir a ninguna parte. Aquí estamos. Todos.

Bruno abrió los ojos despacio. Tenía la mirada empañada, brillante por las lágrimas contenidas que se negaban a caer por pudor. Miró a Irene a través del espacio de la mesa.

—No sé qué decirte ahora mismo, Irene. De verdad. Me he quedado sin palabras.

Irene lo miró de frente a través de las lágrimas y, milagrosamente, asomó un destello en sus ojos.

—Me parece perfecto, Bruno. Mucho mejor así. No digas nada.

Y entonces, de una forma totalmente inesperada y absurda en mitad de aquel naufragio emocional, Irene soltó una risa pequeña.

Una risa rota, ahogada, profundamente humana.

Bruno, al ver la reacción, soltó un bufido y se rio también entre dientes.

Después Noa se sumó al eco. Después Alex, Elías y Laila.

Siguieron todos los de la mesa, no porque la situación tuviera la menor gracia desde el punto de vista lógico, sino porque a veces la puta vida tiene la decencia de abrir una rendija absurda y minúscula justo en mitad del dolor más espantoso para que entre un poco de aire limpio y los náufragos puedan seguir respirando un minuto más sin ahogarse.

Aquella noche en la sidrería de Nava, ninguno de los nueve integrantes de la expedición de La365 Trail volvió a ser la misma persona que había ajustado el macuto por la mañana en las calles de Infiesto.

Pasado – A tres leguas

El aire dentro del gran llagar de piedra, a tres leguas de las murallas de Oueto, olía a manzana machacada, a madera vieja y a sudor frío.

Cuatro hombres del clan de los astures empujaban el recio madero de la prensa, haciendo girar el huso de carbayu con un crujido sordo que sepultaba el ruido de la lluvia exterior.

El mosto espeso y dorado corría por los canales de madera hacia los tinos.

—Dale con ganas, rapaz —gruñó Pelayo, un veterano de manos callosas, limpiándose la frente con el revés del brazo—. Que el recaudador de Drawen no tardará en bajar por el cordal. Y ese no se conforma con las pálidas.

A la sombra de la entrada, sentado sobre un taburete de tres patas, un arriero que venía de las brañas altas apuraba un cuenco de sidra dulce. Tenía el barro pegado hasta las rodillas.

—El recaudador de Drawen va a tener menos ojos para la manzana este año —soltó el arriero en voz baja, mirando de reojo hacia el camino de carros—. En los altos no se habla de otra cosa. Las patrullas andan revueltas.

Los hombres de la prensa aminoraron el ritmo. El huso dejó de crujir.

—¿Qué pasa en los altos? —preguntó un joven de los que empujaban el madero.

—Cuentan en las aldeas que la rata que buscaban, la muchacha de los Branwen, ya no corre —dijo el arriero, bajando aún más la voz—.

Dicen que una patrulla entera de hombres blindados quedó atrapada en la niebla del desfiladero hace tres lunas.

No hubo hachas, ni saetas. Solo la niebla y trampas de caza que parecían brotar de la misma peña.

Cuando los soldados quisieron darse cuenta, estaban cercados por la sombra de una mujer de pelo oscuro que les perdonó la vida a cambio de que dejaran las armas en el fango.

Un silencio denso, más pesado que el madero del llagar, cayó sobre los hombres.

—Eso son cuentos de pastores asustados —dijo Pelayo, aunque sus ojos brillaron—. Drawen tiene cien hombres armados en la villa.

—Pues tres de esos hombres regresaron ayer a Oueto sin cotas de malla y temblando como varas de avellano —replicó el arriero, poniéndose en pie—.

No hablan de una proscrita. Hablan de un espíritu de la cordillera.

Lo llaman el Cuervo Blanco . Dicen que camina con los viejos maestros y que el barro obedece a sus pasos.

En ese momento, el crujido de unos cascos de caballo en el exterior hizo que todos volvieran a sus tareas. El huso de la prensa volvió a girar, pero el runrún ya estaba sembrado. El pueblo, harto del yugo, ya no solo limpiaba las maderas; ahora esperaba un eco de los altos.