Capítulo 15 — Lo Que El Viento No Perdona #5
El último tramo de la etapa hacia Nava tuvo una luz extraña, una mezcla dorada y húmeda que se colaba entre las nubes bajas de la tarde asturiana.
Las pomaradas empezaron a hacerse cada vez más frecuentes a ambos lados de la calzada, jalonando el relieve de una forma rítmica.
El paisaje entero olía a manzana madura, a hierba pisada por el ganado y a ese humo blanco de chimenea de carbón que denotaba la cercanía de los hogares.
Después de la enorme tensión emocional del mediodía junto al lavadero, el grupo caminaba ahora a un ritmo mucho más pausado, no por un agotamiento puramente físico, sino por una suerte de cuidado mutuo tácito.
Como si todos, de forma milagrosa, hubieran entendido que aquel día se podía romper algo valioso e invisible en el interior de la expedición si empujaban las conversaciones demasiado deprisa.
Bruno aceleró discretamente el paso cuando el sendero se estrechó entre dos muros de piedra, emparejando su posición con la de Noa, que marchaba en la retaguardia.
—No voy a decirte otra vez que lo siento, Noa —empezó a decir con la vista al frente, sin mirarla directamente—. Sé que las palabras baratas no arreglan estas cosas. Solo... quería darte las gracias por haberlo dicho en voz alta. Por mí.
Noa mantuvo el paso regular, con los bastones rítmicos contra el asfalto. No giró la cabeza hacia él en los primeros metros.
—No lo dije por ti, Bruno. No te des tanta importancia. Lo dije por mí y por el fantasma que llevo en la mochila.
—Lo sé perfectamente —añadió él, manteniendo la calma—. Pero el caso es que lo escuché yo. Y me tocaba escucharlo.
Eso sí la hizo detener la zancada un instante y mirarlo de reojo.
Bruno tenía los ojos visiblemente cansados, rodeados de ojeras grises por el esfuerzo acumulado.
No parecía estar buscando una absolución rápida, ni un perdón de compromiso para dormir tranquilo esa noche en el hotel.
Solo estaba allí, compartiendo el peso del asfalto.
—Vale —dijo ella al fin, reanudando la marcha—. Aceptamos el apunte.
No fue una frase muy larga. No hubo abrazos ni reconciliaciones de película. Pero fue más que suficiente para que la distancia entre los dos dejara de ser una trinchera de guerra.
Más adelante, en la cabecera del grupo, Irene caminaba junto a Mateo. El guía llevaba un buen rato observándola de reojo con esa discreción profesional suya que empezaba a rozarle los nervios a la mujer de una forma evidente.
—Puedes preguntarlo de una vez si quieres, Mateo —dijo ella, cortando el silencio con el filo de su voz.
—¿Preguntar el qué, Irene?
—Lo que llevas rumiando los últimos tres kilómetros. Si estoy bien. Si me duelen las piernas. Si aguanto el tirón de la jornada.
Mateo sonrió de lado, una mueca desprovista de la menor alegría real, fija la vista en el horizonte de la carretera.
—No suelo preguntar cosas a la gente cuando sé de antemano que la respuesta que me van a dar va a ser una mentira piadosa para salvar las formas. Es una pérdida de tiempo para los dos.
Irene resopló, negando con la cabeza, aunque una leve sonrisa asomó en la comisura de sus labios.
—Eres un tipo verdaderamente agotador, Mateo. Un psicólogo de monte insoportable.
—A veces me lo dicen los clientes, sí. Va en el precio del seguro de la ruta.
Caminaron unos metros en absoluto silencio, escuchando el roce de sus chaquetas técnicas.
—¿Andas tú bien, Mateo? —preguntó ella de golpe, devolviéndole el golpe directo al mentón.
La pregunta pilló al guía desprevenido. Detuvo el paso un instante, imperceptiblemente, y miró al frente, a la línea recta del camino que se metía entre las primeras casas de Nava, a los árboles lejanos, al horizonte bajo que empezaba a teñirse de violeta.
Sus hombros se tensaron bajo las cinchas de la mochila de cincuenta litros.
—Yo funciono, Irene. Con eso me basta para tirar del grupo cada mañana.
—Eso es una respuesta de manual de coche, Mateo. Funcionar no es estar bien. Y tú lo sabes mejor que nadie aquí.
—No. No lo es —admitió él en un susurro que se perdió casi en el viento.
Por un instante pareció que el guía iba a abrir la compuerta, que iba a soltar algo de lo que guardaba con tanto celo en su propio cuaderno de bitácora.
Pero no lo hizo. Volvió a cerrar la máscara de profesional con un movimiento rápido de la cabeza.
Todavía no era el momento adecuado. Su propia historia seguía guardada bajo siete llaves en algún lugar oscuro de la memoria al que ni siquiera él, con toda su filosofía de montaña, se atrevía a volver de noche.
Nava apareció ante ellos de una forma paulatina: las primeras casas bajas de ladrillo, calles húmedas por el riego vespertino, el olor inconfundible a sidra fermentada flotando en los portales y esa vida de tarde provinciana de la gente que vuelve del trabajo.
La entrada al núcleo urbano tuvo un componente marcadamente melancólico para los nueve.
No era el gran final de etapa con cumbres conquistadas, pero sí era un descanso con un peso específico tremendo en el estómago del grupo.
Como si todos supieran, sin necesidad de hablarlo, que aquella noche en la villa algo importante se iba a mover de su sitio para siempre.
El alojamiento de turismo rural que Mateo había reservado estaba situado a escasos metros de un llagar antiguo y una sidrería tradicional.
Dejaron caer las mochilas en el recibidor de madera, vinieron las duchas largas con agua caliente, la ropa limpia extendida en los radiadores para secar el sudor, esos rituales cotidianos que después de doce etapas ya se sentían casi como algo doméstico y sagrado.
A la hora señalada para la cena, el grupo se reunió alrededor de una mesa larga de madera de carbayu macizo, apartada en un rincón del comedor de la sidrería.
Había potas humeantes de fabes con su compango, chorizus a la sidra, pan de hogaza de centeno, botellas de sidra alineadas esperando a ser escanciadas y un cansancio espeso que no impedía hablar, pero que obligaba a cada uno a elegir con mucho más cuidado las palabras antes de lanzarlas al aire.
Durante la primera media hora conversaron de cosas sencillas, casi banales, buscando la seguridad del terreno común.
El dueño del local, un hombre atento de manos curtidas, se acercó a la mesa para explicarles con paciencia cómo se escanciaba correctamente la sidra para que rompiera en el vaso, les habló de los tipos de manzanas de ese año, de los llagares de la zona y de las cosechas buenas y malas de la última década.
Paula preguntó mucho más de lo que verdaderamente necesitaba saber, solo por mantener el ruido de fondo y evitar que el silencio regresara a la mesa.
Alex hizo una fotografía fija a los vasos de cristal fino alineados contra la luz de la ventana y guardó el aparato en el bolsillo del pantalón sin mirar el resultado.
Ayko observaba las gotas de líquido que resbalaban por la madera de la mesa como si esas marcas también fueran símbolos de algún manuscrito antiguo por descifrar.
Irene apenas probaba bocado. Tenía el plato de fabes casi intacto delante de ella, moviendo la cuchara de un lado a otro de la loza sin llegar a llevársela a la boca.
Bruno lo notó el primero desde su esquina. Luego Mateo, que la observaba desde la cabecera. Al cabo de unos instantes, el silencio se fue contagiando de uno a otro hasta que toda la mesa quedó fija en ella.
Irene dejó la cuchara de metal sobre la mesa con un cuidado extremo. El sonido metálico contra la madera fue pequeño, insignificante, pero en mitad de aquel silencio sepulcral sonó como el estallido de un cristal de roca.
—Tengo que decir algo al grupo —dijo, sin levantar la cabeza.
Nadie se movió un solo milímetro en sus asientos. Elías congeló el bolígrafo sobre el cuaderno.
Irene se miró las manos. Tenía los dedos entrelazados con tanta fuerza, apretándose unos a otros, que los nudillos se le habían puesto blancos, desprovistos de sangre.
—El otro día estuve hablando con Paula, y la verdad es que me quedé muy trillada y me hizo pensar mucho.
No vine a esta ruta de la 365 solo para desconectar del trabajo, como os conté el primer día en el hostal.
Ni vine porque me apeteciera hacer una ruta bonita por Asturias en otoño, ni para demostrarme a mí misma que todavía era capaz de caminar veintitantos kilómetros al día con un macuto a la espalda cargando mi propio peso.
Respiró hondo. Una vez. Dos veces, buscando aire en un pecho que parecía haberse quedado sin espacio.
—Hace exactamente tres semanas, antes de coger el avión para venir aquí, me dieron el resultado de unos análisis y un diagnóstico médico firme en el hospital.
Elías bajó lentamente la mirada hacia el mantel, cerrando los ojos. Paula dejó el vaso de sidra sobre la mesa sin hacer el menor ruido, con las manos temblando ligeramente.
Irene siguió hablando, manteniendo un tono de voz plano, bajo, desprovisto de cualquier atisbo de melodrama o afectación teatral.
—Tengo cáncer. De colon. Está avanzado.
La palabra no explotó en mitad del comedor. No hubo un grito, ni un golpe en la mesa. La palabra simplemente cayó sobre el mantel de cuadros con el peso muerto de un bloque de plomo.
Y eso fue infinitamente peor que cualquier explosión.
Durante unos segundos eternos que parecieron horas, en el local solo se escuchó el murmullo lejano y ajeno de los clientes del otro extremo del comedor, ajenos a la tragedia de la mesa del fondo.
Una risa estrepitosa en otra mesa cercana.
El golpe seco de una botella de sidra contra la madera de la barra.
La vida de los demás siguiendo su curso natural con una crueldad inocente y terrible.
Irene intentó dibujar una sonrisa en su rostro, una mueca rota que se le deshizo en los labios al instante.
—Y la verdad... la verdad es que no estoy preparada para morirme ahora. Tengo un miedo espantoso que no me deja respirar por las noches en la cama.