El susurro del cuervo blanco Capítulo 15 — Lo Que El Viento No Perdona #4
79%

Capítulo 15 — Lo Que El Viento No Perdona #4

La última palabra salió casi en un susurro inaudible, un hilo de aire gastado.

Bruno cerró los ojos con fuerza un instante, asimilando el peso de lo que acababa de levantar sin querer.

—Lo siento, Noa. De verdad. Lo siento.

Noa soltó una risa seca, carente de la menor pizca de alegría, una burla hacia sí misma.

—No quiero que lo sientas ahora solo porque la situación se ha vuelto incómoda para todos en la mesa y te sientes mal por mi reacción.

—No lo siento por eso —dijo Bruno, levantando la cabeza y mirándola con una honestidad descarnada—. Lo siento porque no tenía ni idea de dónde estaba tocando con el dedo. Y lo siento porque es mi obligación haber pensado antes de soltar la sobrada. Tienes toda la razón.

Aquella disculpa, directa y sin excusas de mal pagador, la desarmó un poco. Solo un poco, lo justo para dejar que los hombros le bajaran un centímetro.

Paula se acercó despacio, sin aspavientos, y le tendió una servilleta de papel limpia sin convertir el gesto en un drama televisivo o en un foco de atención.

—No tienes que explicarle nada a nadie ahora mismo si no quieres, Noa. Nadie te lo está pidiendo aquí.

Noa cogió el papel con un gesto automático. Se secó la cara con una rabia violenta, casi con asco, como si llorar delante de los demás fuera una traición imperdonable a su propia seguridad.

—Odio esto con todas mis fuerzas.

—¿El qué? —preguntó Paula con suavidad.

—Que todavía me salga el miedo a borbotones por la boca cuando se supone que yo ya no estoy metida en ese infierno. Que la montaña no limpie esa mierda.

Laila se sentó a su lado, justo en el borde de la mesa de madera, rompiendo la distancia de seguridad que siempre mantenía con el mundo.

—Eso no significa que sigas atrapada en ese lugar, Noa —dijo Laila con una voz que era un bálsamo de firmeza—.

Significa simplemente que tu cuerpo aprendió a sobrevivir allí dentro y tiene buena memoria.

Ahora estás en otro sitio. Estás aquí. Y tu cuerpo está aprendiendo otra cosa distinta: que puedes hablar sin que nadie te rompa los dientes por ello.

Noa la miró a los ojos. Durante un instante largo, algo real, espeso y limpio se abrió entre las dos mujeres. No era romance, ni era una amistad de manual de autoayuda todavía. Era algo mucho más valioso en la ruta: era reconocimiento mutuo de las cicatrices.

Pasado — Aprender a caer

Gael empezó el entrenamiento de la mañana siguiente mucho antes de que el primer rayo de sol asomara por el cordal de las montañas.

No hubo aviso previo, ni campanas, ni palabras de ánimo.

Arawen estaba aún enrollada en su manto de lana, tiritando por el frío de la madrugada, cuando el herrero golpeó con dureza el marco de madera del cobertizo usando un palo grueso de avellano.

El ruido sonó como un trueno en el silencio del bosque.

—Arriba. El sol no espera a los perezosos y el hierro menos.

Taran gruñó desde su rincón, tapándose la cabeza con la capa.

—¿Va a atacarnos alguien a estas horas de la noche, viejo loco?

—La torpeza os va a atacar —respondió Gael con un tono cortante—. Y esa siempre llega temprano si le dejas la puerta abierta. Salid fuera.

El primer ejercicio de la mañana no tuvo nada que ver con el cuchillo corto que le había regalado. Ni con el uso del palo de avellano. Ni con la fuerza del hierro sobre el yunque.

Fue simplemente caer al suelo.

Sin mediar palabra, Gael dio un paso al frente y empujó a Arawen con el hombro directamente hacia el charco de barro que se había formado ante la fragua.

Ella se fue al suelo de lado, sucia y desconcertada. Se levantó de inmediato, furiosa, con los puños cerrados y la cara encendida.

—¿Pero qué demonios haces? ¿Te has vuelto loco?

—Enseñarte lo básico —respondió el herrero sin inmutarse, manteniendo la guardia baja.

—¡Eso no enseña nada! Eso es solo ser un bruto.

—Entonces levántate mejor la próxima vez para que no pueda hacerlo.

Gael volvió a avanzar y la empujó de nuevo, esta vez con más fuerza hacia el otro flanco.

Arawen intentó resistirse, tensando los músculos de las piernas y plantando cara, pero fue peor.

Perdió el equilibrio por completo, se golpeó la cadera contra una piedra del camino y soltó un gemido de dolor sordo mientras el barro le salpicaba la ropa.

Liana dio un paso al frente desde el cobertizo, con la mano en el pecho.

—¡Basta ya, Gael! Está herida de la travesía, déjala en paz.

El herrero levantó una mano tosca, deteniendo a la curandera con una mirada que no admitía réplicas.

—Si esta muchacha no aprende primero a caer al suelo sin romperse los huesos de los brazos, cualquier enemigo real que se encuentre en el norte la vencerá en dos lances sin necesidad de tocar el filo de su espada. La caída es parte del combate. La parte más importante.

Arawen se levantó despacio, respirando fuerte por la nariz, escupiendo la tierra que le había entrado en la boca. El barro le manchaba toda la mejilla izquierda y parte del cuello, pero sus ojos ya no eran los de una víctima. Eran otra cosa.

—Otra vez —dijo ella, plantándose frente al viejo.

Gael la observó con una atención nueva, apreciando el destello en sus pupilas. Una chispa idéntica a la de su yunque.

—Bien. Vamos a ver si retienes algo en esa cabeza de clan.

Durante horas, bajo la llovizna fina que volvió a caer sobre el claro, Arawen aprendió la dolorosa disciplina de la entrega al suelo.

Aprendió a doblar las rodillas a tiempo para amortiguar el impacto, a girar el contorno del cuerpo para disipar la fuerza de la inercia, a proteger la base de la cabeza con los hombros y a no poner jamás la mano abierta contra las rocas si no quería fracturarse la muñeca.

Taran, viendo que el viejo iba en serio, bajó al barro y practicó con ella, recibiendo su ración de golpes.

Briga, sentada en un tocón, memorizaba cada torsión, cada punto de apoyo.

Lía, aunque aún se sentía débil, observaba con ojo clínico dónde dolía cada impacto y pensaba qué aceites usaría por la noche para aliviar los hematomas.

Al mediodía, con el cuerpo molido y la ropa empapada, Arawen apenas podía mantener los ojos abiertos por el cansancio. Gael caminó hacia ella y le lanzó un palo corto de madera resinosa que había tallado toscamente.

—Ahora que ya sabes cómo besar la tierra sin romperte los dientes, defiéndete de lo que venga.

Taran se colocó frente a ella con otro palo idéntico, recuperando su sonrisa de suficiencia de los viejos tiempos en el campamento del norte.

—Prometo no disfrutar demasiado de esto, princesa. No quiero abusar de los heridos.

—Y yo prometo que te vas a tragar esa sonrisa si vuelves a llamarme así —respondió Arawen, apretando los dientes y levantando el arma de madera.

El primer golpe de Taran le rozó el hombro izquierdo, levantándole un dolor agudo.

El segundo lo bloqueó mal, encajando el impacto directamente en la madera del antebrazo.

El tercero, un ataque descendente que buscaba la cabeza, logró desviarlo de milagro hacia un lado, aprovechando el giro de la cadera que Gael le había enseñado horas antes.

El herrero interrumpió el intercambio de un grito, metiendo su propio bastón entre los dos chicos.

—¡No mires el maldito palo, Arawen! Estás obsesionada con el arma del enemigo. Mira el pecho. Mira los hombros. El cuerpo del hombre siempre avisa de la trayectoria tres segundos antes de que el arma se mueva en el aire. El metal es ciego; el que decide es el músculo del torso. Lee el cuerpo.

Arawen tomó aire, se limpió el sudor de los ojos con el reverso de la mano sucia e intentó concentrarse en el pecho de Taran.

Falló la primera vez y recibió un golpe en la costilla. Volvió a intentarlo en el siguiente envite. Falló menos, encontrando la madera de Taran en el aire antes de que el golpe ganara fuerza.

Cuando por fin, tras diez intentos frustrados, logró anticipar un amago de Taran por la izquierda, giró el cuerpo sobre el talón, le trabó el tobillo con la punta de su palo y lo hizo tropezar de mala manera en el barro, Arawen no sonrió.

No hubo gesto de triunfo en su cara. Se quedó estupefacta, mirando sus propias manos, sorprendida de lo que su propio cuerpo acababa de ejecutar de forma casi intuitiva.

Gael asintió una sola vez con la cabeza, una concesión inaudita en él.

—Eso es. Ahí está.

—¿El qué? —pregunto ella, recuperando el aliento con dificultad.

—Que en ese último lance no has querido ganar a tu compañero por orgullo ni por rabia. Has querido entender cómo se movía su estructura. Has escuchado el golpe antes de darlo.

Arawen bajó el palo de madera, sintiendo que el peso le caía encima de golpe.

—¿Andando por ese camino basta para sobrevivir a lo que viene del norte?

—A veces basta para salvar el pescuezo —respondió él, dándose la vuelta hacia la fragua—. Otras muchas veces no es suficiente. Por eso mismo seguimos mañana al alba. No te descuides.

Liana, que permanecía sentada junto al fuego que empezaba a chisporrotear de nuevo, tomó la palabra con esa voz suya que parecía flotar por encima del ruido del taller:

—El hombre que solo sabe atacar necesita alimentar enemigos constantemente para justificar su existencia. El que sabe observar el entorno puede encontrar aliados donde los demás solo ven rocas y peligro.

Arawen miró a Taran, que se levantaba maldiciendo y limpiándose el lodo de los pantalones; miró a Lía, que le tendía un paño limpio; miró a Briga, que asentía con la cabeza desde su rincón.

Pensó en su padre Einar. En el clan irremediablemente dividido tras la última asamblea.

En las patrullas del rey que peinaban la cordillera buscando la cabeza del Cuervo Blanco.

Todos en aquel claro, de una manera u otra, parecían estar preparándola con urgencia para una palabra que rondaba el aire Astur pero que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta delante de ella.

Reina.

Pero el trono aún quedaba demasiado lejos y el barro de la fragua estaba demasiado frío en sus pies.

Presente — La entrada en Nava