El susurro del cuervo blanco Capítulo 15 — Lo Que El Viento No Perdona #3
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Capítulo 15 — Lo Que El Viento No Perdona #3

Gael se colocó detrás de Arawen. Le corrigió la postura de los pies con un toque del pie y le bajó la cadera con las manos, sin delicadeza, pero sin una brusquedad inútil.

—Los pies firmes en la tierra. La fuerza sale de la cintura, no del hombro. No pegues solo con el brazo; el brazo se cansa a los diez golpes y se rompe. El cuerpo no se cansa si sabe cómo moverse con el peso. Inténtalo otra vez.

Arawen tomó aire, se asentó en el suelo de tierra y volvió a golpear. Esta vez el sonido fue distinto, más nítido, más seco. El martillo no rebotó de lado.

—Otra vez —dijo Gael, estricto.

Golpeó.

—Otra. No dejes que se enfríe.

Golpeó de nuevo.

Al cabo de un rato largo, los hombros le ardían como si tuviera brasas debajo de la piel.

Tenía las palmas de las manos doloridas, entumecidas, y el pelo pegado a la frente por el sudor y el calor de la fragua.

Pero la barra de hierro empezaba a perder su rectitud original, tomaba una forma nueva, chata, curvada en la punta.

—¿Qué se supone que estamos haciendo aquí? —preguntó, jadeando, con los brazos caídos.

Gael miró la pieza con los ojos entrecerrados y luego la devolvió al fuego con desdén.

—Todavía nada. Y eso es lo mejor que te puede pasar hoy.

Arawen no entendió el sentido.

—La mayoría de los idiotas que entran por esa puerta quieren hacer una espada de guerrero antes de tener la menor idea de cómo se fabrica un clavo para una herradura —dijo él, avivando el carbón—.

Así es exactamente como muere la mayoría en el primer cruce de caminos.

Por querer saltarse el aprendizaje del dolor menudo.

Más tarde, cuando la noche cayó del todo sobre el bosque y el fuego de la fragua quedó reducido a un ojo rojo en la penumbra, Gael dejó sobre la mesa de madera del cobertizo un objeto envuelto en un jirón de tela basta.

No era una pieza hermosa. No tenía grabados, ni pomos de plata, ni filigranas en la guarda.

Era un cuchillo corto, de hoja ancha y lomo grueso.

Parecía hecho exclusivamente para durar más que su dueño.

—Cógelo. Es tuyo.

Arawen miró el bulto, pero no hizo ademán de tocarlo.

—No sé usar un arma así. Mi padre me entrenó con la lanza larga.

—Por eso mismo te lo doy. La lanza es para la distancia, para cuando puedes ver venir el problema desde el cerro. Esto es para cuando tienes el aliento del otro en la cara.

Ella lo desenvolvió y lo sostuvo por el mango de madera. Pesaba menos que la lanza de Einar, desde luego, pero sentía que pesaba mucho más que una promesa o un juramento protocolario.

—No voy a enseñarte a matar con eso, Arawen —dijo Gael, mirándola fijamente desde la oscuridad de su asiento—. Eso lo aprende cualquiera en cinco minutos si tiene el suficiente miedo o la suficiente rabia en las entrañas.

Sostuvo la mirada de la muchacha hasta que ella bajó los ojos.

—Voy a enseñarte a usarlo para que sepas decidir exactamente el momento en que no debes hacerlo. El momento en que la fuerza debe detenerse para no romper lo que queda de ti.

Arawen sintió que aquella frase, dicha en mitad de la noche asturiana profunda, era mucho más peligrosa y afilada que el propio cuchillo que tenía en la mano.

Presente — Lo que estalla

El día fue calentando la jornada de una forma perezosa.

No hacía un calor excesivo, pero el cuerpo empezó a sudar bajo las capas de ropa técnica y las membranas impermeables.

El camino se estiraba monótono entre carreteras vecinales y tramos cortos de sendero rural, cruzando caserías aisladas, pomaradas infinitas y zonas de barro denso donde las botas se hundían con un sonido blando, un eco de succión en cada pisada.

A mediodía pararon junto a un área de descanso muy sencilla, cerca de un río estrecho que apenas llevaba caudal.

Había una mesa de madera de pino desgastada, un par de bancos astillados y un panel informativo del Principado medio descolorido por el sol y la lluvia.

El grupo dejó caer las mochilas con un ruido de alivio generalizado.

Comieron sin ninguna ceremonia, sentados donde buenamente podían. Pan de pueblo, queso de la zona, algo de fruta, frutos secos pasados de mano en mano. Bruno sacó una lata de calamares en su tinta que había comprado en una tienda de Infiesto y la abrió con una solemnidad cómica, usando la navaja.

—Señores, esto no es alta gastronomía de vanguardia, lo reconozco, pero os aseguro que en mitad de este páramo acompaña como si lo fuera.

—Después de tantos días masticando barritas energéticas de avena, cualquier cosa que tenga un gramo de sal me parece un banquete de bodas —dijo Paula, limpiándose los dedos con un pañuelo.

Noa estaba sentada sobre el tablón de la mesa, con las piernas balanceándose en el aire, mirando al vacío.

Laila comía un trozo de manzana de pie, con la vista fija en los reflejos del agua del riachuelo.

Alex, a su lado, aprovechó el momento de distracción para levantar la cámara y hacer una fotografía del grupo sin que nadie posara, buscando el encuadre natural.

—Esa sí me gusta —dijo Noa de pronto, sin mirarlo.

—¿Cuál? —Alex bajó la pantalla para revisar la toma.

—La que no pediste que hiciéramos. La real.

Alex miró la imagen congelada en el visor digital.

Era una foto imperfecta desde el punto de vista técnico: Irene salía riendo de lado, a medio girar; Bruno aparecía con los dedos manchados abriendo la lata; Paula tenía una manzana a medio morder en la mano; Mateo consultaba el mapa ajeno a todo; Ayko y Elías aparecían inclinados sobre la libreta compartiendo un bolígrafo.

Nadie era el protagonista de la escena. Y precisamente por eso era endiabladamente buena.

—Quizá ese sea el verdadero truco de todo esto —dijo él en un susurro, casi para sí mismo—. Quitarme yo de en medio de la foto de una vez.

—No te emociones tanto, Alex —respondió Noa con un tono que pretendía ser ligero, pero arrastraba fatiga—. Todavía sales reflejado en todos los cristales por los que pasamos. Te queda mucho espejo por romper.

La conversación habría seguido por esos derroteros habituales, superficiales y seguros, si Bruno no hubiese soltado una frase al aire sin pararse a pensar.

Venía cansado de la caminata, cómodo con el grupo, arropado por esa confianza peligrosa que a veces aparece cuando un puñado de personas ya se siente unido por los días compartidos.

—Madre mía, qué estampa tenemos. Parecemos un grupo de madres histéricas organizando el campamento de verano de los niños.

Paula lo miró de inmediato con una ceja levantada, adoptando un gesto más divertido que verdaderamente ofendido.

—Pues te recuerdo, Bruno, que gracias a las madres organizadas e histéricas tú sigues vivo hoy, con la comida en la mesa y con calcetines secos en el macuto. Un respeto a las logísticas de supervivencia.

Algunos comensales rieron el apunte de Paula. Elías sonrió.

Noa no lo hizo.

Su cuerpo cambió por completo antes de que lo hiciera su rostro. Se quedó rígida en el sitio, suspendida sobre la mesa, con la mirada clavada como un arpón en los ojos de Bruno.

—¿Qué significa eso exactamente, Bruno? —preguntó.

Bruno la miró, parpadeando, sorprendido por el cambio drástico de temperatura en el ambiente.

—¿El qué? Nada, Noa. Era solo una frase hecha. Una broma de nada.

—Sí. Claro. Siempre es una puta broma de nada. Siempre es un chiste.

El aire de la explanada cambió en un segundo. Fue una mutación leve, pero todos y cada uno de los presentes lo notaron en la piel. Se suspendieron los cubiertos. Bruno dejó la lata de conserva sobre la madera con cuidado, perdiendo la sonrisa.

—No iba por ahí el comentario, Noa. No busques tres pies al gato.

—Nunca va por ahí, ¿verdad? —dijo ella, y su voz no era un grito, era algo mucho peor, un susurro cargado de electricidad estática—. Nunca significa nada malo. Nunca era para tanto. Es la respuesta estándar del manual.

Laila dio un paso mínimo en su dirección, alargando una mano hacia su hombro, pero se detuvo antes de tocar la tela de su chaqueta.

—Noa... tranquila.

—No, Laila, déjame. No me digas que me tranquilice. Estoy jodidamente harta de que me digan que me tranquilice.

La voz le salió tensa, vibrando desde el estómago. No gritaba, pero había un dolor antiguo y afilado debajo de cada sílaba que hacía imposible no escucharla.

—Estoy cansada de las bromitas de mierda.

De las frases pequeñas que van minando el terreno.

De los comentarios graciosos que parecen que no son nada pero que van directos a la línea de flotación.

De que luego, cuando reaccionas porque no puedes más, te miren todos como si fueras una exagerada, una intensa, una histérica que ha arruinado el día o una tía que no tiene el menor sentido del humor.

Bruno bajó la mirada hacia sus botas, abrumado por la oleada.

Irene dejó de pelar una mandarina que tenía a medias, congelando el movimiento de las manos.

Mateo no intervino. Permaneció apoyado en un árbol, inmóvil; sabía por experiencia que hay silencios de demolición que no se deben cortar porque debajo hay estructuras que necesitan caer.

Noa tragó saliva con dificultad, con los nudillos apretados contra el borde del tablón.

—Porque antes de que alguien se atreva a gritarte en mitad de la calle, muchas veces ya te ha hecho sentir ridícula en privado mil veces.

Antes de que se atreva a controlarte el teléfono, ya te ha llamado exagerada por celos.

Antes de que te dé el primer empujón contra la pared, ya te ha convencido por las buenas de que igual el problema de todo lo que va mal eres tú y solo tú por no saber entender sus bromas.

El río seguía corriendo detrás de ellos, con su murmullo monótono, indiferente a la tragedia humana y a la vez necesaria para llenar el vacío.

—Y llega un momento en la vida —continuó Noa, sintiendo que la voz se le quebraba— en que el cuerpo ya no es capaz de distinguir una simple broma de una maldita amenaza. El cuerpo solo salta para defenderse porque recuerda el golpe.