Capítulo 15 — Lo Que El Viento No Perdona #2
El camino salió de Infiesto entre calles húmedas que aún brillaban por el rocío y pronto se fue metiendo entre pomaradas, prados verdes y pequeñas carreteras secundarias de asfalto agrietado.
No era la Asturias abrupta y cortante de Ubiña, ni el verde hondo y misterioso de Brañagallones.
Era una Asturias más habitada, más domesticada y cercana, donde los caminos parecían llevar siempre a una casa, a una huerta familiar, a un llagar de sidra, a alguien que había madrugado mucho antes que ellos.
Ayko caminaba junto a Elías. Esta vez llevaba la libreta abierta en la mano, no la cámara. Su dedo índice recorría los trazos a lápiz.
—He vuelto a mirar los símbolos del manuscrito y a compararlos con los petroglifos de las brañas —dijo en voz baja—. El círculo con rayos aparece siempre cerca de los cambios de tiempo o en los pasos altos. Pero aquí, en los valles, también aparece cerca de lugares habitados muy antiguos.
—Como si fuera una marca de protección para la comunidad —respondió Elías, entornando los ojos por el reflejo del sol.
—O una advertencia para los que vienen de fuera.
—A veces es exactamente lo mismo, Ayko. La linde que te protege a ti es el muro que expulsa al otro.
Ella sonrió de lado, apuntando algo en el margen de la hoja.
—Esa frase la escribirías tú en uno de tus ensayos.
—Probablemente ya lo he hecho y lo he olvidado. Para eso sirve cumplir años, para citarte a ti mismo como si fueras un extraño inteligente.
Un poco más atrás, Alex caminaba en paralelo con Noa y Laila.
Durante un buen rato la conversación giró sobre naderías: el drama de los calcetines mojados que no secan en la mochila, los desayunos infames de algunos hostales, lo raro que era echar de menos una cama limpia y a la vez sentir pánico por tener que volver a la rutina de la ciudad.
Pero bajo esas frases livianas había otra cosa, un hilo invisible que se tensaba y se aflojaba entre los tres, un eco del día anterior en Infiesto.
Noa iba más callada que de costumbre, con la mirada perdida en la línea blanca del arcén. Laila se dio cuenta del cambio de ritmo.
—Hoy estás rara, Noa. Llevas dos kilómetros sin protestar por el barro.
—Hoy pienso demasiado, supongo. El llano me sienta mal.
—Eso no es raro en ti —dijo Alex con tono ligero, intentando pincharla para sacar una reacción.
Noa lo miró de reojo, con una fijeza que heló la broma.
—Tú qué sabrás de lo que es raro en mí, Alex. No tienes ni idea.
El comentario salió más seco, más duro de lo que pretendía.
Alex levantó las cejas, sorprendido por el golpe, pero tuvo el buen juicio de no contestar y mirar hacia los árboles.
Laila siguió caminando en silencio, manteniendo el paso regular.
A veces sabía que intervenir demasiado pronto rompía cosas que necesitaban salir por su propio peso.
Delante, Mateo marcaba un ritmo constante, asimilando los kilómetros sin aparente esfuerzo.
El paisaje acompañaba sin imponerse. Casas dispersas de piedra y teja, muros divisorios cubiertos de hiedra, manzanos cargados, el olor dulzón y ácido de la fruta madura caída en el suelo en algunos tramos de la calzada.
Nava ya estaba en el horizonte emocional de la etapa, aunque aún quedaran bastantes kilómetros por desgastar.
A media mañana pararon junto a un lavadero antiguo de piedra gris. El agua corría limpia y furiosa por un canal. Había un banco de madera cubierto de musgo y una pequeña explanada de hierba donde dejaron caer las mochilas con un suspiro unísono.
Paula se sentó de golpe, estirando las piernas.
—Cinco minutos —dijo Mateo, consultando el reloj—. Bebed agua, aunque no tengáis sed ahora mismo.
—Eso también vale como consejo para la vida en general —murmuró Elías, dándole un trago a su cantimplora.
Bruno se giró hacia él, resoplando.
—Tú no descansas nunca la cabeza, ¿verdad, profesor? Tienes que sacarle punta a todo.
—Descanso escribiendo frases insoportables en mi mente. Es mi cruz.
—Al menos lo reconoces abiertamente. Eso te salva del paredón.
Rieron los tres. El eco de las risas rebotó en las paredes del lavadero.
Fue entonces cuando un hombre de mediana edad, con un mono de trabajo azul gastado y una cesta de mimbre cargada de manzanas, pasó junto a ellos. Se detuvo al ver el despliegue de mochilas de colores. Miró al grupo, sonrió mostrando unos dientes desiguales y levantó la mano libre.
—¿De ruta, rapaces?
—La 365 —respondió Mateo, levantándose para estirar la espalda.
—Pues vais bien cargaos, de caray. ¿Hasta Nava hoy?
—Eso es. Si las piernas aguantan.
El hombre dejó la cesta un momento en el suelo, aliviando el peso, y se secó el sudor de la frente con la manga.
—Pues cuidado con llegar a la villa creyendo que lo difícil de este viaje ya pasó. En Nava la sidra tiene una costumbre muy mala: tira de la lengua que da gusto.
Bruno abrió los brazos, recuperando el tono bromista.
—Por fin una amenaza en este camino que entiendo y que estoy dispuesto a afrontar.
El hombre soltó una carcajada ruidosa.
—La sidra y el cansancio del camín son mala mezcla pa guardar secretos, probe de mí. Tened cuidao.
Noa, que bebía agua de pie apartada del resto, soltó la botella y dijo en voz alta, fija en el paisano:
—A veces igual el problema es ese. Que hay que dejar de guardarlos de una puta vez.
El hombre se quedó un momento descolocado. No supo si aquello iba con él, si era una clave de los excursionistas o una salida de tono. Se encogió de hombros con parsimonia, cogió la cesta de mimbre por el asa y siguió su camino bordeando el lavadero.
—Eso ya ye cosa vuestra, ho —dijo sin mirar atrás—. Yo bastante tengo con lidiar con les manzanes y el precio que las pagan. Buen camino.
Pero las palabras de Noa no se fueron con el paisano, se mantuvo dura y punzante sobre el ambiente enrarecido por el miedo y la ira, como el hielo, frío y pesado.
Pasado — El hombre del hierro
El herrero se llamaba Gael.
Les dejó quedarse en un pequeño cobertizo abierto que adosaba a la fragua.
No era un lugar cómodo; el suelo era de tierra batida y el aire traía siempre un polvillo negro que se metía en los ojos y en la garganta, pero estaba seco y el calor residual del yunque templaba la madera.
Para Arawen, después de tantos días durmiendo a la intemperie con un ojo abierto y la mano en la empuñadura, aquello ya se sentía como una forma de lujo.
Gael no era un hombre amable. Tampoco era cruel.
Se movía y hablaba como quien ha tomado la determinación firme de no gastar un solo gramo de energía en adornos innecesarios.
Les dio agua limpia de un pozo, un caldero con algo de caldo de berzas y un trozo de pan oscuro y duro que hubo que mojar para poder tragarlo.
Después de eso, volvió al yunque, ignorándolos por completo, como si el grupo no fuera más que otra parte del humo que escapaba por las vigas.
Arawen se quedó de pie en el límite del cobertizo, observándolo trabajar durante horas.
El hierro cambiaba de naturaleza bajo sus manos con una docilidad pasmosa.
Primero era solo una barra informe, oscura, fría.
Luego, tras pasar por las brasas sopladas por el fuelle, salía roja, casi incandescente, blanda, viva.
Entonces venía el castigo. Golpe tras golpe, el metal empezaba a obedecer una lógica que no era la suya.
Pero no se convertía en algo útil de la noche a la mañana.
Había que calentarlo, golpearlo, volver a meterlo al fuego, corregir la curva, enfriarlo en el agua y escuchar con atención cómo sonaba el metal al recibir el impacto.
Arawen pensó, con el mentón apoyado en la madera, que quizá las personas se forjaban exactamente de la misma manera: no en los momentos de calma y luz, sino en los golpes repetidos que te aplastan sin llegar a romperte del todo.
Gael habló de golpe, sin levantar la vista de la pieza que templaba y sin detener el ritmo de su brazo.
—Si vas a pasarte la tarde mirando, al menos mira bien.
Ella se enderezó de inmediato, cruzándose de brazos para disimular la sorpresa.
—Estoy mirando bien.
—No. Estás imaginando historias en tu cabeza. Eso es distinto. El metal no entiende de historias.
Arawen frunció el ceño, molesta por el tono de superioridad del viejo.
El herrero sacó la pieza incandescente del fuego con las tenazas y la dejó caer sobre la superficie plana del yunque con un eco sordo.
—El hierro no se convence con palabras ni con deseos, muchacha.
Se trabaja con el cuerpo. Si golpeas con rabia en el brazo, el metal se abre y se arruina.
Si golpeas con miedo a quemarte, se dobla mal y pierde la línea.
Si golpeas sin escuchar el tono del golpe, se partirá en dos cuando más lo necesites en mitad de la batalla.
Se giró de golpe y le tendió el mango de madera del martillo. Arawen no se lo esperaba. Tardó un segundo en reaccionar.
—Cógelo —ordenó Gael.
—Pesa demasiado.
—Claro que pesa. Es hierro para domar hierro. Agárralo.
Lo sostuvo con ambas manos. El mango de fresno estaba caliente por el sudor y el uso del propio herrero. Quemaba un poco en las palmas desnudas. Gael señaló con el dedo la barra roja que empezaba a perder color sobre el yunque.
—Golpea ahí. En el centro.
Arawen levantó el martillo con un esfuerzo que le tensó los tendones del cuello y descargó el golpe. Sonó torpe, un impacto sordo y descentrado. El martillo vibró tanto que casi se le escapa de las manos. El hierro apenas sufrió un rasguño.
Taran, sentado en una banqueta en el cobertizo, soltó una sonrisa burlona.
—Vas a necesitar algo más de músculo si quieres ganarte el jornal aquí, Arawen.
Gael giró la cabeza hacia él con la velocidad de un reptil.
—Y tú vas a necesitar menos boca si quieres conservar los dientes en su sitio antes de que acabe la noche.
Briga soltó una risa breve detrás de su mano. Lía también sonrió, aliviada por el corte. Hasta Liana pareció relajar las facciones desde su rincón oscuro.