El susurro del cuervo blanco Capítulo 15 — Lo Que El Viento No Perdona
74%

Capítulo 15 — Lo Que El Viento No Perdona

Pasado — El hierro y el nombre

La lluvia había caído durante toda la noche sobre el techo de ramas, sobre la tierra removida y sobre los mantos extendidos cerca del fuego.

No había sido una tormenta furiosa, sino una lluvia paciente, de esas que no golpean para destruir, sino para recordarle a todo lo vivo que la montaña manda incluso cuando parece estar dormida.

Arawen abrió los ojos antes de que amaneciera del todo.

Durante unos instantes no se movió. Escuchó.

El goteo lento de las hojas. La respiración de Lía, más tranquila que días atrás.

El pequeño ronquido de Taran, que dormía con un brazo sobre la cara.

Briga estaba despierta, sentada al otro lado de las brasas, mirando el fuego con esa seriedad suya que parecía venir de un lugar más antiguo que su edad.

Liana no estaba.

Arawen se incorporó despacio. La vara de espiral descansaba a su lado, salió al exterior. El bosque olía a humedad, a corteza abierta, a tierra negra. La encontró junto a una piedra plana, removiendo unas hierbas dentro de un cuenco. Liana no levantó la vista.

—Hoy dejamos el río —dijo.

Arawen se ajustó el manto sobre los hombros.

—¿Por qué?

—Dejamos el río porque los ríos llevan agua, pero también llevan noticias.

Aquella frase la inquietó más que una amenaza directa. Desde que habían llegado al valle, Arawen había empezado a entender que todo se movía, aunque pareciera quieto: el agua, el humo, los animales, los rumores, los hombres del rey. Nada permanecía en un sitio. Ni siquiera el miedo.

—¿Nos buscan? —preguntó.

Liana dejó de remover el cuenco.

—Buscan lo que creen que puede unir a quienes ellos quieren separados.

Arawen pensó en su padre, Einar. En su forma de hablar al clan. En sus manos grandes sujetando la lanza. En su voz aquella noche, cuando le había dicho que no todos volvían al mismo sitio.

—Buscan a mi padre.

Liana no contestó enseguida. Ese silencio fue peor que cualquier respuesta.

—Eso creen algunos —dijo al fin.

Arawen sintió que el aire se le hacía más estrecho.

—¿Andas con rodeos conmigo? ¿Tú qué crees, Liana?

La mujer levantó por primera vez la mirada. Tenía los ojos oscuros, cansados, pero no fríos.

—Creo que los nombres no siempre pertenecen a quien los pronuncia primero, Arawen. Y tu padre no es el único que carga con el Cuervo.

Arawen no entendió. O quizá sí, pero su cuerpo se negó a aceptar el sentido. Detrás de ellas, Taran salió del refugio bostezando y rascándose la nuca. Miró el cielo plomizo y luego a las dos mujeres.

—¿Hacia dónde vamos entonces si el río está maldito?

Liana señaló las montañas cubiertas de niebla, hacia el oeste.

—Hacia un hombre que conoce el hierro. Y hacia una verdad que ninguno de vosotros está preparado para oír.

Taran hizo una mueca y se encogió de hombros.

—A estas alturas me conformaría con un pedazo de pan.

—El pan también se gana con el lomo doblado —respondió Liana, guardando sus hierbas—. En marcha.

Caminaron durante horas entre senderos estrechos, subiendo y bajando laderas donde el barro se pegaba a las sandalias y las ramas bajas arañaban las mejillas.

El bosque se fue haciendo más cerrado, más oscuro, pero no daba la sensación de amenaza.

Era un bosque que observaba, no uno que atacaba.

Arawen avanzaba detrás de Liana, intentando imitar su forma de pisar.

La mujer nunca parecía tener prisa. Nunca miraba demasiado al suelo. Y, sin embargo, no tropezaba jamás.

A media tarde, cuando la niebla empezó a romperse en jirones, escucharon golpes.

Metal contra metal.

Un sonido seco, repetido, limpio.

Taran se detuvo en seco, aguzando el oído.

—Eso no es un hacha talando madera. Es demasiado agudo.

—No —dijo Liana, reanudando la marcha—. Es alguien hablando con el fuego.

El claro apareció de pronto. No era grande, pero estaba trabajado por manos humanas.

Bajo un cobertizo de madera oscura, un hombre golpeaba una barra de hierro al rojo sobre un yunque.

Cada martillazo soltaba chispas que morían antes de tocar el suelo.

A su alrededor había herramientas, piezas a medio hacer, cuchillos, bisagras, clavos, argollas, restos de espadas rotas que parecían huesos de guerras antiguas.

El hombre levantó la cabeza.

Tenía los hombros anchísimos, la barba gris mezclada con negro y una cicatriz profunda que le cruzaba la ceja izquierda. No parecía sorprendido de verlos. Parecía cansado de acertar.

—Traes problemas, Liana. Siempre traes lo mismo en el fardo.

—Traigo gente viva —respondió ella, dando un paso al frente.

—A veces es exactamente lo mismo.

El herrero dejó el martillo pesado sobre el yunque con un golpe seco y clavó la mirada en Arawen.

No miró primero a Taran, que era más alto y llevaba la mano cerca del pomo de su arma.

Ni a Lía, que aún arrastraba cierta debilidad en la zancada.

Ni a Briga, que observaba cada objeto del taller como si pudiera leer las vidas de quienes los usaron. La miró a ella. Directo a los ojos.

—¿Nombre?

Arawen sintió que aquella pregunta no era una cortesía, sino un desafío a su propia existencia.

—Arawen.

El hombre no se movió, pero algo cambió en su cara. Una sombra mínima, un reconocimiento, o un miedo viejo que volvía a despertar.

—Mal momento para llamarse así por estas tierras.

Taran dio un paso al frente, interponiéndose ligeramente.

—¿Qué quiere decir eso? Habla claro, herrero.

El herrero recogió una pieza de hierro candente con unas tenazas largas y la hundió en un cubo de agua. El vapor subió de golpe, blanco, espeso y violento, inundando el cobertizo.

—Quiere decir que los soldados del rey andan peinando los valles bajos. Buscan al Cuervo Blanco.

El mundo pareció detenerse un instante bajo el techo de madera.

Lía miró a Arawen con los ojos muy abiertos. Briga bajó la vista hacia el suelo cubierto de escoria. Taran apretó la mandíbula hasta que le dolió.

—Buscan a Einar —dijo Arawen, demasiado rápido, sintiendo que el corazón le daba un vuelco.

El herrero la miró de nuevo, con una mezcla de lástima y dureza.

—Eso dicen los que necesitan creer que el futuro siempre tiene barba, cicatrices y una lanza en la mano. Pero el Cuervo no es un hombre, muchacha.

Liana no apartó los ojos del fuego de la fragua. Permaneció en silencio, como si ya hubiera escuchado aquellas palabras mil veces en su cabeza.

Arawen sintió por primera vez que todos sabían algo menos ella. Que se movían en una obra de teatro donde ella era la única que no tenía el texto.

Y aquello, más que miedo, la enfadó profundamente.

Presente — El camino largo hacia Nava

Infiesto amaneció con un gris tranquilo.

No era un gris de amenaza, sino de rutina: persianas que subían con un quejido metálico, panaderías que abrían sus puertas dejando escapar el calor, el olor a café saliendo de los bares, vecinos cruzando la calle con bolsas de compra mientras nueve caminantes ajustaban mochilas en la acera como si fueran a atravesar otro mundo.

Después de tantos días de montaña, el ruido pequeño del pueblo les resultaba extraño, casi agresivo. Coches, voces, puertas que se cerraban, una radio encendida en alguna cocina lejana. La vida de los demás seguía funcionando sin pedirles permiso ni disculpas.

Mateo revisó el grupo antes de salir. Lo hacía siempre igual, de reojo, casi sin que se notara: el ajuste de las botas, la altura de los bastones, la tensión en las correas de las mochilas, las caras. Sobre todo, las caras.

—Hoy entramos en el corazón de la sidra —dijo Mateo, rompiendo el murmullo de la calle—.

Vamos hacia Nava. No vais a ver grandes cumbres ni desniveles de infarto, pero id abriendo los sentidos: cada rincón nos va a inundar con el aroma de las pomaradas y el olor agridulce de los llagares.

Pero ojo, no os confiéis. Caminar entre llanos y manzanos también cansa, y los días largos donde falta la épica de la roca a veces pesan más en las piernas porque la mente no tiene dónde agarrarse.

Así que disfrutad del paisaje, pero no os me durmáis.

—Eso es porque los días llanos no tienen una buena campaña de marketing. ¡NO SON ÉPICOS! —grito Alex, acomodándose la cinta de la cámara.

Noa lo miró con media sonrisa, una mueca descolorida.

—Mira quién habla del tema. El rey del contenido.

Alex levantó las manos en señal de rendición.

—Oye, que estoy en proceso de rehabilitación. Un respeto al paciente.

—Todavía no te damos el alta, chaval —añadió Laila, dándole una palmadita en la espalda—. Te quedan muchos kilómetros de silencio para desintoxicarte.

La broma fue suave. Cómoda. Ya no sonaban como desconocidos intentando agradarse o midiendo las palabras por miedo a meter la pata, sino como personas que habían compartido frío, barro, hambre y silencios espesos.

Paula abrió una bolsa de papel y repartió unas galletas que había comprado temprano en la villa.

—Tomad. Para la moral. Y para que Bruno no empiece a filosofar sobre la existencia con el estómago vacío, que se vuelve insoportable.

Bruno aceptó una con una reverencia exagerada.

—Me siento profundamente utilizado como recurso humorístico de este grupo. No hay respeto por el pensamiento abstracto.

—Y funcionas muy bien en ese papel, no te quejes —dijo Irene.

Él la miró un segundo más de lo normal. Sus ojos se cruzaron.

Irene sostuvo la mirada, pero enseguida bajó la vista hacia la correa de su mochila, reajustando un cierre que ya estaba cerrado.

Últimamente hacía eso: retirarse justo antes de que algo pudiera volverse demasiado sincero, levantar el muro antes de que alguien tocara la piedra.