Capítulo 14 – Donde El Camino Se Reconoce #3
—Entramos en pueblo grande, güajes —dijo Mateo, deteniéndose y volviéndose hacia ellos con el rostro y los ojos bien abiertos—.
Os pido un favor: no corramos. Ya os huelo desde aquí las ganas de asaltar el hostal, pero no entremos como una horda de bárbaros desesperados por una ducha y una cerveza.
No seamos unos pisapraos , hombre. No venimos aquí de turisteo a avasallar a los paisanos ni a invadirles el pueblo; que se note que somos montañeros y sabemos respetar el suelo que pisamos.
El camino de La365 no se termina en esta acera, simplemente descansa hoy.
Así que sacudíos un poco el barro, mantened la cadencia y entrad con la dignidad que os habéis ganado ahí arriba.
Infiesto apareció ante sus ojos con todo su despliegue de ruidos cotidianos: el rugido de los motores de los coches, el quejido de las persianas metálicas de los comercios, voces cruzadas en las esquinas, la vida acumulada de la gente que no caminaba.
Tras más de una semana sumergidos en la solemnidad de la cordillera, aquel contraste de civilización los golpeó en la cara con más violencia que cualquier subida a un puerto de montaña.
Irene se detuvo en mitad de la acera, llevándose una mano a la sien, visiblemente abrumada.
—Me marea esto —confesó, entornando los ojos—. Es… como si el mundo hubiera seguido funcionando exactamente igual de bien sin que nosotros estuviéramos en él.
Elías la miró con una ternura madura, acomodándose la mochila sobre los hombros.
—Es que ha seguido, Irene. El mundo no se detiene a esperar a los caminantes. Y eso, aunque nos duela el orgullo admitirlo, también está jodidamente bien. Nos devuelve a nuestro verdadero tamaño.
En el alojamiento rural, el grupo se sumergió en los pequeños milagros de la rutina urbana: duchas largas con agua hirviendo que desprendían el barro de los tobillos, ropa limpia extendida en los radiadores de hierro y camas de sábanas blancas que, tras las noches de saco y esterilla, se sentían casi como un exceso obsceno.
Durante la cena, celebrada alrededor de una mesa larga en el comedor del Hostal, nadie habló al principio. El cansancio era una losa física sobre los platos de guiso. Fue Irene quien rompió el hielo, dejando el vaso de agua sobre el mantel con un golpe seco.
—Hoy he pasado tres kilómetros enteros pensando en llamar a mi madre —dijo, mirando al centro de la mesa.
—¿Para contarle cómo te van las ampollas? —preguntó Bruno con tono suave.
—No —respondió Irene, y una sombra de verdad asomó en sus ojos—. No para contarle nada de mí. Quería llamarla simplemente para escuchar su voz al otro lado de la línea. Para saber que sigue ahí mientras yo deshago kilómetros.
Laila levantó la vista de su plato, sosteniendo la mirada de Paula con una fijeza balsámica.
—Yo he pasado la tarde tomando una decisión —confesó la mujer—.
He decidido que la próxima vez que las cosas se pongan feas en mi entorno, no voy a huelga de hambre ni voy a coger un billete de avión para desaparecer del mapa.
He pensado en no huir. En quedarme a ver qué pasa cuando sostienes el tirón.
Noa sonrió desde su esquina, una mueca rota, cansada, pero desprovista por primera vez de esa ironía defensiva que solía usar como escudo contra el grupo.
—Pues yo he pensado algo mucho más simple y asqueroso —dijo, apoyando los codos en la madera—. He pensado que quizá… solo quizá… no necesito llegar a Santiago, ni a Finisterre, ni a ningún maldito sitio del mapa para empezar a estar bien conmigo misma. Que igual el sitio era este trozo de mesa.
El silencio regresó a la estancia, pero ya no era el silencio pesado del agotamiento físico; era un silencio espeso, limpio, cargado de un respeto mutuo que se había ido fraguando a base de kilómetros compartidos.
Mateo los miró uno a uno a los ojos, deteniéndose en cada rostro, en las marcas de la solana y las ojeras del esfuerzo. Dejó caer las manos sobre la mesa con parsimonia.
—Eso que acabáis de decir … eso no os lo enseñó la montaña, muchachos —sentenció con una voz baja que resonó en todo el comedor—.
La montaña solo os puso las piedras y el barro en el camino.
Eso os lo habéis enseñado vosotros mismos.
Caminando juntos. Aprendiendo a no apartar la mirada cuando el otro se rompe en el sendero.
Piloña
En las tierras del tiempo pasado, la joven Arawen comprendía una lección fundamental de gobierno en la llanura del valle: asimilaba que guiar a un pueblo no consiste en la imposición ciega del grito o la lanza, sino en el acto humilde de dejar huellas nítidas y señales claras en mitad de la niebla para que los que vienen detrás conserven la capacidad de elegir su propio rumbo.
En el plano de la realidad presente, nueve caminantes alcanzaban los umbrales de Infiesto y experimentaban un vuelco inesperado en las entrañas: no sintieron el alivio vulgar del que completa un registro de kilómetros en un diario de viaje, sino un respeto profundo, sagrado, por toda la distancia recorrida y por las cicatrices expuestas en mitad de la marcha.
El camino por la cordillera asturiana seguía su curso implacable sobre el papel.
Pero ya no era únicamente un trazo de tinta o una línea topográfica sobre la tierra húmeda.
Era una suma de decisiones difíciles. De silencios compartidos sin incomodidad.
De personas heridas que empezaban a reconocerse en los ojos del prójimo.
Y cuando el sendero se reconoce de esa manera, con la piel expuesta, ya no se vuelve a caminar igual.