El susurro del cuervo blanco Capítulo 14 – Donde El Camino Se Reconoce #2
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Capítulo 14 – Donde El Camino Se Reconoce #2

El ambiente en el sendero se volvió denso, mucho más pesado que la niebla que empezaba a levantarse. El grupo continuó caminando, dividiéndose de forma instintiva en pequeños bandos; la distancia entre sus botas reflejaba ahora la fractura de sus propias ideologías.

Paula, cerrando la fila en un segundo plano, observaba en silencio cómo la hostilidad del mundo exterior, la misma de la que todos huían, lograba colarse de golpe a través de las rendijas del telediario para emponzoñar la caliza asturiana.

Mateo que escucho la “discusión” tomo la palabra, siempre en los grupos había roces y líneas rojas, que eran mejor no cruzar, por el bien del grupo.

—Equipo creo que esta conversación, necesita un tono sereno.

La realidad es que hay temas que mejor no tocar, o igual hay que empezar a abordar de una manera más constructiva y más con intención de sumar y no dividir.

El sendero es capaz de unir caminos, pero también de dividirlos, cada uno es libre de elegir qué sentido tomar, pero lo que nunca debemos perder es el respeto por la vida de los demás.

Pasado — El peso de elegir

Al mediodía, el valle sufrió un estrechamiento repentino.

Las laderas de la montaña se vinieron encima, cubiertas de un bosque de hayas viejo y cerrado que bloqueaba la luz del sol.

A lo lejos, entre la maleza, se apreciaban un par de cabañas dispersas de las que salía un hilo de humo completamente recto.

Arawen se detuvo en seco en mitad de la bifurcación. El río seguía hacia la izquierda, bordeando la falda del monte; hacia la derecha, un sendero apenas visible se internaba en la espesura de la arboleda.

—Aquí decidimos —dijo, volviéndose hacia el grupo.

—¿El qué? —preguntó Lía, que venía exhausta, apoyándose en el hombro de Taran.

—Si seguimos el curso del agua o si cruzamos el bosque de frente para cortar camino.

Taran entornó los ojos, analizando la densidad de las nubes que empezaban a acumularse en el cordal superior.

—El río es bastante más largo, Arawen. Nos llevará toda la tarde rodear la ladera. Pero el terreno es llano, seguro. No hay pérdida posible.

—El bosque es corto —añadió Briga desde la retaguardia, con esa voz fría que parecía no tener edad—. Y silencioso. Nadie nos verá entrar ahí dentro.

Arawen cerró los ojos un instante largo.

Escuchó el latido de su propio corazón, el rumor constante del agua contra las rocas y el susurro de las hojas secas movidas por el viento del norte.

Pensó en el abuelo de la joven de las manzanas, en los cantos rodados calizos, en las señales que se dejan para que otros tengan la opción de no perder la vida en la niebla. Pensó en el peso de la visibilidad.

—Vamos por el río —decidió, abriendo los ojos y clavando la mirada en el sendero abierto.

Taran la miró con extrañeza.

—Nos exponemos demasiado, Arawen. Si hay patrullas del rey abajo, nos verán desde los altos.

—Que nos vean pasar —respondió ella con una firmeza que le sorprendió a sí misma—. Que sepan que los Branwen siguen vivos en el valle y que no nos estamos escondiendo como alimañas en las cuevas. Que sepan que seguimos en pie.

Nadie cuestiono el mandato. Liana mantuvo la vista fija en la corriente, con una sombra de aprobación en las facciones.

Arawen experimentó entonces una sensación inédita: no fue un alivio por haber tomado una determinación, sino un peso inmenso, sordo, que le cayó directamente sobre los hombros.

La responsabilidad real. Entendió que elegir ya no consistía únicamente en una estrategia ciega para sobrevivir un día más; elegir era, por encima de todo, una forma de mostrarse ante el mundo.

Aquella misma tarde, al pasar junto a una braña deshabitada, encontraron un muro de división de fincas derribado.

Las piedras calizas estaban esparcidas por el camino, entorpeciendo el paso.

Sin mediar palabra, Arawen dejó su fardo en el suelo y empezó a recoger los bloques pesados para encajarlos de nuevo en la estructura.

Taran y Briga se sumaron al esfuerzo. Nadie les había pedido ayuda.

Nadie les agradeció la labor en voz alta al terminar.

Pero cuando reanudaron la marcha, el muro volvía a estar en pie, firme, desafiando a la gravedad.

Lía se giró un segundo antes de que la arboleda ocultara la finca.

—Eso queda —dijo en un susurro.

Arawen no levantó la vista del sendero, pero apretó los puños.

—Eso importa, Lía. Aunque nadie sepa quién puso la piedra.

Presente — La entrada en Infiesto

Las últimas tres horas de la etapa hacia Infiesto se transformaron en un ejercicio de paz y serenidad.

El cuerpo de los nueve caminantes ya no buscaba la conversación, ni la anécdota, ni la reflexión filosófica; pedía únicamente la rutina mecánica de la supervivencia: el impacto rítmico del bastón, la cadencia de la respiración en el pecho y la mirada fija en la línea blanca del arcén para no perder el equilibrio.

Mateo alzó la mano izquierda, deteniendo la marcha del grupo justo antes de cruzar el último puente de hormigón que daba acceso al casco urbano de la villa.