Capítulo 13 — Donde El Camino Se Vuelve Humano
Pasado — El valle habitado
El verde infinito y la salvaje soledad de las alturas no se terminaron de golpe; más bien fueron dejando paso, poco a poco, a un paisaje mucho más humano.
Al dejar atrás los gruesos muros de piedra del refugio, el valle empezó a mostrar los rastros del trabajo de los hombres: muros bajos de piedra seca que separaban los prados, senderos marcados por el paso de los carros y los animales durante siglos, y árboles podados con el cuidado de antes.
El bosque ya no parecía una frontera peligrosa o una amenaza para los fugitivos; ahora se sentía como un vecino acogedor.
Arawen se dio cuenta de ese cambio enseguida.
—Aquí la gente ha aprendido a vivir y a echar raíces —dijo la muchacha, parándose un momento—. No se limitan a huir o a pasar de largo como nosotros.
Liana caminaba a su lado, apoyándose en su gruesa vara de madera.
—Y precisamente porque es un suelo habitado, aquí mandan unas normas que nadie dice en voz alta —le respondió la curandera con calma—. Cuando un sitio está lleno de gente, no basta con saber caminar sin caerte por un barranco; es obligatorio aprender a saber estar con los demás.
A mitad de camino, el grupo se encontró con un anciano que arreglaba un cercado de madera rota.
El hombre levantó la vista de su tarea sin asustarse ni sorprenderse al ver llegar a gente desconocida; parecía que estuviera esperando su visita desde siempre.
No hizo amago de coger ningún arma para defenderse.
Aquella tranquilidad fue la mejor respuesta para los temores de los caminantes.
—Buenas tardes tengamos en esta braña —saludó Liana, inclinando la cabeza con respeto—. Queremos cruzar hacia el norte. Le aseguro que no dejaremos ningún rastro a nuestro paso.
El anciano miró a los miembros del grupo uno a uno, con la calma de quien ha visto pasar demasiadas caras a lo largo de su vida.
—A la gente de este valle no le molesta que dejéis huella en el suelo —respondió el hombre, apoyando los brazos en la valla—. Lo que de verdad rompe la paz de esta tierra es el ruido innecesario y las prisas.
Arawen bajó la mirada hacia sus botas, sintiendo que la advertencia iba por ellos.
—No llevamos nada de eso en el zurrón, señor.
El hombre asintió con la cabeza, conforme, y señaló el camino apuntando con la barbilla hacia el fondo del valle.
—Entonces, seguid bajando junto al río. Cuando caiga la tarde, pedid cobijo en la aldea de Campu. Allí nadie os va a preguntar de dónde venís; lo único que os pedirán es que ayudéis a cerrar las puertas del pueblo cuando el viento de la montaña sople con fuerza.
Siguieron caminando por donde les había dicho. Arawen sintió algo nuevo en el pecho: no era la agobiante sensación de sentirse vigilada ni el miedo a que la atraparan; era, más bien, una gran responsabilidad. Sentía que el propio suelo que pisaba miraba con atención cada uno de sus pasos.
—Esto que ves también es una forma de poder —comentó Liana, mirando las techumbres lejanas—. El verdadero poder no es solo saber manejar bien una espada; es saber vivir en paz con la tierra y con tus vecinos.
Arawen guardó esa frase en lo más hondo de su mente, como se guardan las palabras importantes: sin necesidad de repetirlas a cada rato en voz alta.
Presente — Brañagallones se queda atrás
El amanecer en el Refugio de Brañagallones llegó en completo silencio. El fondo del valle parecía estar todavía dormido, envuelto en una capa espesa de niebla baja que flotaba a pocos centímetros de los prados.
Mateo habló en voz muy baja, como quien no quiere despertar a un ser querido.
—Atentos …..Toca planning …….Hoy vamos a bajar definitivamente hacia Campo de Caso —anunció como todos los días, mirando el GPS—.
Tenemos por delante veintiocho kilómetros.
No es un camino difícil, no tiene pasos peligrosos, son unos cuantos kilómetros como os habréis dado cuenta.
Y hoy… hoy vamos a empezar a cruzarnos con gente.
—¿Eso es un aviso de seguridad o una amenaza, Mateo? —bromeó Bruno, mirado a su alrededor a los demás.
—Es un recordatorio —le respondió Mateo muy serio, pero con voz tranquila—.
Una advertencia para que no olvidemos que no estamos solos en mitad de la montaña.
— Es una buena costumbre saludar al cruzarse con otros montañeros, aunque se están perdiendo los buenos hábitos, con tanto turisteo de montaña—matizo Mateo con cara resignada.
—Tranquilo Mateo, por nosotros no será, ya ves que cada vez nos gusta hablar más ……—le respondió Noa.
Todos rieron y salieron del refugio con las pilas cargadas y una complicidad que hacía que el grupo desprendiera energía positiva.
El sendero empezó a bajar al lado del río Monasterio.
Era un camino ancho y fácil de pisar. Fueron pasando puentes de madera de carbayu, prados abiertos al sol y cabañas de pastores repartidas por las laderas.
El paisaje de Redes había cambiado: ya no tenía esa épica de la alta montaña, sino el aire tranquilo de la vida diaria del campo.
—Este sitio parece el escenario perfecto para que pasen las cosas más importantes de la vida sin que nadie fuera se entere —observó Laila, mirando el humo de una chimenea lejana.
—Los cambios más importantes de la vida siempre ocurren así, sin hacer ruido —la apoyó el profesor Elías, recolocándose las gafas.
En un recodo del camino, el grupo se cruzó con un pastor joven. Iba con dos perros que se movían muy atentos, controlando a un rebaño de ovejas que parecía obedecer a unas órdenes invisibles.
— Buenos días —saludó Mateo.
— Buen día tengan ustedes —respondió el chaval, parándose y apoyándose en su vara de avellano—. ¿Vienen de arriba, de Brañagallones?
—Sí, de allí venimos —confirmó Mateo.
—Pues dense un buen homenaje de comida en cuanto lleguen abajo. En este lado de la montaña, el camino cansa el cuerpo de una forma muy distinta a las cumbres afiladas.
—Así lo haremos, acabamos de desayunar, pero tengo una fame—salto Alex, con los ojos como platos.
El grupo siguió bajando hacia las primeras brañas habitadas del valle.
Irene decidió acortar el paso y dejarse caer hasta la cola de la fila para caminar al lado de Paula.
El murmullo constante del río Monasterio las acompañaba, pero Irene tardó unos minutos en romper su propio silencio, mirando de reojo los tejados de piedra de las primeras cabañas que asomaban entre los prados.
—Se me hace rarísimo, Paula... —confesó Irene, cruzándose de brazos mientras caminaba—.
Al ver estas casas y cruzarme con algún vecino...
no sé, me ha entrado una sensación muy extraña.
Llevo meses huyendo del ruido de Londres, de la gente, de la realidad del día a día.
Y ahora que volvemos a la civilización, me da pánico.
Se me hace extraña cualquier persona que no sea de nuestro grupo.
Es como... miedo a volver a enfrentarme a la realidad, a los problemas que dejé allí abajo.
Paula la escuchó con una calma infinita, manteniendo el paso firme sobre la senda. Sonrió con un deje de amargura y asintió despacio.
—Pues ya ves,... Yo, desde lo de mi marido, decidí que ya no me enfrento a nada.
Irene se detuvo en seco, clavando los bastones en la tierra. Se giró hacia la vasca con los ojos muy abiertos, completamente descolocada.
—¿Tu marido? Paula... lo siento, yo no sabía nada. No tenía ni idea de que...
—De que había fallecido, ya lo sé —le interrumpió Paula con suavidad, obligándola a reanudar la marcha con un gesto cariñoso en el hombro—.
No pasa nada, Irene. No suelo ir contándolo por ahí.
Al principio te encierras, te da miedo el mundo y crees que no vas a poder arrancar.
Pero la vida sigue, ¿sabes? Sigue y no te espera.
He aprendido que hay que aprovecharla cada minuto.
Al final, lo único real que nos queda son las experiencias que vivimos, lo que compartimos con los demás...
Eso es lo único que nos llevamos al hoyo.
Irene guardó silencio. La respuesta de Paula le había golpeado directamente en el pecho, justo donde dolía. No supo qué contestar, así que se limitó a clavar la mirada en las piedras del camino para ocultar la tormenta que llevaba por dentro.
Pensó en sus propias palabras, en el miedo a enfrentarse a las cosas.
Paula se había enfrentado a la muerte de la persona que amaba; ella, en cambio, seguía corriendo.
Seguía huyendo de su propio destino, de esa enfermedad que ni siquiera era capaz de nombrar en voz alta y que se negaba a reconocer.
Sintió un nudo amargo en la garganta. Todavía no tenía las fuerzas para contarlo. Todavía no.
Aceleró un poco el paso para esconder los ojos vidriosos, dejando que el rugido del río Monasterio tapara el sonido de su respiración y la cobijara en mitad de la bajada.
En ese mismo tramo, Bruno apretó el paso hasta ponerse a la altura de Mateo, que abría la marcha con esa zancada rítmica y constante que parecía no costarle esfuerzo. El cordobés lo observó de reojo un rato antes de soltar la pregunta.
—Mateo, una duda... Llevamos días pateando contigo y de ti no sabemos ni el color de los calcetines. ¿Por qué sigues metido aquí arriba, viaje tras viaje, aguantando los agobios de un puñado de urbanitas perdidos?
Mateo no se detuvo. Siguió con la vista fija en el sendero, acomodándose la cinta de la mochila.
—Es mi trabajo —se limitó a responder, seco.
—Ya, bueno, pero para guiar por el monte no hace falta aguantar los demonios de la gente como haces tú —insistió Bruno, sin arrugarse—. Tú has tenido otra vida abajo, se te nota en cómo te mueves. ¿De qué huyes?
Mateo soltó un bufido corto, el único gesto que delató que el dardo de Bruno había rozado hueso. Tardó varios pasos en volver a hablar, con una voz ronca que costaba oír por encima del ruido de las botas contra la caliza.