Capítulo 12 — Donde La Montaña Se Vuelve Verde #2
Ayko abrió los ojos con sorpresa, siguiendo las líneas con el dedo.
—Eso le da todo el sentido a mis sueños, profesor —dijo emocionada—. No son imaginaciones mías. Mi cabeza está intentando armar un mapa con lo que vemos. Esos grabados son las señales de una ruta de escape muy antigua. Alguien hizo este camino para salvar vidas.
Unos metros más adelante, mientras el grupo volvía a caminar por la pista, Alex y Bruno se quedaron atrás, hablando a paso lento.
—He estado pensando en lo que dijiste junto al río, Alex —rompió el hielo el cordobés, colocándose bien la mochila—.
Me impresiona que dos personas tan distintas como nosotros sientan el mismo vacío dentro.
Tú tienes pánico a no existir si dejas de subir videos a internet; y yo siento que me ahogo en mi piso de propiedad, atrapado en una vieja historia que me anula.
Alex soltó una risa corta, sin amargura, mirando el polvo del camino en sus botas.
—Es una paradoja brutal, Bruno —reconoció—.
Tú huyes de una cárcel de cemento, horarios y recuerdos; y yo intento escapar de una prisión virtual hecha de “me gusta” de desconocidos.
Los dos nos metimos en este viaje por Asturias siendo prófugos de nuestras vidas.
La diferencia es que aquí, en mitad de este verde de Brañagallones, al quedarnos sin cobertura y sin reloj, los barrotes han desaparecido.
Nos hemos quedado a solas ante el espejo.
Pasado — El refugio sin dueño
El viejo refugio de piedra se mantenía en pie casi de milagro contra el tiempo y el olvido. Tenía el techo muy bajo, paredes gruesas de piedra y un simple hueco cuadrado que hacía de puerta. Dentro olía a humedad y a la madera vieja de carbayu que había aguantado el humo de mil hogueras antiguas.
Liana encendió un fuego pequeño en el centro de la estancia, usando astillas secas que llevaba en su fardo.
—Dentro de estas cuatro paredes nadie manda sobre nadie —dijo la sanadora, mirando cómo las llamas empezaban a lamer la piedra—.
Los reyes aquí no existen, los señores y los jefes no tienen lugar.
Es un entorno libre. Y por eso este refugio ha funcionado tan bien para los caminantes durante generaciones.
Cenaron lo poco que tenían en un silencio tranquilo. El cansancio de las piernas no era malo; era esa fatiga a gusto de quien sabe que ha hecho un buen camino. Cuando el fuego se convirtió en brasas rojas, Taran rompió el silencio:
—Si hubiéramos vivido en otra época… —se calló un momento, dejando la frase en el aire antes de seguir con voz baja—. Quiero decir que, si no estuviéramos escapando de esta guerra que lo ha roto todo, este valle me parecería el sitio perfecto para quedarse, trabajar la tierra y criar hijos.
Briga bajó la mirada hacia el suelo de tierra. La pequeña Lía se acercó a Arawen, buscando el calor de su amiga.
—¿Crees que alguna vez volveremos a tener un hogar tranquilo como este?
Arawen no respondió enseguida. Miró la vara grabada en espiral que estaba apoyada contra la pared de piedra, brillando con los últimos reflejos de las brasas.
—Creo… —dijo la joven con una madurez que sorprendió a todos— que el futuro nos traerá algo muy diferente a lo que dejamos atrás. Y nos dolerá mucho menos si aprendemos a no comparar lo nuevo con lo que perdimos para siempre en el incendio de nuestra aldea.
Liana la miró fijamente, con orgullo en su rostro curtido.
—Hablas como los que están llamados a guiar a su gente sin haber buscado jamás el poder —comentó la curandera—. Eso es algo muy peligroso para quien lo lleva… y, a la vez, totalmente necesario para que el grupo sobreviva en tiempos de cambio.
Esa misma noche, Arawen salió un momento de la cabaña.
El valle de Aller descansaba bajo la luz pálida de la luna.
A lo lejos, se escuchaba el sonido apagado del cencerro de alguna vaca que pastaba en lo alto.
Pensó en el resto de su clan, disperso por las montañas tras el ataque.
Miró hacia adelante, imaginando el futuro como ese mismo valle: un lugar ancho, bonito y amable, pero sin ninguna promesa ni seguridad.
Comenzó a llorar, imaginando, recordando esas imágenes y ese sonido en lo más hondo de su memoria.
Presente — Llegada a Brañagallones
La tarde se fue yendo despacio, mientras las sombras de las cumbres se estiraban sobre los prados.
El valle se fue estrechando, guiando los pasos del grupo directo hacia el fondo, donde el Refugio de Brañagallones los esperaba.
La edificación aparecía encajada en el paisaje como si hubiera estado allí desde el principio de los tiempos.
En cuanto vieron la silueta del edificio, se oyó un murmullo de admiración entre los caminantes de La365 Trail.
—Parece… —dijo Irene, clavando los bastones en el suelo.
—…un sitio hecho expresamente para cuidar y dar descanso al que llega —terminó Ayko, fascinada por el edificio en mitad de la montaña asturiana.
—Estas filosófica en verdad…. —dijo Paula, sonriendo, pensando en una cerveza fría, bien merecida.
El albergue, grande y construido con piedra clara de la zona, transmitía una sensación preciosa: seguridad y comodidad, un lujo impresionante en este tipo de refugios. Entraron saludando a los guardas, dejaron las botas ordenadas en la entrada y soltaron las mochilas pesadas en el suelo de madera.
Dentro se respiraba un calor muy agradable. Olía a pote casero haciéndose en la cocina, a la ropa técnica secándose junto a la chimenea y a esa madera noble que ha visto pasar a generaciones de montañeros.
—Etapa terminada. Hoy nos hemos ganado un descanso de los buenos —anunció Mateo, repartiendo las literas—. Y mañana… mañana será otra historia en la ruta.
Durante la cena, las charlas pasaban de unos a otros con una facilidad tremenda. Había risas cortas y silencios tranquilos que llenaba cada palabra, cada conversación cruzada. Alex se acercó al mostrador del guarda y le pidió una libreta en blanco y un bolígrafo.
—Quiero empezar a apuntar algunas cosas —les explicó a sus compañeros al ver que lo miraban con curiosidad—. Reflexiones mías, solo para mí, lejos de las redes.
Bruno lo miró desde la mesa con una sonrisa de complicidad.
—Por las cosas que haces últimamente, Alex, me da la impresión de que estás cambiando mucho en este monte.
—No creo que esté cambiando —le respondió con total tranquilidad—. Más bien creo que me estoy encontrando a mí mismo por primera vez en muchos años.
Irene salió un momento al exterior del refugio para escapar del ruido del comedor.
El valle de Brañagallones descansaba quieto, mudo y majestuoso.
El cielo estaba impolutamente limpio, lleno de estrellas que impresionaban.
Se quedó escuchando el sonido constante del río Monasterio.
Por primera vez en meses, su mente se liberó de la prisa y de pensar en el “después”.
Dentro, el profesor Elías cerró su libreta con un golpe suave.
—Este rincón de Redes es como un paréntesis precioso en mitad de la vida —dijo el historiador.
—Y los paréntesis en la vida —añadió Mateo, mirándolo— no están hechos para quedarse a vivir dentro, sino para dar el descanso necesario para entender el significado de toda la frase.
El Refugio
En el pasado, la joven Arawen cruzaba un valle verde e infinito donde la montaña asturiana hablaba bajito, enseñando que hay lugares sagrados que no se pueden conquistar por la fuerza, sino que se deben respetar desde la humildad.
En el presente, los nueve caminantes de La365 Trail llegaban a Brañagallones con el cuerpo cansado pero la mente abierta. Aprendían que, a veces, el verdadero reto no es subir paredes de vértigo ni aguantar tormentas; sino saber aceptar la calma sin pensar que va a durar para siempre.
Valles que saben abrazar las debilidades del caminante. Refugios que no te preguntan de dónde vienes ni de qué huyes. Momentos que no te prometen nada… y que, por eso mismo, te lo dan todo.
Mañana, el camino volvería a exigir sudor, esfuerzo y concentración. Pero esa noche, en los dos tiempos a la vez, alguien aprendía la misma lección: que hay lugares en el mundo que no van a cambiar tu destino, pero que sirven para recordarte quién eres cuando nadie te empuja por la espalda.