El susurro del cuervo blanco Capítulo 12 — Donde La Montaña Se Vuelve Verde
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Capítulo 12 — Donde La Montaña Se Vuelve Verde

Pasado — El valle que guarda

Tras la tremenda violencia de la tormenta del día anterior, el mundo amaneció lavado, como si alguien lo hubiera limpiado con un cincel invisible.

Las nubes grises y pesadas que habían amenazado con tragarse el puerto se habían retirado a los lados de las montañas, quedando reducidas a jirones de niebla blanca que subían despacio hacia las cumbres.

El aire olía limpio, a hierba nueva, a tierra mojada y a agua pura que se filtraba poco a poco a través de la piedra de la cordillera.

Arawen caminaba llevando la vara grabada en espiral sujeta al cinto de cuero, sintiendo el golpe suave de la madera contra su muslo a cada paso.

Liana marchaba en cabeza del grupo, marcando un ritmo adecuado, el cansancio se notaba, la noche no había sido guardiana del descanso, más bien fue guardiana del insomnio; era, simplemente, el ritmo justo que el monte exigía para no gastar las fuerzas antes de tiempo.

Descendieron juntos por las laderas de un valle anchísimo, un lugar donde el color verde parecía no tener fin. Había brañas de alta montaña, arroyos de agua cristalina que se abrían en muchos brazos sobre la pradera, y piedras redondas que parecían pulidas por la paciencia del río durante siglos.

—En esta zona de la cordillera la montaña no tiene intención de morder al caminante —dijo Liana, parando un momento para mirar la inmensidad del paisaje—.

Aquí, la tierra abraza a quien la camina.

Pero no te fíes del todo de esa dulzura, muchacha: lo que tiene la fuerza para abrazarte, también tiene el poder de retenerte para siempre.

Taran giró sobre sus talones, mirando a su alrededor con desconfianza de soldado.

—Si los hombres del rey vuelven a perseguirnos, este terreno tan abierto nos deja muy desprotegidos. No tenemos dónde escondernos y nos verían desde muy lejos.

—Por eso mismo, güajes, no vamos a quedarnos a vivir aquí —le respondió la sanadora con calma—. Las llanuras y los valles abiertos son para cruzarlos rápido, nunca para esconderse en ellos.

Arawen sintió algo muy diferente en el pecho. No era el miedo de siempre al enemigo, pero tampoco una calma total. Era, más bien, una sensación de pertenecer a ese lugar, aunque fuera por un momento. Como cuando visitas una casa que no es tuya, pero los dueños te tratan con un cariño enorme.

Se detuvieron todos junto a un arroyo ancho. El agua bajaba transparente, deslizándose sobre las piedras sin ninguna prisa.

—Este sitio guarda muchísimas historias humanas —comentó Liana, mirando el reflejo del sol en el agua—. Historias de pastores, pactos entre clanes, huidas desesperadas y regresos. En este suelo, uno siente la necesidad de dejar las armas y mirar hacia arriba.

Arawen se agachó despacio en la orilla, mojó las yemas de los dedos en el agua helada y se la paso por la frente, como en un pequeño ritual para limpiarse.

—Ojalá las cosas fueran distintas y pudiéramos hacer nuestro hogar en mitad de esta braña.

—Nuestro camino va por otro lado, mi niña —le dijo Liana con un suave movimiento de cabeza—. El único deseo que debemos guardar dentro es el de recordar cómo se siente un lugar sagrado, sin hacerle ningún daño a su pureza.

Varios kilómetros más adelante, en mitad de una ladera suave, el grupo vio la silueta de una cabaña de piedra baja, con el tejado de teito medio hundido por el peso de la hierba.

—Es un viejo refugio —murmuró Briga, colocándose bien la manta sobre los hombros.

—Es el descanso que la montaña nos presta —la corrigió Liana—. Dentro de esos muros pasaremos la noche.

Presente — El verde de Brañagallones

La mañana en lo alto del Puerto de San Isidro amaneció con una luz super limpia. El cielo, ya sin rastro de las nubes tormentosas del día anterior, parecía pedir disculpas en silencio al grupo por el mal rato que les había hecho pasar.

Mateo reunió a todos los caminantes de La365 Trail fuera del hostal antes de empezar a andar.

—Hoy vamos directos al corazón del Refugio de Brañagallones —anunció, revisando los cierres de las mochilas—.

Tenemos por delante unos veinte kilómetros a través de colladas y valles preciosos.

No es una etapa dura por el terreno, tiene subidas y bajadas, y además es larga.

Y en la montaña, cuando el camino se alarga, el cansancio hace que nos confiemos demasiado.

—¿Y no puede ser que se disfrace de felicidad pura, Mateo? —preguntó Noa, mirando el azul limpio del cielo.

—A veces, las dos cosas van de la mano —admitió Mateo con una sonrisa—. En marcha.

El camino empezó siendo una pista forestal ancha y pronto se convirtió en un sendero de tierra suave cubierto de hierba.

El color verde era tan intenso que casi dolía a los ojos de los que venían de la ciudad: prados infinitos, montañas redondeadas por el tiempo y vacas asturianas repartidas por las laderas, moviéndose despacio como manchas en mitad de un cuadro.

Ayko caminaba un par de pasos por delante, con la cabeza alzada, totalmente atrapada por la inmensidad de los hayedos de Redes. El silencio del bosque era tan denso que daba apuro romperlo, hasta que Irene soltó un bufido exagerado, deteniéndose a tomar aire con las manos apoyadas en las rodillas.

—¡Madre mía! —exclamó Irene, llenando los pulmones con fuerza—. Os juro que voy a embotellar este aire limpio para cuando vuelva a los atascos y los días grises de la ciudad. Allí el aire se mastica, aquí te da la vida.

Alex se detuvo a su lado, ofreciéndole un trago de su cantimplora con una sonrisa.

—Bebe un poco, anda. Menos mal que no he sacado la cámara en toda la mañana, porque con el ritmo que lleva Laila en cabeza, si me paro a encuadrar un árbol, os pierdo el rastro en tres minutos.

El profesor Elías, que venía cerrando ese pequeño subgrupo, se sumó a la pausa con un semblante de tranquilidad, contemplando el dosel de hojas que filtraba la luz del sol.

—Haces bien, Alex —comentó el profesor, reanudando la marcha con paso firme—. Hay rincones en Redes que se defienden solos de las pantallas. A veces, la mejor forma de estudiar un paisaje es, simplemente, formar parte de él sin intentar registrarlo. ¿Verdad, Ayko?

La japonesa se giró despacio, dedicándoles una mirada serena que lo decía todo.

—Es un bosque que habla muy alto, profesor —susurró, enganchándose de nuevo al grupo—. Sería una falta de respeto no escuchar de verdad.

—Este sitio parece… —empezó a decir Bruno, parándose ante la vista.

—…un lugar donde uno se quedaría a vivir el resto de sus días —terminó Paula, adivinando el pensamiento de su compañero.

Laila asintió con seriedad desde la cabecera del grupo.

—Y justo en eso está el peligro de estos paisajes —añadió Laila con su realismo habitual—. Te relajas tanto que te olvidas de que tienes que seguir caminando para llegar a la meta.

El sendero siguió bordeando varios riachuelos de aguas tranquilas. Junto a la orilla de uno de ellos, donde los fresnos daban una sombra muy agradable, Mateo ordenó parar para comer.

Se sentaron tranquilos en la hierba húmeda.

En unos minutos, el suelo se llenó de mochilas abiertas, barras de pan, trozos de queso de la zona de Murias y bolsas de frutos secos que pasaban de mano en mano.

Noa se tumbó boca arriba, con las manos entrelazadas detrás de la nuca, mirando las pocas nubes que se movían en el cielo.

—Si esto fuera una película de Hollywood —dijo la joven en broma—, este sería el momento bonito justo antes de que pase una catástrofe.

—No llames al mal tiempo, Noa —se rio Bruno, lanzándole una avellana—. Ya hemos pasado bastantes problemas en los días anteriores como para tentar al destino en mitad de este paraíso.

Elías se apoyó en un codo, con ese gesto típico de profesor a punto de explicar algo.

—¿Sabéis qué pasa de verdad en la mente humana dentro de los valles verdes?

—preguntó el historiador, mirando al grupo—.

Lo curioso de estos sitios es que, al ser tan fáciles, te obligan a pensar en el futuro.

Las cumbres afiladas y los caminos peligrosos te clavan en el presente, porque si pones mal el pie te caes.

Aquí, en cambio, como el terreno es amable, la mente se libera y empieza a imaginar qué va a hacer uno cuando termine el viaje.

Nadie respondió al momento. Todo el mundo se quedó pensando en aquellas palabras. Durante unos instantes, pareció que la reflexión proyectaba sobre el prado una pequeña sombra, como una nube pasajera que obligaba a cada uno a mirar hacia su propio futuro.

Ayko rompió el silencio, mirando las páginas en blanco de su cuaderno de dibujo.

—Por lo que a mí respecta, tengo claro que no quiero volver a Japón siendo la misma persona que empezó este viaje —admitió con una honestidad total.

Alex la miró fijamente, ya sin su habitual máscara de ironía.

—Y yo… he empezado a sentir miedo al darme cuenta de que no tengo ni idea de quién soy cuando me quitan las pantallas y lo que hago en las redes —confesó el chico en un susurro.

Irene se incorporó despacio en la hierba, cruzando las piernas.

—Quizás, precisamente por tener esas dudas dentro, el destino nos ha juntado a todos en este viaje —sugirió con cariño—. Para que no tengamos que responder a esas preguntas solos en mitad de nuestras ciudades.

Mateo escuchaba a todos sin meterse en la conversación. Sabía por experiencia que estas charlas tan intensas solo salen a la luz cuando el cuerpo descansa y el paisaje da una tregua.

Fue en ese momento cuando Elías sacó su mapa y lo extendió sobre las rodillas de Ayko.

—Mira esto, Ayko. Conectando con lo que hablábamos de los símbolos —señaló un punto en el mapa—.

Los libros antiguos dicen que este camino coincide exactamente con una vieja calzada romana.

Los grabados del sol que fotografiaste no eran simples dibujos de pastores.

Eran códigos que usaban los astures para comunicarse de valle a valle en época celta y luego se utilizaron cuando se resistían a las legiones. Eran señales para fugitivos.