El susurro del cuervo blanco Capítulo 11 — Donde El Cielo Se Abre
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Capítulo 11 — Donde El Cielo Se Abre

Pasado — Liana y el idioma del cielo

El valle de Aller había cambiado por completo de voz.

Ya no se oía aquel silencio cortante y hostil de los días de hambre en la llanura, ni el azote del viento afilado que casi los despeña cerca de la Montaña Blanca.

Ahora lo que envolvía a los fugitivos era algo muy diferente: el murmullo continuo del agua abriéndose paso entre los cantos rodados del río, el roce suave de las hojas de las hayas al tocarse con la brisa y el canto alegre de los pájaros en las ramas altas, sin ningún miedo.

El mundo parecía un poco más amable… pero Arawen supo enseguida que eso no significaba que fuera más fácil de entender.

La joven caminaba concentrada justo detrás de Liana, la sanadora, mientras que Lía, Taran y Briga cerraban la fila india bien pegados.

Liana avanzaba sin ninguna prisa, pero sin dudar un solo segundo.

Sus pies, metidos en calzado de piel, parecían tener memoria propia para esquivar las raíces ocultas, pisar las piedras más firmes y sortear las trampas de barro blando.

Caminaba con la cabeza alta, sin mirar al suelo, y aun así no tropezaba jamás.

—¿Cómo sabes por dónde ir en mitad de un bosque tan cerrado? —le preguntó Arawen, apretando el paso para ponerse a su altura.

Liana levantó un poco la barbilla hacia las copas de los árboles, sin detener la marcha.

—Mira ni, porque tengo la costumbre de escuchar primero y mirar después.

—¿Y qué es lo que oyes en este monte? —intervino Taran desde atrás, con su realismo de siempre—. Porque yo lo único que escucho son los pájaros y el ruido de mis propias tripas vacías.

La mujer sonrió levemente en su rostro curtido por el aire.

—Oigo el viento justo cuando cambia de idea en las cumbres, el rugido del agua cuando se enfada en los desfiladeros estrechos y el lamento sordo de los árboles cuando le piden al cielo que no los corte el hacha de los hombres.

Y, a veces, también oigo los pensamientos de los hombres cuando caminan por aquí creyendo, por error, que nadie los escucha.

Se detuvo de golpe en un pequeño claro donde los árboles daban un respiro y dejaban ver el firmamento. Señaló hacia arriba con el dedo índice.

—Mira bien ese trozo de cielo, Arawen. Dime qué ves ahora mismo.

La joven entornó los ojos, fijándose bien en las nubes. Había dos capas diferentes: arriba, unos jirones de color blanco puro se movían muy rápido hacia el este; por debajo, una capa mucho más espesa y gris avanzaba despacio desde las cumbres.

—Veo dos corrientes de viento distintas —dijo la muchacha con cuidado—. Una va muy rápido por las alturas y la otra empuja con fuerza más abajo.

—Exacto —asintió Liana—. Cuando el cielo se mueve en dos direcciones a la vez, el día se confunde; no sabe quién manda. Con un tiempo así, puede venir una calma total o desatarse una tormenta tremenda. No te fíes nunca de la aparente tranquilidad de un cielo que tiene dudas.

Se quedó un rato mirando las nubes en silencio antes de volver a mirar fijamente a la joven.

—Llegará un día, no muy lejano, en el que mucha gente dependerá de que sepas leer estas señales antes de que el peligro baje al valle.

Arawen arrugó la frente, sintiendo el peso de una responsabilidad que ella no había pedido.

—Lo único que quiero en esta huida… es que no muera nadie más de mi gente.

—Y por eso mismo vas a tener que aprender a mirar mucho más arriba que los demás —le respondió Liana con firmeza, pero con cariño—. El caminante que solo mira el suelo que pisa puede que llegue antes a su destino. Pero el que aprende a mirar al cielo, tiene la seguridad de llegar mucho mejor.

Taran soltó un bufido de desconfianza desde atrás.

—¿Y mientras aprendemos a descifrar los misterios de las alturas, qué se supone que vamos a comer? ¿Nos alimentamos de nubes, sanadora?

Liana arqueó una ceja, divertida pero seria.

—Hoy os tocará comer lo que seáis capaces de ganaros con vuestras manos, muchacho —sentenció—. Vosotros tres os ponéis ya mismo a recoger leña seca para el fuego. Arawen vendrá conmigo a explorar un momento.

La llevó por un sendero empinado hasta una pequeña loma de roca desde donde se veía perfectamente casi todo el valle de Aller.

Allí, apoyada sobre una piedra caliza lisa, había algo que nadie esperaría encontrar en un sitio así: una vara corta de madera noble, pulida y con unas marcas geométricas grabadas en espiral.

No era una rama caída por el viento; se notaba perfectamente que era una herramienta hecha a mano por un experto.

—¿Quién se ha tomado la molestia de dejar esto aquí arriba? —susurró Arawen, sin atreverse a tocarla.

—Alguien que sabía perfectamente que yo volvería a este sitio a buscarla —respondió Liana con misterio—.

Un maestro herrero. De los mejores de la cordillera.

Un hombre que vive al otro lado de estas montañas.

Sabe forjar un hierro que aguanta el frío más extremo sin romperse…

y templar el ánimo de los que creen que ya no tienen fuerzas para seguir con su destino.

Algún día iremos a su fragua. Pero antes, tienes que aprender la lección de esta roca.

Liana golpeó suavemente la piedra caliza con la punta de la vara grabada. El golpe sonó hueco, un eco profundo que demostraba que debajo de sus pies había un gran espacio vacío.

—El camino no siempre está solo donde tus ojos lo ven, Arawen.

A veces, el sendero seguro pasa justo por encima de un paisaje oculto que los demás no pueden ver a simple vista.

Cuevas, grietas tapadas por la maleza, túneles de roca.

Si solo te fías de lo que se ve por encima, la montaña te tragará sin dejar rastro.

Liana la miró con una mezcla de seriedad y profundo afecto.

—Hoy tienes que aprender tres cosas fundamentales: a leer el idioma cambiante del cielo, a escuchar el eco de la piedra y a asumir con humildad cuándo es mucho mejor esconderse con astucia que pelear a lo loco.

Arawen tragó saliva, sintiendo un escalofrío por toda la espalda. Supo con total certeza que ninguna de esas tres lecciones se aprendía con palabras falsas.

Presente — Santibáñez de Murias, valle arriba

El amanecer en Santibáñez de Murias llegó con olor a humo de leña y a la humedad de la ropa técnica que intentaba secarse como podía junto a las ventanas. Abajo, el río seguía con su música de siempre, ajeno por completo a los problemas de los que se paraban a escucharlo.

En la pequeña casa rural, las mochilas de la expedición estaban apoyadas contra la pared, como una hilera de caballos esperando a ser montados. Mateo estaba inclinado sobre la mesa de madera, repasando otra vez el mapa.

—Hoy tenemos por delante veinte kilómetros —anunció mientras el grupo de La365 Trail se sentaba a desayunar—.

Iremos sobre todo por el fondo del valle, pero no os confiéis: la pendiente nos va a hacer ganar altura mucho más rápido de lo que parece.

Tenemos un buen desnivel positivo. Vamos directos hacia un puerto de montaña.

Al principio caminaremos entre bosques y luego pasaremos a los prados de las brañas más altas.

Si el tiempo nos respeta, veremos la silueta del Puerto de San Isidro justo enfrente.

—¿Y qué hacemos si el cielo no colabora, Mateo? —preguntó Bruno, estirando los brazos con un bostezo.

—Si el cielo no colabora, nuestra obligación es la misma: llegar al final. Lo único que cambiará será la forma y las condiciones en las que lo hagamos —respondió con seguridad.

Alex estaba ajustando las correas de su cámara de fotos, mirando de reojo la pantalla del móvil con muchas dudas.

—Quería grabar un vídeo resumiendo lo que hablamos y vivimos ayer por la noche —admitió el cámara, mirando al grupo—, pero… la verdad es que no sé si hace falta para el proyecto.

Noa lo miraba atenta, apoyada en el marco de la puerta.

—A lo mejor hay experiencias en la vida que es mejor que se queden solo dentro de nuestra cabeza, Alex —dijo con suavidad—. Si te obligas a grabarlo todo, corres el riesgo de llegar al final del viaje sin saber qué has vivido tú de verdad y qué has visto a través de una pantalla.

Alex sonrió un poco, intentando quitarle peso a la expresión con un chiste.

—Curioso que me digas eso tú, que ayer casi te quedas dormida escuchando el ruido del río Aller…

—Precisamente por eso lo digo —le cortó Noa, muy seria—. Hay momentos tan puros que me niego a verlos después con filtros digitales.

Mateo levantó la vista de sus mapas.

—Da igual que decidas apretar el botón de la cámara o dejarla guardada en la mochila, Alex —sentenció Mateo—. Hoy cada uno de vosotros va a ser el protagonista de su propia película. Y os aseguro que esa grabación no se va a guardar en la memoria de ningún móvil.

Ayko subió del todo la cremallera de su chaqueta técnica, con una expresión de firme decisión.

—Hoy tengo el objetivo firme de encontrar más grabados en las piedras —anunció con ilusión—. Anoche soñé de forma muy real con el círculo rodeado de rayos. Con un dibujo tallado en la corteza de un árbol milenario.

Elías dejó de escribir en su cuaderno y la miró por encima de las gafas.

—Por lo que dices, Ayko, me da la impresión de que a ti este viaje te está sentando de una forma mucho más mística y espiritual que a mí, y eso que yo soy el historiador.

—Este camino por el corazón de Asturias me está enseñando una cosa clarísima, profesor —le respondió Ayko muy seria—: que aquí no hay ni una sola piedra, ni un grabado, ni una peña que la historia haya puesto al azar.

Se pusieron en marcha bien organizados, saliendo del pueblo entre las casas recién amanecidas. Un perro pastor los siguió unos metros, ladrando sin ninguna mala intención. Desde la puerta de una casa antigua, una mujer mayor con delantal les dedicó un saludo para el camino.

— Enriba con pasu firme, güajes —les dijo la anciana, levantando su mano arrugada—. La subida al puertu ye bona para parase a pensar.

Bruno sonrió de oreja a oreja, colocándose los bastones de trekking.

—Gracias por el consejo, señora, ¡pero le aseguro que ya salimos de la casa con la cabeza echando humo de tanto pensar!

— Bonu, si ye asina, al meyor volvéis de los altores siendo persones un pocu distintes a les que sois agora, l'aire de la braña fai milagros —concluyó la mujer con la calma que dan los años.