Capítulo 10 — El Valle De Las Voces #7
Procedió a estructurar un fuego de reducidas dimensiones valiéndose de la aportación de únicamente tres ramas secas de haya. La columna de humo resultante ascendió hacia el cielo con una rectitud asombrosa, emulando la fisonomía de una cuerda tensada hacia las alturas.
—El equilibrio del mundo exterior está experimentando transformaciones de una violencia extrema en esta era —añadió Liana, clavando sus ojos en las brasas—.
Los monarcas de las tierras llanas se despedazan entre sí motivados por la ambición de ceñir coronas de metal reluciente.
Los clanes ancestrales se fracturan por la discordia.
Sin embargo, la inmensidad de la montaña…
—extendió el brazo señalando las crestas superiores— la montaña únicamente fija su atención en un factor muy concreto: discernir quién de nosotros atesora la virtud de escuchar su lenguaje con el debido respeto.
Fijó su atención de forma directa en las facciones de Arawen.
—Te va a corresponder la obligación de asimilar estas lecciones con una rapidez extrema, pequeña Branwen, si es que verdaderamente mantienes la firme resolución de continuar avanzando por los senderos de esta cordillera.
Arawen experimentó cómo en la boca de su estómago se consolidaba un nudo de una naturaleza drásticamente distinta a la opresión que produce el hambre física.
—¿Y cuál es el punto exacto por el que se inicia ese proceso de aprendizaje del que hablas? —interrogó la muchacha, dando un paso adelante.
Liana dibujó una sonrisa en su rostro por primera vez desde el inicio del encuentro.
—El aprendizaje se inicia por adquirir la destreza de saber leer los signos del cielo —explicó con paciencia pedagógica—.
Y por asimilar cuándo resulta infinitamente más inteligente detener la marcha en mitad de la protección de un valle en lugar de empecinarse en cruzarlo a la carrera bajo el peligro.
Valiéndose de la punta de un palo de madera, procedió a trazar sobre la superficie de la tierra batida la misma iconografía del círculo flanqueado por rayos cortos que los jóvenes habían descubierto en la roca caliza.
—Esta representación gráfica no constituye la fisonomía de ningún dios al que debáis rendir pleitesía o pleitear —aclaró la sanadora—.
Representa un recordatorio analítico de una ley inmutable: la potencia que gobierna e impera en las alturas del firmamento —señaló hacia las nubes— es exactamente la misma potencia que gobierna y dicta las leyes aquí abajo, en el plano de la materia —enfatizó, golpeando la tierra con la contera de su bastón—.
Si adquirís la capacidad de interpretar con precisión el instante exacto en que el viento cambia de cuadrante, estaréis en condiciones de decidir con criterio cuándo os conviene presentar batalla y cuándo resulta infinitamente más sabio ocultaros de la vista del enemigo.
Y esa capacidad analítica, muchacha, es la frontera exacta que establece la diferencia entre aquellos gobernantes que imponen su voluntad mediante el uso de la fuerza bruta y aquellos verdaderos líderes que guían a su pueblo utilizando la cabeza.
Arawen, por primera vez en el transcurso de su existencia en el destierro, experimentó la revelación de que el concepto de ser verdaderamente fuerte no guardaba una relación directa con la destreza de alzar una lanza contra el rival, sino con la posesión de la sabiduría necesaria para saber en qué momento exacto resulta más conveniente bajarla.
La Sanadora
En las brumas de otro tiempo histórico, al amparo de una hoguera de dimensiones mínimas dispuesta en un claro oculto del hayedo, una muchacha perteneciente al linaje herido del clan Branwen iniciaba su andadura en la lectura de los signos del firmamento, asimilando que los símbolos grabados en la piedra no respondían a dinámicas de magia supersticiosa sino al ejercicio de la memoria colectiva, y que el acto de escuchar con atención puede llegar a constituir la metodología más elevada de ejercer el liderazgo sobre los hombres.
En el plano de la época contemporánea, en mitad de las laderas de un valle de profunda raíz minera tapizado por la exuberancia del verde asturiano, nueve caminantes procedían a rebasar puentes tradicionales, masas boscosas y vestigios de antiguas crónicas locales sin poseer todavía la plena conciencia de que exactamente la misma iconografía circular del Nuberu se repetía de forma constante sobre sus cabezas desde hacía siglos.
Arawen se entregó al sueño aquella noche percibiendo cómo el murmullo constante del arroyo del claro y la modulación de la voz de Liana se fusionaban en una única sinfonía protectora en el monte.
Alex se sumió en el descanso escuchando el discurrir del río de Santibáñez de Murias a través del marco de la ventana, manteniendo su terminal móvil configurado en modo avión sobre la superficie de la mesilla de noche.
En la geografía de ambos valles, el discurrir del agua continuaba emitiendo exactamente la misma sentencia ante el transcurrir de las generaciones: todo fluye, todo experimenta transformación, pero algo permanente permanece siempre alerta en mitad del silencio para escuchar el paso del caminante.