El susurro del cuervo blanco Capítulo 10 — El Valle De Las Voces #6
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Capítulo 10 — El Valle De Las Voces #6

—A ver, rapaza... Yo lo único que echo en falta de verdad es a los compañeros.

A los rapaces que entraban contigo al tajo y que ya no están aquí para contarlo —matizó el paisano con voz ronca pero firme—.

El carbón era duro y la mina no regalaba nada.

Todo lo demás... lo normal es que las cosas cambien y el mundo tire para adelante.

Para eso estamos aquí, ¿no? Para apechugar con lo que venga y seguir caminando.

En un rincón apartado de la mesa, Noa y Laila compartían confidencias articulando voces de marcado corte atenuado.

Ayko se concentraba en repasar el registro fotográfico de la jornada en la pantalla de su terminal, deteniendo la visualización de forma prolongada en la captura del símbolo circular.

Elías continuaba entregado a la escritura manuscrita sin levantar los ojos de las páginas de su cuaderno de campo.

Paula observaba de forma analítica el comportamiento del colectivo, asemejándose a una analista que tomara una nota mental minuciosa de quiénes eran los componentes que arrastraban un nivel mayor de desgaste o cansancio psicológico en el interior del grupo.

Alex había tomado la determinación de retirarse a las dependencias del piso superior de la vivienda inmediatamente después de finalizar la cena, portando consigo su terminal móvil.

Permaneciendo sentado en el borde de la cama, procedió a deslizar de forma sistemática la totalidad de los archivos de vídeo y capturas fotográficas acumulados durante las últimas jornadas de la travesía.

Visualizó secuencias diseñadas originalmente para ser transformadas en historias de gran impacto, anotaciones de frases publicitarias potenciales y momentos revestidos de una épica artificial.

Tomó una decisión drástica: procedió a borrar de forma selectiva un buen número de esos archivos.

Eliminó aquellos elementos que se manifestaban más vacíos de contenido real. Aquellas capturas que respondían de forma estricta a una pose prefabricada ante la cámara.

Conservó, en drástico contraste, otras composiciones de marcado carácter espontáneo: una toma donde Irene se reía de buena gana exhibiendo las facciones salpicadas por el barro del sendero, una captura de Bruno contemplando la inmensidad del desfiladero con una expresión de profunda ausencia en la mirada, un encuadre de Ayko señalando la fisonomía de una flor diminuta encajada entre las peñas calizas y un retrato de Mateo sumido sin voz frente a la cartografía de la ruta.

Comprendió, por primera vez en el transcurso de su trayectoria profesional, que estaba ejecutando un proceso de selección basado de forma estricta en la autenticidad del sentimiento personal, desplazando por completo los criterios analíticos orientados a la captación de clics y visualizaciones en las redes.

Unos leves golpes en la madera de la puerta interrumpieron sus pensamientos.

—¿Se puede, Alex? —Noa asomó la cabeza por la rendija con una sonrisa tímida.

—Claro, pasa. Estás como en tu casa.

La joven entró en la habitación y se sentó directamente en el suelo, apoyando la espalda contra la pared de piedra.

—He subido porque quería decirte una cosa: hoy has estado rarísimo, Alex —soltó de golpe, mirándolo de frente—. Pero raro para bien. Has estado mucho menos... no sé, menos pendiente de vender una moto o de quedar bien, como sueles hacer siempre.

Alex dejó escapar una carcajada limpia, sin rastro de ironía.

—Te confieso que hasta yo mismo me estoy asustando de cómo estoy reaccionando estas últimas horas.

—Pues no te asustes tanto —le sonrió Noa con auténtica cercanía—. En cuanto te acostumbras a ser tú mismo, da mucho menos miedo que andar sosteniendo el personaje las veinticuatro horas del día de cara al público. Te lo aseguro.

Se quedaron en silencio, pero un silencio de los buenos, de los que no incomodan.

En el exterior de la casa de mineros, el murmullo del río Santibáñez corría constante.

A lo lejos, un tren de mercancías cruzó el fondo del valle con lentitud, dejando un traqueteo metálico y rítmico que tardó unos minutos en apagarse del todo en mitad de la noche asturiana.

—La verdad es que no tengo ni idea de qué voy a hacer con todo lo que estamos viviendo en esta travesía —admitió Alex, bajando la mirada hacia sus manos—. No sé si editar los vídeos para el canal o si guardarme todo esto solo para mí.

—Tienes tiempo de sobra para pensarlo, Alex —le consoló Noa, incorporándose del suelo con un gesto ágil—. Al fin y al cabo, a La365 Trail todavía le quedan muchos kilómetros. Descansa, no le des mucho a la cabeza, voy a dormir, buenas noches.

Pasado — Fuego nuevo, voces nuevas

En mitad del claro del hayedo profundo, Liana —la mujer del bastón de madera nudosa y los ojos oscuros— ejecutó un ademán preciso con la palma de la mano izquierda, invitando a los jóvenes a aproximarse a su posición.

—Si habéis demostrado la capacidad operativa de alcanzar este claro sagrado por vuestros propios medios, significa que poseéis el conocimiento de cómo caminar por la tierra —sentenció la sanadora de pastos—.

Ahora nos corresponde la tarea de comprobar si sois capaces de aprender a ver verdaderamente lo que os rodea.