El susurro del cuervo blanco Capítulo 10 — El Valle De Las Voces #5
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Capítulo 10 — El Valle De Las Voces #5

—A lo largo de mis años en la cordillera me he topado con centenares de marcas de pastor, cruces de término, fechas históricas…

pero este diseño en concreto… —el guía guardó silencio durante unos segundos, ordenando sus recuerdos familiares—.

A mi abuelo paterno le escuché relatar en diversas ocasiones la existencia de símbolos tradicionales que se remontaban a la época de “antes de que la Iglesia se asentara en los valles”.

Iconografías que los antiguos habitantes de estas cuencas grababan en la piedra con la finalidad de formular peticiones o expresar gratitud ante la gestión de las tormentas, el éxito de las cosechas o la seguridad en los pasos de montaña.

—¿Nos encontramos ante una representación vinculada a la figura mítica del Nuberu? —interrogó Elías, fijando sus ojos en el guía.

Mateo lo miró con un indiscutible gesto de sorpresa en las facciones, asombrado por el nivel de retención del académico.

—Algo de esa naturaleza representa, en efecto, Elías.

El dueño de las nubes y de las corrientes de aire de la cordillera.

El ser mitológico que atesora la potestad de decidir si la jornada se abre con luz o se cierra bajo la violencia del temporal.

En la sociedad contemporánea, la inmensa mayoría de la población lo cataloga ya como un simple cuento propio del folclore ancestral.

Sin embargo, los cuentos tradicionales casi siempre custodian en su interior un fragmento verídico de la historia de los pueblos.

Ayko extrajo el terminal móvil de su bolsillo lateral, levantándolo casi instintivamente. No buscaba un selfi ni una estampa bonita; activó el formato de fotografía analítica y analizó la incisión milenaria de la piedra milímetro a milímetro.

—Albergo el deseo de registrar esta imagen —explicó la arquitecta japonesa, con los ojos brillando por la chispa de la investigación—, pero lo haré con el único propósito de enviársela a mis compañeros en Tokio.

Este relieve circular... la geometría de estos rayos tallados en la caliza no es casual.

Aquí hay una historia real, un misterio arqueológico que necesito descifrar sobre el terreno.

—En multitud de ocasiones, la piedra custodia verdades que las pantallas son incapaces de entender —comentó Elías con un tono de profunda sabiduría.

Desde la retaguardia, Alex se había percatado de la inusual concentración de personas en torno a la roca y procedió a aproximarse al grupo a zancadas, con el estabilizador del móvil ya encendido en la mano.

—¿Qué incidencia se registra en esta posición, muchachos? ¿Hemos localizado la presencia de algún animal salvaje, un indicio de oso pardo o qué elemento capta vuestra atención?

Ayko se desplazó ligeramente hacia un flanco para habilitar una línea de visión limpia al realizador audiovisual.

—Analiza con atención esta superficie caliza, Alex.

Alex enfocó su mirada profesional sobre el relieve, pero donde Ayko veía arqueología, él vio la gallina de los huevos de oro para sus canales digitales. El algoritmo iba a enloquecer. En su mente se activaron los engranajes de la viralidad a la velocidad del rayo.

—¡Bualá! ¡Pero si esto es oro puro para un Reel !

—exclamó Alex, ensanchando la sonrisa mientras empezaba a grabar la roca desde tres ángulos diferentes—.

Brutal la textura. Le meto una música críptica de fondo, un filtro de misterio y ya tengo el gancho: “¿Aliens en la Cordillera Cantábrica? El enigma oculto de La365 Trail que la historia oficial te oculta” .

Las teorías conspiranoicas de portales interdimensionales y extraterrestres lo petan siempre.

Esto se me va a tres millones de reproducciones en una tarde, os lo garantizo.

Noa, que acababa de incorporarse al corrillo en ese preciso instante, escuchó el brote de entusiasmo del madrileño y no pudo evitar dejar escapar una sonrisa de marcado corte irónico, cruzándose de brazos.

—Por favor, Alex, no me jodas —bromeó Noa, negando con la cabeza—. ¿De verdad vas a convertir un pedazo de piedra en un cuento de platillos volantes para conseguir cuatro likes de gente que no sabe distinguir un haya de un roble?

—Es el lenguaje de las redes, Noa, el misterio fantástico vende —se defendió él, guiñándole un ojo sin dejar de registrar recursos de vídeo—. Si metes aliens o conspiraciones, la gente comparte. Hay que darle al público su ración de Stranger Things rural.

Mateo clavó la mirada en la iconografía del círculo y los rayos por última vez, interponiéndose con parsimonia entre la cámara de Alex y la piedra caliza para obligarlos a reanudar la marcha.

—Independientemente de si el paisano que talló esta incisión hace miles de años pensaba en el más allá o en sus deidades —sentenció el guía, sujetando la mochila con la firmeza del conocedor de la tierra—, atesoraba la certeza de una gran verdad que aquí arriba no entiende de contenidos digitales ni de conspiraciones: en estas canales, el comportamiento del firmamento experimenta variaciones a una velocidad de vértigo.

Dejaros de extraterrestres y moved las piernas, porque el montañero que no demuestre la humildad necesaria para aprender a leer los signos del cielo, termina pagando un peaje caro ante la montaña.

Y os aseguro que a la tormenta que se nos viene encima le importan muy poco vuestros seguidores.

Bruno se incorporó del suelo sacudiéndose los restos de hojas secas de los pantalones.

—Excelente perspectiva, Mateo. Me fascina comprobar cómo la cordillera asturiana se empeña en depararnos mensajes de corte críptico en mitad de la fatiga.

—Mantén la tranquilidad, Bruno —le sonrió Paula con calma terapéutica—. Si el firmamento toma la determinación de enfadarse de verdad, te garantizo que lo percibiremos a tiempo. El monte siempre emite avisos previos antes de desencadenar su fuerza.

—Excepto en aquellas contadas ocasiones en las que opta por no emitir la menor advertencia —replicó Elías, moviéndose en esa difusa línea que separa la seriedad de la ironía.

Reanudaron la andadura por el hayedo. La estructura de la roca caliza fue quedando relegada a la retaguardia del camino, pero la fisonomía del símbolo del Nuberu continuó viajando activamente en el interior de las mentes de varios de los caminantes, como si la iconografía circular se hubiera grabado una segunda vez, pero en esta ocasión en la superficie interna de sus propios pensamientos.

Presente — Llegada a Santibáñez de Murias

El transcurrir de la tarde fue ejerciendo un efecto de ablandamiento sobre la intensidad de la luz solar en el Valle de Aller.

Las pistas forestales de tierra batida fueron cediendo el protagonismo ante la irrupción de un sendero notablemente más marcado que, de forma inmediata, enlazó con un tramo estrecho de asfalto rural que flanqueaba la fisonomía de la ladera.

Al fondo de la vaguada, las primeras edificaciones de la localidad de Santibáñez de Murias hicieron su aparición, mostrándose perfectamente encajadas entre vertientes de un verde insultante: cubiertas tradicionales de teja roja, fachadas que exhibían el noble deterioro del paso del tiempo, la presencia de un par de vehículos antiguos estacionados en los márgenes y un río local que seccionaba el casco urbano asemejándose a una frase con sentido que nunca deja de pronunciarse.

—Bienvenidos oficialmente a este rincón de gran valor etnográfico del municipio de Aller, muchachos —anunció Mateo, deteniéndose ante el núcleo rural—.

En la jornada de hoy completaremos el descanso en una casa de turismo rural cuya estructura arquitectónica funcionó originalmente como vivienda para las familias de los mineros de la cuenca.

Mañana nos corresponderá acometer tramos de monte puro.

—¿Y de cara a la planificación de la jornada de hoy, registramos la certeza de disfrutar de una cena de proporciones considerables? —se interesó Bruno, arrastrando los pies por el asfalto.

—Registramos esa certeza de forma que tu estomago la verifique, Bruno —le confirmó el guía con una sonrisa—. Os aseguro que os habéis ganado el sustento con creces.

El establecimiento rural albergaba una interesante colección de testimonios fotográficos antiguos dispuestos a lo largo de los paños de sus muros: retratos de picadores que exhibían las facciones cubiertas por el polvo negro del carbón, imágenes de mujeres de mirada firme tocadas con el pañuelo tradicional en la cabeza y estampas de niños cuyos tobillos aparecían embutidos en botas de cuero de grandes dimensiones.

El entarimado de madera del suelo emitía un crujido característico en determinados puntos de paso.

El ambiente general de la edificación desprendía un aroma dulce a madera vieja y a guiso tradicional cocinado a fuego lento.

En el transcurso de la cena comunitaria, el propietario del inmueble —un hombre de complexión recia, manos anchas por el trabajo y modulación de voz tranquila— se aplicó en desgranar diferentes crónicas de la cuenca minera sin otorgar a sus palabras la menor sombra de presunción o importancia.

—Hace años, en este pueblo toda la vida entraba y salía por la boca de la mina —explicó el hostelero mientras les servía las raciones en la mesa—.

Ahora, en cambio, la vida nos llega por los senderos del monte, gracias a gente como vosotros.

Y qué queréis que os diga... yo creo que salimos ganando con el cambio.

El aire del valle se respira de otra manera, mucho más limpio.

Irene seguía la argumentación con una atención concentrada, manteniendo la cuchara suspendida a mitad de camino entre el plato y la boca.

—¿Y no echa de menos todo aquello? —le preguntó Irene, mirándolo a los ojos—. Lo que fue la mina, el ambiente del carbón, los años buenos de las cuencas...

El hombre se quedó mirando el fondo de su vaso un instante, con esas marcas oscuras que el carbón deja para siempre en la piel de las manos, antes de levantar una mirada limpia.