El susurro del cuervo blanco Capítulo 10 — El Valle De Las Voces #4
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Capítulo 10 — El Valle De Las Voces #4

—El diseño grabado en la corteza del avellano en las inmediaciones de Las Caldas. El mismo símbolo que contemplé la jornada en que las columnas de humo del clan adoptaron una trayectoria anómala en el cielo.

Taran se aproximó a la piedra, extendiendo los dedos para palpar las acanaladuras del grabado con reverencia.

—La ejecución de este trazo sobre la roca caliza no está al alcance de la destreza de cualquier transeúnte común.

Lía rebajó el volumen de su voz hasta el límite de lo audible.

—¿Albergas la sospecha de que la autoría de esta marca le corresponda a la sanadora Liana?

Arawen se abstuvo de emitir una respuesta verbal inmediata.

Permaneció estática, devorando con la mirada la geometría del círculo y sus rayos perimetrales.

Rememoró la vibración magnética que parecía flotar en torno al avellano ancestral.

Rescató los relatos de su progenitor acerca de las atribuciones del Nuberu, el mítico señor de las tormentas y soberano de los fenómenos climáticos de la cordillera.

Evocó la inmensidad de la Montaña Blanca.

—Independientemente de la identidad real de su autor —sentenció finalmente la joven Branwen—, es una certeza incuestionable que ese ser posee la capacidad de interpretar los designios del cielo infinitamente mejor que nosotros.

Lo más inteligente por nuestra parte consiste en seguir de forma estricta el paso que nos marca.

La densidad de la masa boscosa se incrementó de forma notable a medida que ganaban altura.

Entre la verticalidad de dos hayas, se balanceaba un manojo de hierbas silvestres secas firmemente sujetas mediante una cuerda de cáñamo simple.

Unos metros más adelante, localizaron un cuenco de arcilla cocida dispuesto boca abajo sobre la superficie plana de una laja, emulando la fisonomía de un altar minúsculo abandonado a la acción de los elementos.

—Registramos indicios claros de que alguien habita en este sector del monte —susurró Taran, agachándose.

—O que transita por estas lindes con una frecuencia regular —le matizó Arawen, extremando las precauciones.

Alcanzaron finalmente las inmediaciones de un claro de reducidas dimensiones, donde la superficie del suelo se mostraba sorprendentemente limpia de hojarasca, dando la impresión de que una mano invisible se hubiera aplicado en la tarea de barrer las hojas caídas de forma constante.

El aire del recinto desprendía un aroma añejo a humo de madera noble y a esencias de plantas medicinales.

Al fondo del espacio, un arroyo de escaso caudal corría entre formaciones de piedras redondeadas.

—Vamos a parar la marcha en esta posición —decretó Arawen de forma definitiva—. Me preocupa respetar la presencia que gobierna este claro.

Taran se disponía a descargar el peso de su petate sobre el pasto cuando su mirada detectó una silueta anómala en la orilla opuesta de la corriente de agua.

Permaneciendo al otro lado del arroyo, estática, apoyando el peso del cuerpo sobre la estructura de un bastón de madera nudosa, una mujer madura los observaba con fijeza.

Exhibía una cabellera prolongada donde se mezclaban de forma natural los mechones blancos y negros, recogida de forma austera tras la línea de la espalda.

Vestía ropajes confeccionados en lana gruesa de tonalidad oscura, mostraba una piel profundamente curtida por el rigor del clima y unos ojos negros que daban la impresión de atesorar un conocimiento infinitamente superior al que manifestaban de forma explícita.

Aquel ser no acababa de hacer su arribo en el claro; permanecía apostada en ese lugar desde mucho antes de que los jóvenes Branwen detectaran su presencia.

—Albergaba la firme suposición de que os tomaría un intervalo de tiempo sensiblemente mayor alcanzar esta cota del bosque —pronunció la mujer, modulando una voz que evocaba simultáneamente el crujir de la hojarasca seca y el discurrir del agua entre las peñas.

Lía tragó saliva con dificultad, sobrepasada por la solemnidad del encuentro.

—¿Eres tú acaso la persona que responde al nombre de…?

—Yo soy, simplemente, el ser que se aplica en la tarea de escuchar con atención cuando el bosque toma la determinación de hablar —le interrumpió la mujer—.

Y vosotros sois los últimos miembros del clan Branwen que han tomado la sabia resolución de detener la huida desesperada para comenzar a aprender las leyes de la montaña, ¿no es así?

Arawen experimentó cómo el saquito místico que le había entregado Bricia adquiría un peso específico descomunal en el interior de su zurrón de cuero y sentía que empezaba a latir.

No sintió la menor necesidad de abrirlo para comprobar su contenido; la realidad del encuentro volvía superflua cualquier confirmación material.

—Mi nombre es Arawen —afirmó la joven, dando un paso decidido hacia el frente—. En representación de los míos, solicito tu guía para entender qué destino nos está aguardando más allá de la línea de estos árboles.

La mujer asintió con la cabeza de forma pausada, validando la determinación de la muchacha.

—El proceso de alcanzar el verdadero entendimiento exige la inversión de una cantidad considerable de tiempo, Arawen.

Y en no pocas ocasiones, es un aprendizaje que arrastra una dosis cierta de dolor.

Sin embargo, habéis demostrado la capacidad de llegar con vida hasta este claro sagrado.

Ese factor constituye, por sí mismo, un excelente punto de partida para la labor.

Giró levemente el cuerpo, orientando el bastón hacia la posición de la roca caliza donde se manifestaba el grabado del círculo con rayos.

—El firmamento se muestra marcadamente inquieto en las últimas jornadas —añadió, en una frase que parecía dirigida a las fuerzas del aire—. Será mejor que os apliquéis en aprender las lecciones con la mayor rapidez posible.

Presente — La piedra y el símbolo

En mitad del hayedo de Aller, la luz solar se filtraba a jirones entre el entramado superior de las copas de los árboles, generando un juego cambiante de luces y sombras sobre el terreno.

Los niveles de humedad ambiental eran tan elevados que el vapor tendía a condensarse de forma directa sobre las pestañas de los senderistas.

Al alcanzar un punto singular del camino, Mateo alzó el brazo derecho para ordenar la detención del grupo.

—Haremos una pausa técnica en esta posición —anunció el líder de la expedición—.

Proceded a hidrataros y a tomar algún alimento sólido.

Este tramo específico de la etapa posee la cualidad de engañar al montañero: carece de rampas de desnivel excesivo, pero ejerce un desgaste sordo que termina agotando las fuerzas.

Los integrantes del grupo depositaron las mochilas sobre el terreno húmedo. Bruno se tendió boca arriba sobre la hojarasca, entrelazando las manos tras la nuca para contemplar la techumbre vegetal.

—Este techo natural me resulta infinitamente más atractivo y armonioso que el techo de pladur de mi piso en la ciudad, os lo aseguro —admitió el cordobés con los ojos fijos en las hojas.

—Es un techo que arrastra unos costes de mantenimiento notablemente más elevados para la comunidad —bromeó Noa, sentándose a su lado—. Pero cuenta con la inmensa ventaja de estar libre de cargas hipotecarias.

El profesor Elías se distanció unos metros del núcleo principal del grupo, buscando la superficie regular de una roca limpia para acomodarse y proseguir con la redacción de sus notas de campo.

Ayko siguió sus movimientos con una atención analítica.

Fue precisamente en el transcurso de ese desplazamiento cuando la mirada de la arquitecta japonesa detectó una anomalía visual en el entorno.

En una roca monumental de naturaleza caliza dispuesta en el margen derecho del sendero, parcialmente sepultada bajo una densa colonización de musgo fresco, se manifestaba un bajorrelieve grabado en la superficie.

Aquella marca no respondía a las iniciales contemporáneas trazadas por los excursionistas ni a numeraciones catastrales modernas.

Se trataba de un trazo firme, limpio y de una antigüedad incuestionable: un círculo perfecto rodeado por una corona de pequeños rayos esquemáticos que se proyectaban hacia el exterior.

Ayko permaneció estática en su posición. Experimentó un cosquilleo eléctrico y punzante que recorrió la zona de su nuca.

—Profesor Elías… —susurró con un tono de voz que arrastraba una marcada urgencia—. Le ruego que se aproxime a esta posición de inmediato.

El docente acudió al requerimiento, secándose las trazas de sudor de la frente con el revés de la manga de su camisa.

Orientó la mirada siguiendo la línea geométrica que marcaba el dedo índice de Ayko.

En el preciso instante en que sus ojos identificaron la morfología del símbolo, su pluma se detuvo en seco y un silencio absoluto se adueñó de su expresión.

—Se trata del mismo diseño geométrico… —articuló el profesor tras una prolongada pausa de asimilación—. Es, con una exactitud matemática, la misma iconografía que procedí a plasmar en mis notas durante la primera jornada de nuestra andadura.

Mateo, que se aproximaba a la zona con el propósito de supervisar que la pausa técnica se desarrollara sin novedades, se topó de frente con la expectación de la pareja.

—¿Se ha registrado alguna incidencia o contratiempo con el terreno, muchachos?

—No sabría definir si nos encontramos ante un contratiempo, Mateo… pero te ruego que apliques tu atención sobre este grabado —solicitó Ayko, retirando parcialmente las hebras de musgo que penalizaban la visibilidad del símbolo.

El guía de montaña inclinó la cabeza, frunciendo el ceño mientras analizaba la incisión en la roca caliza. Pasó la yema de los dedos sobre la superficie pétrea, acariciando el recorrido del grabado con una mezcla de respeto y curiosidad técnica.