El susurro del cuervo blanco Capítulo 10 — El Valle De Las Voces #3
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Capítulo 10 — El Valle De Las Voces #3

El sendero moderno ganaba altura con una suavidad encomiable, progresando inicialmente a través de una pista forestal compacta para, posteriormente, transformarse en un camino de tierra batida.

A un lado del trazado, el curso del río cantaba desde la profundidad del barranco; al flanco opuesto, se erigían monumentales paredes de piedra caliza tapizadas por el musgo, restos arqueológicos de muros tradicionales y pilares abandonados de hormigón armado que ya no sostenían ninguna estructura útil.

—¿La totalidad de este valle respondía a una infraestructura de explotaciones mineras en el pasado? —interrogó Noa, observando las ruinas industriales.

—Nos encontramos en el corazón de un valle de profunda tradición minera, en efecto —confirmó Mateo, aminorando el paso—.

De las entrañas de estas montañas se extrajo el carbón necesario para abastecer de energía a medio país durante décadas.

En la época actual, lo único que permanece inalterable es la soberanía del monte…

y el peso de los recuerdos de la cuenca.

—Y la presencia de establecimientos que ofrecen un menú del día en formato XXL de digestión marcadamente pesada —añadió Bruno con su característico pragmatismo—. Ese factor gastronómico también debería ser catalogado como patrimonio cultural de primer orden.

Laila dejó escapar una sonrisa contenida ante la ocurrencia del andaluz.

—¿Es tu costumbre habitual medir la relevancia geográfica de los valles en función de las calorías que te aportan sus platos, Bruno?

—Los mido en calorías y en el volumen de los costes emocionales que arrastro —le matizó con seriedad—. Sin embargo, he de admitir que este último cálculo todavía no he aprendido a ejecutarlo con precisión.

Caminaron manteniendo una fila india rigurosa. Con el transcurrir de los kilómetros, la cohesión del grupo fue segmentándose de forma natural en parejas espontáneas de conversación.

Laila y Alex quedaron rezagados en la retaguardia de la fila, aprovechando el ritmo constante de la bajada. Alex caminaba con las manos en las tiras de la mochila, pensativo, observando el perfil de la francesa antes de romper el hielo de forma imprevista.

—Oye, Laila... ¿Cuál es el motivo real por el que te apuntaste a una ruta como esta? Dejar París para venir a darte estas palizas por el norte... tiene que haber algo más.

Laila guardó silencio durante un par de pasos, clavando la vista en sus botas antes de soltar una risa corta, algo amarga.

—Si te digo la verdad, Alex... huir. Estoy huyendo una temporada de mi vida allí.

Mis padres son muy tradicionales y han decidido que ya va siendo hora de buscarme un marido.

Están obsesionados con concertarme citas, a todas horas, con perfiles "perfectos" que ellos eligen.

Siento que intentan diseñar mi futuro en un despacho de París, y yo...

yo solo necesito ser libre. Necesito saber quién soy cuando nadie me está diciendo qué mano tengo que coger.

Aquí, en mitad de la montaña, nadie me juzga, nadie me busca pretendientes y soy dueña de cada uno de mis pasos. Esto es mi verdadera libertad.

Alex la escuchó con atención, sorprendido por la honestidad del golpe. Se pasó una mano por el pelo, asintiendo despacio.

—Pues vaya panorama... Te entiendo perfectamente —admitió Alex—. En mi caso, si te soy sincero, al principio solo me sumé a La365 Trail por el trabajo, por grabar vídeos de impacto y documentar cómo cambiaba el grupo. Ese era mi plan. Sin embargo...

—¿Sin embargo? —le instó Laila, mirándolo de reojo.

—A medida que sumamos kilómetros, me cuesta más sacar el teléfono del bolsillo. Me siento un poco idiota intentando encuadrar un paisaje que es mil veces más grande que mi pantalla. Siento que, si me paso la ruta grabando, me la voy a perder.

Laila esbozó una sonrisa cálida, de sincera complicidad.

—A lo mejor es que hay experiencias en la vida que se tienen que vivir de forma estricta en primera persona, Alex. Sin filtros y sin tener que contárselas a nadie para que pinchen en un corazón.

Alex se guardó las manos en los bolsillos, asimilando sus palabras sin añadir ningún comentario místico. No pretendía ir de héroe de la desconexión; simplemente decidió, de forma interna, empezar a mirar el camino con sus propios ojos.

Unos metros más adelante, Ayko compartía la andadura con el profesor Elías. La joven japonesa examinaba la fisonomía de las laderas del valle empleando una metodología de atención drásticamente distinta a la del resto.

—Durante la fase de documentación previa en Tokio, tuve la oportunidad de analizar diversas muestras fotográficas de estas formaciones geográficas —explicó Ayko en un tono confidencial—.

La exuberancia del verde, la persistencia de la niebla, la morfología de las rocas…

sin embargo, los textos antiguos hacían referencia a la presencia de un elemento suplementario de gran relevancia.

—¿A qué elemento te refieres exactamente, Ayko? —se interesó el docente, interrumpiendo el trazo de su pluma.

—A la presencia de símbolos grabados en la piedra.

Específicamente en un tratado que analicé y traduje sobre los petroglifos de la cornisa cantábrica del norte de España.

Iconografías basadas en estructuras circulares, desarrollos en espiral, diagramas de rayos…

Uno de esos diseños guardaba una similitud morfológica verdaderamente asombrosa con el símbolo esquemático que detecté en tu libreta de campo durante la primera jornada de nuestra ruta.

Elías detuvo su marcha por completo, mostrando un vivo gesto de sorpresa en sus facciones.

—El círculo flanqueado por rayos cortos, si, procedí a trazar ese diseño en mis apuntes motivado por una narración tradicional que Mateo me desgranó en los primeros compases del viaje.

Carecía por completo del conocimiento de que dicha iconografía poseyera una existencia física real plasmada sobre la piedra de estas montañas.

—Esa es, precisamente, la razón fundamental que justifica mi presencia física en esta expedición —confesó Ayko, reduciendo el volumen de la voz—.

No me he sumado a la ruta únicamente por el desafío deportivo.

Mi propósito real consiste en constatar si ese símbolo místico existe de verdad impreso en el paisaje asturiano, más allá de las páginas de los libros de arqueología.

Elías orientó la mirada hacia las crestas de la ladera, como si de repente el entorno hubiera adquirido una dimensión semiótica completamente nueva que requiriera ser descifrada.

—Bajo esa premisa, en la jornada de hoy nos corresponde la obligación de caminar manteniendo los ojos significativamente más abiertos que de costumbre —sentenció el profesor.

—Esa es una norma que deberíamos aplicar en el día de hoy y en cada una de las jornadas sucesivas de nuestra existencia —sonrió la japonesa con serenidad.

El camino se internó de forma definitiva en un tramo dominado por un hayedo monumental, el ambiente experimentó un incremento notable en sus niveles de humedad, al tiempo que se instauraba un silencio denso y solemne en el entorno.

La superficie del suelo aparecía tapizada por un manto espeso de hojas antiguas del invierno previo y restos de ramas caídas.

Entre la verticalidad de los troncos grises, la mirada alcanzaba a intuir las siluetas de antiguas bocaminas derrumbadas por el colapso del terreno y viejas estructuras de entibación de madera carcomidas por la acción del tiempo.

—Este bosque en concreto exhibe las facciones características de un lugar que se dedica a guardar secretos con celo —susurró Noa, encogiéndose ligeramente de hombros.

—Los guarda de forma muy eficiente, os lo aseguro —le confirmó Mateo desde la vanguardia—. En esta cuenca, todo lo que acontece deja una huella impresa en el territorio, a pesar de que los seres humanos no siempre poseamos la capacidad visual de identificarla a simple vista.

Pasado — El bosque de nadie… y de alguien

El sendero estrecho por el que progresaban los jóvenes Branwen terminó transformándose en un auténtico túnel vegetal dominado por el entrelazado de las ramas superiores.

Las hayas centenarias y los carbayos monumentales se inclinaban de forma pronunciada sobre sus cabezas, emulando la actitud de unos ancianos que cuchichearan secretos al paso de los extraños.

El suelo se manifestaba como una alfombra mullida de hojarasca húmeda que ocultaba la presencia de raíces invisibles dispuestos a propiciar el tropiezo.

—Este sector del bosque no emite la misma sinfonía acústica que los tramos anteriores —advirtió la pequeña Lía, empleando un hilo de voz apenas perceptible.

—Eso se debe a que este bosque posee la cualidad de escuchar con mayor intensidad de la que nosotros empleamos en hablar —le replicó Arawen con gravedad.

La superficie de los troncos exhibía las cicatrices indelebles de antiguas intervenciones humanas: muescas longitudinales orientadas a la extracción de resina, impactos cicatrizados de hacha y heridas estructurales selladas de forma natural por la colonización del musgo.

Al franquear una curva pronunciada del trazado, el grupo interrumpió la marcha de forma abrupta.

A la derecha del camino, sobre la superficie vertical de una gran roca caliza tapizada de líquenes, se manifestaba un grabado nítido en la roca.

Aquella marca no respondía a las muescas lineales utilizadas para el cómputo de las jornadas ni a los diseños celtas empleados habitualmente por los pastores para delimitar las brañas.

Se trataba de una iconografía precisa: un círculo perfecto rodeado por una corona de rayos de escasa longitud; un trazo limpio, firme, que conservaba una apariencia de notable frescura en su ejecución.

El corazón de Arawen experimentó un vuelco violento en el pecho.

—Se trata de la misma representación… —murmuró la joven, aproximando la mano.

—¿A cuál te refieres de forma exacta, Arawen? —se interesó Briga, dando un paso al frente.