Capítulo 10 — El Valle De Las Voces #2
—La planificación para la jornada actual nos exige alcanzar la cota de Santibáñez de Murias —anunció el guía a medida que los integrantes de La365 Trail hacían acto de presencia mostrando facciones marcadas por el letargo—.
Continuaremos progresando por la línea del valle, cruzaremos la infraestructura de las vías del tren y comenzaremos a ganar altura de forma paulatina.
Atravesaremos masas boscosas, transitaremos por antiguas pistas asociadas a la explotación minera y rebasaremos pequeños núcleos rurales.
Se trata de una de esas jornadas que arrastran la apariencia de ser sencillas…
justo hasta el preciso instante en que dejan de serlo.
Bruno dejó escapar un bostezo monumental mientras se acomodaba en el banco.
—Traducción literal de tus palabras, Mateo: que en el día de hoy nos va a tocar la tarea de cansarnos de forma prioritaria utilizando la cabeza.
—Es un efecto colateral inevitable, Bruno —le secundó el profesor Elías, ajustándose las lentes—. Al funcionamiento de la cabeza no se le puede interponer el soporte de unos bastones de trekking para aligerar la carga de los pensamientos.
Noa se aplicaba en asegurar los cordones de sus botas técnicas sentada directamente sobre las losetas del suelo.
—¿Existe la presencia constatada de establecimientos hosteleros a lo largo de la ruta de hoy, o nos adentramos oficialmente en lo que yo catalogo como “territorio termo”? —inquirió.
—Se registra la presencia de algún chigre en mitad del valle —le aclaró Mateo con prudencia—. Pero me abstengo de garantizaros nada de forma real y firme. Bienvenidos seáis al sector menos explotado turísticamente de la geografía de Asturias.
—¿Chigre? Eso suena bien—comento Laila—no solo caminamos………
Alex mantenía el terminal móvil posicionado sobre la mesa, exhibiendo ya la interfaz de la aplicación de la cámara abierta y operativa.
—En la jornada de hoy tengo la intención de ensayar un enfoque drásticamente distinto, muchachos —propuso el realizador—. Una suerte de “jornada libre de filtros”, ¿comprendéis? Mostrar un registro más crudo, más real, desprovisto de esa épica prefabricada que abunda en las redes…
—¿Y posees tú la capacidad técnica y conceptual de registrar la realidad prescindiendo del uso de los filtros de optimización, Alex? —bromeó Laila desde su rincón, clavando una mirada incisiva.
Alex amagó el ademán de articular una sonrisa de réplica, pero necesitó una fracción de segundo suplementaria para estructurar la respuesta adecuada.
—Iré aprendiendo el oficio sobre la marcha de la senda —afirmó finalmente con seriedad.
Ayko contemplaba el exterior a través del ventanal, manteniendo la frente prácticamente adosada a la superficie del cristal húmedo.
—Este entorno geográfico posee una identidad que me resulta atractiva —murmuró la japonesa—. Exhibe las facciones características de un lugar que no experimenta la menor necesidad de presumir ante el visitante.
—Esa es, precisamente, la principal seña de identidad que define a los sitios que son verdaderos y conservan su raíz —añadió Paula, acomodándose la mochila—. No arrastran la menor dependencia de las estrategias de marketing para justificar su existencia en el mapa.
Salieron al exterior, siendo recibidos por la caricia del frío húmedo de la mañana, el rumor del río se presentaba con una tonalidad grave y profunda.
La línea tendida de la vía del tren seccionaba la fisonomía del valle asemejándose a una cicatriz brillante y metálica que testimoniaba el paso de la civilización.
—Durante las primeras horas nos limitaremos a seguir de forma estricta el rumor del agua del río —instruyó Mateo, extendiendo el bastón de guía—. Y posteriormente, le prestaremos la atención que se merece a la llamada del bosque.
Pasado — Cruce de senderos
Tras haber completado el desayuno a base de pan de escanda y caldo caliente, los jóvenes Branwen se aplicaron en la tarea de recoger sus escasos enseres personales.
Lía depositó un beso reverencial en la mano de Bricia en un acto casi inconsciente de gratitud filial.
Briga se acomodó el zurrón de cuero a la espalda dejando escapar un suspiro de marcada resignación ante la dureza del camino.
Taran expresó su reconocimiento a la hospitalidad de Arvedu mediante la ejecución de una inclinación de torso torpe y desprovista de palabras.
Permaneciendo apostado en el umbral de la puerta, el anciano contempló el horizonte gris con los ojos entrecerrados, apoyando ambas manos en el pomo de su vara de fresno.
El grupo de los cuatro jóvenes aguardaba a escasos metros, con los hatillos al hombro, congelados por la indecisión de la partida.
—Las noticias de Bricia os han dejado el miedo en el cuerpo, ¿verdad, rapaces? —rompió el silencio Arvedu, sin apartar la mirada de las cumbres—. Estrecho está el camino abajo con las leyes de los hombres, y oscuro se presenta arriba con el juicio de la niebla.
—¿Y qué nos dicta su experiencia personal?
Nos vendría bien un faro en este momento de duda —se interesó Arawen, deteniendo su andadura por un instante y dando un paso hacia él—.
Si estuviera en nuestra piel... ¿no arriesgaría el pellejo subiendo al hayedo misterioso para buscar a Liana?
¿O preferiría esconderse entre el gentío del valle?
Arvedu soltó un soplido manso que se convirtió en vaho, y una sonrisa vieja le surcó las arrugas de la boca.
—Yo ya consumí hace muchos inviernos mi propia ambición de andar buscando respuestas milagrosas entre los árboles, Arawen. El monte exige un precio muy alto a los que suben a importunarlo con preguntas.
El anciano hizo una pausa, clavando por fin sus ojos gastados en los de la joven.
—Abajo, en la villa, os van a medir el lomo por la fuerza de vuestros brazos para cargar la lanza.
Arriba, Liana os va a medir el alma por vuestra capacidad de sostener el silencio.
En los tiempos que corren, yo tendría bien claro a qué juez prefiero enfrentarme.
Pero la última palabra no es mía, es de vuestras huellas. Caminad.
Se rascó la barba poblada con gesto cansado y les dio la espalda de forma abrupta, como si considerara que la despedida ya había sido ejecutada de manera definitiva.
Bricia, en contraposición, se aproximó con rapidez a la posición de Arawen y le deslizó un objeto diminuto en el interior de la palma de la mano: se trataba de un saquito de tela basta firmemente anudado.
—Utilízalo únicamente en aquellos tramos del camino donde experimentes una ausencia total de valor —le susurró la mujer al oído—. Te ruego que te abstengas de abrirlo por mera curiosidad. Hazlo de forma estricta cuando sientas que tus piernas tiemblan de verdad ante el peligro.
Arawen asintió con la cabeza de forma solemne, no formuló ninguna pregunta orientada a desvelar la naturaleza del contenido; comprendía por experiencia que determinadas respuestas vitales pierden la totalidad de su fuerza en el preciso instante en que se les impone un nombre formal.
Caminaron de forma disciplinada siguiendo el margen del río.
El murmullo constante del agua en movimiento se entremezclaba de forma rítmica con el sonido sordo de sus propios pasos sobre la hojarasca.
Lía progresaba mostrando una ligereza significativamente mayor en su andar; Taran ya no evidenciaba la cojera que había lastrado sus movimientos en las jornadas previas; mientras Briga orientaba ahora la mirada hacia la copa de los árboles en lugar de mantener los ojos clavados de forma obsesiva en las punteras de sus botas de piel.
Alcanzaron finalmente la gran curva fluvial a la que había hecho referencia Arvedu en sus indicaciones.
En ese punto geográfico, el curso del río mordía la consistencia de la orilla con una fuerza inusitada.
Dos senderos de montaña netamente diferenciados se desprendían de la ribera: el primero de ellos se presentaba ancho, desprovisto de vegetación y marcadamente pisado por las huellas de los transeúntes, orientándose hacia tierras más llanas y despejadas; el segundo, en drástico contraste, se manifestaba estrecho, abrupto y densamente cubierto por un entramado de raíces expuestas, adentrándose en las profundidades de una masa boscosa de tonalidad notablemente más oscura.
—Por el trazado ancho registramos la certeza de hallar la presencia de gente —señaló Taran, extendiendo el brazo hacia la derecha.
—Y por el trazado estrecho registramos la certeza de hallar la presencia de preguntas —susurró Briga, fijando sus ojos en la espesura del hayedo.
Arawen experimentó el peso físico del saquito de Bricia depositado en el fondo de su zurrón de cuero.
La iconografía mística del Nuberu acudió de inmediato a su mente: ese círculo perfecto flanqueado por rayos esquemáticos que había contemplado grabado en la corteza del avellano en Las Caldas.
Rememoró la Montaña Blanca y la modulación de la voz de Bricia definiendo a Liana como “una mujer que escucha”.
—En las zonas altas registramos la presencia de un número sensiblemente menor de lanzas enemigas —sentenció la joven Branwen, tomando la determinación—. Y una dosis de viento notablemente mayor. Encaminaremos nuestros pasos por el sendero estrecho.
Nadie en el grupo osó discutir la validez de la resolución.
La densidad del bosque estrecho procedió a tragarse las siluetas y los pasos de los cuatro jóvenes de forma inmediata, aislando por completo el ruido atronador del río Pajares, como si una puerta invisible de dimensiones colosales se hubiera cerrado a sus espaldas.
Presente — Bosques, minas y silencios