Capítulo 10 — El Valle De Las Voces
Pasado — El día de elegir
La mañana en el interior de la cabaña forestal de Arvedu amaneció saturada por el olor reconfortante del pan recién horneado y el discurrir lento del humo del hogar.
Arawen despegó los párpados antes de que las brasas fueran avivadas por completo.
Durante una breve sucesión de segundos, experimentó la desorientación propia del fugitivo, ignorando su ubicación exacta en el mapa.
Sin embargo, la visión del techo bajo de madera, la solidez de los muros de piedra caliza y el cuenco de arcilla vacío dispuesto junto a su jergón de paja acudieron en su ayuda para reconstruir la realidad: el río Payares, el caldo reconstituyente de la noche anterior y la voz profunda del anciano sentenciando que la inmensidad del bosque no le pertenece legítimamente a nadie.
La pequeña Lía descansaba a escasa distancia, ovillada sobre sí misma con las manos resguardadas bajo la mejilla. Briga emitía un ronquido rítmico y pausado, mientras Taran, recostado contra el paño del muro, aferraba en mitad de sus sueños un trozo de pan inexistente con dedos crispados.
El chasquido nítido de una rama al partirse obligó a Arawen a incorporarse con presteza sobre el lecho. Arvedu hacía su entrada en la estancia exhibiendo el cabello revuelto por el viento matutino y las manos ennegrecidas por el contacto directo con la tierra húmeda.
—Albergaba la firme suposición de que os entregaríais al sueño durante un intervalo de tiempo sensiblemente mayor, muchachos —comentó el viejo, con su tono desprovisto de cualquier atisbo de dureza en la voz.
—El cuerpo del que persiguen posee la particularidad de acostumbrarse a la dinámica de la huida permanente, aprendes a estar en alerta—respondió Arawen, encogiéndose de hombros con resignación.
El anciano depositó una cesta de mimbre sobre la tosca mesa de madera: el lote se componía de unas manzanas arrugadas por el frío, un puñado generoso de grano de escanda y unas ramas aromáticas de romero silvestre firmemente atadas mediante un cordel de cáñamo.
—Hoy el sol es firme y el viento susurra, ya sabéis que os podéis quedar equí si es vuestro deseo —añadió Arvedu—.
O podéis tomar la determinación de seguir la marcha de inmediato.
El río pa baxu os conducirá de forma directa hacia la presencia de valles habitados y pueblos de hombres.
El río pa riba, en cambio, os internará en el monte puro.
Y en una dosis de silencio sensiblemente mayor.
Taran se incorporó sobre el jergón, sacudiéndose los restos del letargo nocturno.
—¿Cuál sería su elección personal si se encontrara en nuestra encrucijada, anciano? —interrogó con timidez.
Arvedu dibujó una sonrisa en sus facciones, pero sus ojos permanecieron sumidos en una gravedad invernal.
—Yo ya caminé todo lo que un hombre tenía la obligación de caminar en su tiempo, muchacho.
A la edad que vosotros arrastráis a la espalda, el aspecto real se presenta demasiado grande y complejo.
Si yo me encontrara en vuestro pellejo, me esforzaría por aprender a escuchalu con atención antes de tomar la decisión definitiva de elegir el lugar donde quedarse a vivir.
Arawen se mordió el labio inferior, sopesando las implicaciones de las palabras del viejo.
—¿Y qué ocurre si en la dirección hacia la que encaminamos nuestros pasos aguarda la guerra?
—Entós no os queda más remedio que aprender a pasar con cuidado en mitad de ella —sentenció el anciano, con la misma naturalidad con la que se describe el fluir inocente del agua entre las peñas.
En ese preciso instante, la puerta de madera se abrió de par en par.
La silueta de Bricia hizo acto de presencia avanzando con paso firme, trayendo consigo el aire frío de la tarde y una cesta de mimbre apoyada contra la cadera.
Al momento, el aroma denso y limpio de la escanda recién molida llenó la estancia.
—Traigo harina fresca para el sustento —anunció la mujer, dejando el cesto sobre la mesa de madera—. Y algo que pesa más en el petate: noticias de abajo, del pueblo.
—Las noticias del mundo exterior poseen el grave defecto de que no se pueden comer —bufó Arvedu con escepticismo, aunque se apresuró a arrimarle un taburete hacia el calor del hogar—. A ver, suelta por esa boca, Bricia. ¿Qué se comenta abajo?
Bricia se sentó, frotándose las manos ásperas ante las brasas mientras bajaba la voz, mirando de reojo a los muchachos.
—La cosa baja revuelta. En la villa no se habla de otra cosa: el Rix anda escaso de caudales para sus campañas y dicen que van a apretar otra vez con los impuestos a las cosechas.
Pero eso no es lo peor... Están recorriendo las comarcas los vasallos del Rix.
Buscan mozos. Van a reclutar a soldados a la fuerza para servir en la guerra del Rey, y las madres ya están escondiendo a los hijos en los montes.
Un silencio pesado cayó sobre la cabaña. Taran arqueó las cejas y los demás se miraron de reojo, sintiendo de repente el peligro del mundo exterior mucho más cerca.
Bricia rompió la tensión dirigiendo su mirada hacia Arawen. Al ver sus ojos oscuros, la mujer asintió para sí, recordando lo que Arvedu le había confiado antes.
—Por eso mismo tenéis que andar con pies de plomo si bajáis al valle —continuó Bricia en un susurro—. Aunque si vais buscando lo que me dijo Arvedu... sí buscáis a Liana, los pastores que descienden de las brañas altas dicen que sigue allí donde el bosque y el arroyo se encuentran.
Arawen dio un paso al frente, conteniendo el aliento.
—¿Saben dónde encontrarla? —preguntó la joven.
—Aseguran que habita al otro lado de la vertiente montañosa, en un valle cerrado poblado por hayedos monumentales, donde la neblina nunca se quita —explicó Bricia—.
Dicen que es una sanadora que posee la capacidad de entender el lenguaje del bosque infinitamente mejor de lo que los propios hombres logran entenderse entre ellos.
Cura las fiebres más rebeldes con sus hierbas, calma el dolor...
y atesora el conocimiento exacto de cuándo es mejor hablar y cuándo mantener el silencio.
La pequeña Lía, que no había perdido un detalle de la conversación con los ojos abiertos de par en par, intervino fascinada:
—¿Se trata acaso de una bruja mística del monte?
—Es, simplemente, una mujer que posee la rara virtud de escuchar con atención, pequeña —le matizó Bricia, esbozando una sonrisa triste—.
Y esa es una cualidad que acostumbra a infundir un temor profundo en el corazón de aquellos que únicamente han aprendido a mandar sobre los demás mediante la fuerza.
Arvedu dejó escapar un sonoro resoplido de desaprobación.
—Muchu cuento y mucha leyenda mítica hay extendida en torno a su figura, muchacha, pero resulta una verdad incuestionable que los animales salvajes nun huyen jamás de su presencia cuando se aproxima a las orillas del río Aller.
Arawen experimentó una chispa súbita que ascendió con fuerza desde la boca del estómago hasta la garganta.
Su mente conectó el relato con el símbolo esquemático que había contemplado grabado en la corteza del avellano en Las Caldas.
Rememoró la intensidad del aire en la Montaña Blanca, el olor amargo de la infusión de sauce y la mejoría evidente en la respiración de Lía.
—¿Y cuál es la ruta exacta que conduce a ese valle del que habla? —interrogó Arawen, esforzándose al máximo para evitar que la vibración de la voz delatara su agitación interna.
Arvedu proyectó la barbilla con dirección al norte, señalando la línea del cauce fluvial.
—Seguid el curso del ríu de forma rigurosa hasta alcanzar la curva grande, esa zona específica donde las raíces de los alisos se introducen directamente en el interior del agua.
Al llegar a ese punto, el senderu se divide de forma nítida en dos ramales bien diferenciados.
El ramal de la derecha os conducirá hacia la seguridad de los pueblos de los hombres.
El ramal de la izquierda, en cambio, os internará en el bosque profundo que nun se toma la molestia de salir en los mapas de los hombres.
—El bosque de Liana —susurró Bricia, rematando la indicación con un hilo de voz.
El silencio comunitario se tornó sensiblemente más denso en mitad de la cabaña. Arawen desvió la mirada hacia sus compañeros de destierro, asumiendo la responsabilidad del grupo.
—Procederemos a comer el pan —decretó la joven—. Y una vez hayamos completado el sustento, tomaremos la decisión que corresponda.
Se abstuvo de emplear las fórmulas deterministas de “nos quedamos” o “nos marchamos”.
A su corta edad, la experiencia de los caminos ya le había enseñado que las decisiones de las que depende la supervivencia requieren la presencia de pan en el estómago y la cercanía de un fuego protector ante los ojos.
Presente — Amanecer sobre vías y valles
En Puente de Los Fierros, el advenimiento del amanecer se presentó arrastrando un aroma penetrante a metal mojado por la lluvia y a jabón industrial de alojamiento humilde.
Las dependencias de la pensión rural fueron despertando con una parsimonia extrema: una cafetera italiana de grandes dimensiones bufaba de forma intermitente sobre el hornillo de la cocina, una pantalla de televisión permanecía encendida exhibiendo imágenes sin sonido en el rincón y el curso del río Pajares emitía su protesta ruidosa justo al otro lado del paño de la pared.
Mateo se encontraba inclinado sobre una mesa comunal cuya superficie retenía la textura pegajosa propia de los años de servicio, revisando minuciosamente los accidentes geográficos del mapa topográfico.