El susurro del cuervo blanco Capítulo 9 — Donde Vuelven Los Ríos
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Capítulo 9 — Donde Vuelven Los Ríos

Pasado — El valle que respira

Durante varios inviernos estuvieron en su pequeño refugio de las montañas, sobreviviendo y aprendiendo cada día lo que es formar un pequeño asentamiento, aunque solo cuatro individuos lo formaran.

Se repartieron las tareas, su vida no era otra que la de sobrevivir en aquel inhóspito lugar, pero tan bello porque lo consideraban su hogar.

Durante largas y agónicas jornadas, los jóvenes habían caminado desprotegidos entre la soberanía de las montañas desnudas, teniendo por único y monótono compañero a un viento hostil que les cuarteaba la piel a causa del frío extremo.

Sin embargo, los ecos de las zonas del valle, y las noticias que llegaban por pastores y transeúntes que cruzaban la cordillera, comenzó a sobrevolar sobre el grupo, ante la necesidad de continuar y buscar nuevas tierras, otro invierno más serio, sería difícil de soportar.

La composición misma del aire transformó su aroma: una sutil fragancia a agua en movimiento, a tierra húmeda y a vegetación en pleno desarrollo comenzó a abrirse paso entre sus sentidos.

Abajo, en las tierras bajas, la presión de los soldados parecía haber cedido, pero la montaña misma empezaba a dar síntomas de agotamiento: la caza escaseaba y la leña seca estaba cada vez más lejos.

Fue Taran quien, una noche junto al fuego, tomó la palabra para fijar el rumbo que todos temían, pero sabían inevitable.

—No resistiremos otro invierno aquí arriba —sentenció Taran, mirando fijamente las brasas con la madurez de quien ha cargado con el peso de cuatro vidas durante años—. La montaña nos ha protegido, pero ahora nos está ahogando. Es hora de bajar al valle y buscar nuevas tierras donde echar raíces.

Los chicos recogieron, hicieron sus alforjas y se dispusieron a emprender la marcha.

A medida que descendían de la cumbre, el aire trajo consigo un cambio inequívoco en el ambiente. El olor a brezo tierno, a cauce caudaloso y a fango humedecido sustituyó la aridez del frío, renovando sus fuerzas a cada paso.

Lía se reveló como la primera en captar el estímulo auditivo en mitad de la maleza: no se trataba del rugido violento y destructor característico del deshielo de las cumbres, sino de un murmullo hondo, acompasado y rítmico, semejante a la respiración cansada de un ser de proporciones colosales.

—Allí abajo —indicó la joven, señalando la profundidad del desfiladero con un leve movimiento de la barbilla.

Les tomó varias horas de marcha minuciosa alcanzar la base de la vaguada.

Al llegar, el valle se desplegó ante sus ojos en una explosión de tonalidades verdes: árboles de gran porte que desafiaban la altura, brotes de hojas nuevas que estrenaban la estación y formaciones de piedras redondeadas por la erosión que devolvían un brillo esmeralda bajo el manto del musgo tierno.

La pequeña Lía, si la pequeña, aun con el paso de los inviernos, siempre será la pequeña, se despojó de la pesada carga de su zurrón y procedió a beber el agua del cauce a dos manos con auténtica avidez; Taran se enjuagó las facciones como el hombre que despierta bruscamente de una prolongada pesadilla; Briga se sentó pesadamente sobre el pasto, clausurando los ojos para asimilar el momento.

Por un instante de gracia, el silencio de la naturaleza dejó de percibirse como una amenaza latente para transformarse en un descanso reparador.

En la orilla opuesta del río, la mirada atenta de Arawen alcanzó a distinguir la presencia de un hilo de humo fino que se elevaba en espiral entre las copas de los árboles.

—Se detecta la presencia de fuego en esa posición —advirtió a los suyos en un susurro.

—Donde se constata la presencia de fuego, existe la posibilidad cierta de hallar pan —se animó a aventurar Taran, incorporándose con presteza.

—O la punta de una lanza enemiga aguardando en la penumbra —le replicó ella con marcada prudencia.

Tomaron la determinación de aguardar pacientemente a que se produjera la caída del sol para efectuar el movimiento.

Cruzaron el curso del río saltando sobre la superficie de las piedras más estables, avanzando en posición agachada entre la espesura de la hierba alta.

La humareda procedía de una cabaña solitaria de piedra y techumbre de escoba, erigida justo al lado de un corral que en ese momento se mostraba vacío de ganado.

No se registraban ladridos de advertencia ni gritos de alerta.

Únicamente la silueta de un hombre anciano que se afanaba en avivar el calor de las brasas valiéndose de una vara de madera.

Arawen dio un paso al frente, mostrando la palma de la mano derecha abierta en señal de paz.

—No albergamos la intención de buscar pelea alguna, anciano. Únicamente solicitamos un espacio de descanso para la pequeña.

El anciano sostuvo la mirada de la joven con unos ojos que reflejaban la experiencia de un invierno demasiado largo y hostil.

—El bosque nun ye de naide —pronunció finalmente el viejo, modulando la tonada del monte—. Si sabéis trabayar como se debe, hai agua que acarrear en el río y lleña seca que cortar en la vaguada.

Aquella noche, al amparo de los muros de piedra, los fugitivos consumieron un caldo espeso de lentejas silvestres que les supo a un auténtico milagro de corte doméstico.

El hombre se mostró sumamente parco en palabras.

Les cedió con un gesto tosco un rincón resguardado junto al muro principal de la estructura.

Taran se sumió en el sueño manteniendo el cuenco de madera a escasa distancia de su cuerpo; Lía dejó escapar un llanto sordo, desprovisto de ruido; mientras Briga procedió a cubrirse con las pieles hasta la altura de la frente para aislarse del mundo.

Arawen permaneció despierta, contemplando cómo las lenguas del fuego lamían de forma constante la superficie de la olla de barro.

Pensó con amargura en los miembros de su clan, dispersos y perseguidos por la violencia; y centró de inmediato su atención en la figura del viejo: un ser solitario, sumido en una calma imperturbable, dueño de un trozo minúsculo de mundo.

Quizá el verdadero significado de la existencia, tras acumular tanto tiempo de huida desesperada, consistiera simplemente en hallar un lugar pequeño y seguro al que poder regresar cada noche.

Antes de ceder ante el cansancio, se formuló a sí misma una promesa de una sencillez aplastante: si lograba sobrevivir a aquella travesía, se esforzaría al máximo por aprender a no experimentar temor ante la presencia del otro.

Al amanecer, mientras se entregaba a la tarea de acarrear cubos de agua desde la orilla del río, la silueta de dos mastines de proporciones monumentales se materializó en la vertiente opuesta.

Los animales no emitieron ningún ladrido de amenaza; se limitaron a vigilar sus movimientos con una gravedad señorial.

Uno de ellos inclinó levemente la cabeza, en un gesto que emulaba la aprobación de un acuerdo invisible de vecindad, tras lo cual ambos se dieron la vuelta y se perdieron entre la maleza.

Arawen permaneció inmóvil un segundo, manteniendo el balde de madera apoyado contra la línea de su cadera.

—Auténticos protectores —murmuró para sí misma, sin alcanzar a comprender del todo de qué peligro la salvaguardaban.

El viejo, que demostraba poseer la virtud de escuchar mucho más de lo que acostumbraba a hablar, comentó al verla regresar al hogar:

—Por las brañas de arriba vive Liana, la que llaman la sanadora de pastos. Si lo que buscáis en mitad de vuestro extravío ye un camino seguro y un poco de juicio, os conviene preguntar por la cabaña del texu.

Arawen se abstuvo de emitir una respuesta verbal, pero guardó aquel nombre en lo más profundo de su memoria con el mismo cuidado con el que se custodia una brasa encendida en mitad de la noche.