Capítulo 8 — El Paso De Los Ecos #4
Laila, marchaba descalza sobre la madera, cruzó el espacio de la sala común y clavó la mirada en la superficie del suelo.
El espectáculo visual la obligó a detenerse en seco: la totalidad de las lentejas secas se encontraban dispuestas en una serie de círculos concéntricos de geometría imperfecta y, justo en el centro exacto de ese mándala vegetal, un objeto de dimensiones diminutas devolvía un destello plateado ante el reflejo agónico del fuego.
—Alex —reclamó la parisién empleando un susurro urgente—. Ven a presenciar esto de inmediato.
Se trataba de la tarjeta de memoria SD desaparecida, plantada de forma vertical en el corazón de la estructura emulando una semilla tecnológica en mitad de un campo de legumbres. Ayko aproximó el terminal móvil para enfocar la escena; y aportar un haz de luz limpia para iluminar el hallazgo.
—Os ruego que nadie se tome la libertad de tocar el dispositivo todavía —advirtió Mateo, aproximándose con cautela—. En la montaña y es tradición mostrar agradecimiento antes de proceder a retirar lo que se nos devuelve.
Paula juntó las palmas de sus manos, adoptando una actitud eminentemente práctica ante lo sobrenatural:
—Trasgu, te damos formalmente las gracias por el detalle. En la jornada de mañana nos encargaremos de dejarte una porción de pan junto al fuego. Por hoy, te rogamos que nos concedas el derecho a descansar en paz.
Irene dejó escapar una larga respiración, moviéndose en esa difusa línea que separa el alivio del temor reverencial.
El profesor Elías procedió a abrir las tapas de su libreta: entre las dos páginas centrales permanecía inalterable la huella del grano de maíz aplastado; sin embargo, justo debajo del relieve vegetal, se materializaba una frase nueva —cuya autoría no le correspondía — escrita mediante el empleo de un grafito duro y decidido:
“Lo que verdaderamente vuelve a tu vida, nunca es exactamente lo mismo que se fue de ella.”
Los integrantes del grupo se miraron fijamente las caras en mitad de la penumbra del refugio.
Ninguno de ellos se tomó la molestia de negar la evidencia; de igual forma, ninguno asumió la osadía de refutarla con explicaciones lógicas.
Alex recuperó la tarjeta SD del suelo con dedos trémulos y la deslizó con esmero en el bolsillo interior de su chaqueta técnica; ese espacio resguardado donde los montañeros acostumbran a custodiar los documentos de identidad y los latidos más íntimos del corazón.
—Os pido disculpas formalmente por mi reacción desproporcionada de antes, muchachos —manifestó el creador de contenido, dirigiendo la mirada hacia la posición de Noa.
—Tú no me saltaste a mí con tus acusaciones, Alex —le respondió la joven de forma directa y desprovista de acritud—; la realidad es que te saltaste a ti mismo y a tu propia tranquilidad.
Laila observó la interacción de ambos jóvenes exhibiendo una media sonrisa exenta de juicios de valor; Ayko, por su parte, se limitó a dibujar en una esquina de su libreta de apuntes un círculo perfecto de lentejas dotado de un punto en el centro, añadiendo una anotación manuscrita: El Trasgu ejecuta su recuento en la noche.
Nosotros, a nuestra manera, también ejecutamos el nuestro.
La última lámpara del habitáculo fue extinguida. El sueño reparador descendió sobre los caminantes mostrando puntas de inquietud. En el exterior de la casa forestal, el puerto de Pajares exhalaba un aroma antiguo a madera húmeda y a agua en movimiento.
Pasado — El rastro de la bruja de pastores
Al despuntar las primeras luces de la mañana, coincidiendo con el instante de su paso entre frondosos y ancestrales carbayos, Briga localizó un elemento ritual suspendido de las ramas de un espino albar: se trataba de una estructura en espiral confeccionada mediante el trenzado de hojas de espadaña, firmemente sujeta por un hilo de color rojo intenso.
Al aproximar la nariz al objeto, desprendía una inequívoca identidad aromática a leche agria, humo de leña y grasa animal. Taran se acercó y afirmo:
—Estamos ante una muestra evidente de la brujería de pastores —examinando el trenzado con cautela—. Suelen disponer estas marcas con el único propósito de propiciar que el ganado extraviado localicen el camino de vuelta a la aldea.
—O tal vez la finalidad de la marca consista en advertir a los extraños para que se abstengan de llevarse consigo aquello que no les pertenece de forma legítima —añadió Briga, apretando los ceñidores del petate.
Arawen inconscientemente procedió a guardar la trenza de espadaña en el interior de su zurrón, posicionándola justo al lado de la cinta de lana trenzada recuperada anteriormente.
Representaban dos señales inequívocas procedentes del mismo oficio y de la misma sabiduría de la tierra.
Dos promesas silenciosas: existía alguien en mitad de esa inmensidad montañosa que atesoraba el conocimiento de las cosas ocultas.
Y en la lógica de la supervivencia, si alguien posee el conocimiento, significa de forma invariable que ese alguien conserva la capacidad de enseñárselo a los demás.
Presente — La mañana después
Los componentes de La365 Trail compartieron el desayuno matinal sumidos en un silencio de corte marcadamente amable y reconstituyente.
Paula cumplió de forma escrupulosa la promesa formulada la noche anterior, depositando un trozo generoso de pan de hogaza junto a las cenizas apagadas del hogar de la chimenea.
Mientras tanto, Ayko se dedicaba a recolectar con paciencia las lentejas que habían quedado dispersas por el suelo tras la jugarreta nocturna, valiéndose de una tarjeta de plástico vieja a modo de pala improvisada y exhibiendo una sonrisa cómplice.
Alex se acercó con su taza de café humeante y la observó divertido, apoyado en el marco de la cocina.
—Oye, Ayko, menudo trabajazo... ¿De verdad vas a guardar todo eso para intentar hacer un potaje luego? Porque yo creo que ya han cogido todo el sabor del suelo del refugio.
Ayko se río sin levantar la vista del suelo, empujando un puñado de granos sobre la tarjeta.
—No, tranquilo. Al final el truco de Mateo funcionó y el Trasgu se entretuvo contándolas. Digamos que estas lentejas han servido para un cometido mucho más importante que alimentar nuestros estómagos.
Irene, que pasaba por allí estirando los brazos y todavía bostezando, se detuvo en seco al escucharla y soltó una carcajada.
—¡Desde luego! Han servido para quitarnos el hierro al asunto y ayudarnos a pensar con calma. Y mira que dicen que las lentejas tienen hierro, pero a nosotros anoche lo que nos quitaron fue el susto del cuerpo.
Alex soltó una risa limpia, asintiendo con la cabeza mientras le daba un sorbo al café.
—Ahí le has dado, Irene. Menos mal. Yo sigo prefiriendo tomarme el hierro en el desayuno, pero reconozco que el invento de la sal y las lentejas nos salvó la noche. ¿Te echo una mano con el barrido, Ayko?
— Arigatou , Alex —respondió la japonesa, pasándole la tarjeta plástica con una reverencia cómplice—. Te cedo el honor de terminar con el recuento.
Mientras acababan de desayunar y recoger, Mateo procedió a cerrar las cremalleras de su mochila, emitiendo el chasquido característico que marcaba el inicio de las operaciones.
—¡Equipo! Grabaros a fuego la gran lección que nos deparó la jornada de ayer: una montaña se acomete y se sube cargado de ilusión, pero se gestiona y se baja empleando de forma estricta la cabeza.
Y asimilad de igual forma la lección que nos ha deparado la noche actual: los refugios y las casas de piedra de la cordillera también forman parte indivisible de la montaña.
Poseen sus propios vientos internos, sus normas de convivencia particulares…
y sus propios habitantes legítimos a los que se debe respetar.
El profesor Elías guardó su libreta manuscrita en el interior del bolsillo interior con un cuidado casi reverencial. Clavó su mirada en las facciones de Mateo durante un intervalo de tiempo sensiblemente superior al que dictaba la normalidad cotidiana.
—¿Acontece algún problema con tu equipo o con la ruta, profesor? —le interrogó el guía de montaña, percatándose de la fijeza de la mirada.
—No es nada de eso, Mateo… —le respondió Elías, señalando con el dedo la inscripción a lápiz duro de su cuaderno—.
Me limito a constatar que… cuando las cosas verdaderamente importantes de la vida toman la determinación de volver a ti, nunca se parecen a lo que eran en el momento de la partida.
Y a veces, precisamente en esa falta de coincidencia, es donde reside el verdadero favor que nos concede el camino.
Mateo se abstuvo de articular respuesta alguna de cara al grupo.
Sin embargo, en el bolsillo interior de la chaqueta del veterano profesor Elías, la cinta textil descolorida que había rescatado de aquel hito de piedras durante la bajada de la jornada previa pesaba con la rotundidad física de un recuerdo que reclama su lugar en el mundo.