El susurro del cuervo blanco Capítulo 8 — El Paso De Los Ecos #3
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Capítulo 8 — El Paso De Los Ecos #3

El profesor Elías, que intentaba entrar en calor sentado en un banco de madera con los dedos pegados a su taza, asintió con una sonrisa cansada.

—Es la regla de oro de la gravedad, Bruno.

En el momento en que te crees el rey de la pista, el suelo te recuerda dónde estás.

Nos pasa en el monte y nos pasa en la vida.

—Y menos mal que es así —añadió Paula, dejando una olla con agua a calentar en la chapa—. Si no nos pegáramos esos sustos, nunca aprenderíamos a mirar dónde pisamos. Los golpes enseñan más que los llanos.

Irene, que se frotaba los muslos con las manos desde un rincón, soltó una risa floja y asintió con complicidad. —Pues yo he aprendido que mis rodillas, perdona Paula, no son de Bilbao, son de cristal. Gracias por el bastón, Bruno, porque si no, todavía sigo bajando la canal a gatas.

En el otro extremo de la estancia, ajenas a la tertulia del fuego, las dinámicas eran puramente físicas.

Noa andaba de un lado a otro intentando sintonizar una melodía abstracta a base de silbidos, buscando distraer el frío de los pies.

Laila, aprovechaba el espacio junto a la ventana para hacer una sesión minuciosa de estiramientos, estirando los isquiotibiales mientras observaba cómo la noche cerraba sobre la cordillera.

A su lado, Ayko retorcía sus guantes técnicos con fuerza, escurriendo las últimas gotas de agua antes de colgarlos con cuidado en el respaldo de una silla, calculando milimétricamente la distancia justa para que se secaran con el calor de la chimenea sin llegar a chamuscarse.

Fue en ese preciso instante de la velada cuando dio comienzo el despliegue de los acontecimientos extraños en el interior de la casa forestal:

La gorra técnica que Alex había dejado depositada de forma clara sobre la superficie de la mesa comunal apareció de golpe encajada con precisión en el interior de una bota de montaña que colgaba del alambre superior.

La cuchara de metal de Irene, que la abogada acababa de utilizar hacía escasos minutos para su cena, se localizó oculta bajo la estera de esparto situada en el dintel de la puerta de entrada.

La libreta manuscrita del profesor Elías —que había permanecido abierta sobre la mesa de trabajo— apareció inexplicablemente posicionada sobre la repisa elevada de la chimenea, exhibiendo un grano de maíz perfectamente aplastado entre dos de sus páginas centrales.

—¿Quién de vosotros se está dedicando a hacer el tonto con las pertenencias de los demás? —saltó Irene, modulando un tono de voz donde se mezclaban a partes iguales la risa nerviosa y el amago de enfado.

—Os garantizo por mi honor que yo no he tocado ningún objeto esta tarde —se defendió Bruno, alzando las manos.

—Yo tampoco tengo nada que ver con esto —secundó Noa, cruzándose de brazos en el banco.

—Por lo que a mí respecta, yo me limito de forma estricta a mover mis propias pertenencias personales —sentenció Laila, sin apartar la vista de sus ejercicios.

Alex se aproximó a su equipo fotográfico con la intención de extraer la tarjeta SD de memoria de su cámara para revisar el material de la jornada.

Constató con estupor que el dispositivo no se encontraba en la ranura.

Procedió a vaciar de forma caótica los bolsillos de su anorak, abrió los compartimentos del estuche estanco, pero el resultado fue una nulidad absoluta.

La indignación comenzó a reflejarse con fuerza en las facciones del joven creador de contenido.

—Muy bien, muchachos. Parad la broma de una vez por todas. ¿Quién de vosotros tiene la tarjeta en su poder?

Un silencio denso y repentino se instaló en la habitación. El profesor Elías procedió a cerrar las páginas de su libreta de apuntes con una lentitud deliberada.

—Esto que está aconteciendo aquí… os aseguro que no reviste ninguna gracia de tipo comunitario —afirmó el docente con gravedad.

Mateo alzó entonces su voz, empleando ese tono mínimo, pausado y solemne que caracteriza a las personas que se disponen a relatar una leyenda tradicional con la misma naturalidad con la que se ofrece un vaso de agua fresca:

—Deberíais recordar que nos encontramos oficialmente en tierras de Asturias.

Y en este territorio, cuando los objetos cotidianos toman la determinación de cambiar de sitio por sí solos sin intervención humana, la responsabilidad no suele recaer en la acción del viento de las cumbres.

La responsabilidad le corresponde de forma estricta al Trasgu.

Es un ser de dimensiones pequeñas, viste de color rojo, porta una gorra característica y posee una mala idea monumental para la travesura.

Siente una fascinación por las casas que albergan un fuego encendido y por la presencia de personas que arrastran prisa en el alma.

Disfruta revolviendo los enseres, escondiendo lo valioso y picando con precisión justo en el punto donde más le duele al caminante.

En la esquina del banco, Noa y Ayko ya se habían alumbrado la cara con las pantallas de sus teléfonos, tecleando a toda velocidad.

—Espera, espera... A ver qué dice internet de esto —murmuró Noa, entornando los ojos—. Le estoy preguntando a "Chati", a ver si nos da un tutorial rápido para quitárnoslo de encima.

— Hai (Sí) —asintió Ayko, concentrada en la pantalla—.

Yo estoy buscando en foros de mitología.

Aquí dice que hay que dejarle un cuenco con leche en la entrada para que se vuelva dócil y ayude con las tareas del hogar.

"Chati" me está recomendando un conjuro en bable para limpiar las malas energías de la casa forestal.

Mateo las observó de reojo, esbozando una sonrisa mansa mientras negaba con la cabeza.

—No os canséis, rapazas —intervino el guía, haciendo que las dos levantaran la vista del móvil—.

No todo lo que se cuenta en internet sobre las leyendas asturianas es verdad.

Las inteligencias artificiales y los blogs de viajes están muy bien para los turistas, pero la mitología de aquí no funciona con un copia y pega de Google.

Esas cosas tienen una base real, pero a los seres del bosque hay que tenerles respeto y tenerlos en cuenta desde la verdad de la tierra, no desde una pantalla.

—¿Y existe entonces algún método tradicional eficiente para expulsarlo de la casa? —interrogó Alex, mostrando una visible tensión en la musculatura del cuello y mirando de reojo las sombras del techo.

—No se le puede echar por la fuerza, Alex; la única vía posible consiste en conseguir que se canse por sí mismo —explicó Mateo con total serenidad, arrastrando las palabras al calor del fuego—.

Para lograrlo, la tradición dice que es necesario encomendarle la ejecución de una tarea que se revele imposible: pedirle que traiga agua en un cesto de mimbre, contar los granos de sal de un puñado, o recoger las semillas dispersas de un saco de linaza roto.

Como no tiene dedo gordo en la mano derecha, las cosas se le caen.

Mientras se entrega a la tarea del cómputo, su mente se satura, se enfada por no poder terminar y se olvida por completo de seguir importunando tus cosas.

—Pongamos en práctica el remedio de inmediato, muchachos. Alex, ¿qué elemento de tu saco de intendencia podría catalogarse de “imposible” para un recuento nocturno? — Comento Irene con premura.

Alex abrió con presteza su bolsa estanca de cocina y extrajo un pequeño envoltorio de plástico.

—Dispongo de esta bolsa de lentejas secas. Tenía la intención de utilizarlas para la elaboración del potaje comunitario programado para la jornada del jueves.

—Se revela un elemento perfecto para el propósito —decretó Paula—. Podemos proceder a esparcir las legumbres por el suelo del hogar y le formularemos la advertencia ritual: si demuestra la capacidad de agruparlas todas con éxito, le concedemos el derecho a permanecer en nuestra compañía.

Ayko cruzó una mirada carente de la menor sombra de ironía con Laila.

—Me agrada la lógica del procedimiento —afirmó la japonesa—. Lo catalogaremos como un trato formal con el lugar.

Procedieron a despejar un claro en el suelo de madera junto al calor del fuego y esparcieron el contenido de la bolsa de lentejas, generando un sonido que emulaba el caer de una lluvia marrón sobre la superficie. Mateo se inclinó levemente y pronunció un susurro de resonancias rituales:

—Trasgu, si tas verdaderamente aquí presente con nosotros, cuenta y ordena estas legumbres con esmero. Si logras finalizar la tarea antes de que despunte el alba, tendrás el derecho a comer en nuestra mesa. Si te revelas incapaz de completarla, nos dejas en paz el resto de la noche.

Entre el eco de unas risas de marcado corte nervioso, alguno de los excursionistas se apresuró a echar el cerrojo de hierro de la puerta principal. El viento del Puerto de Pajares silbó con fuerza en las juntas de la madera, como si hubiera asimilado el mensaje a la perfección.

Se retiraron a los sacos de dormir exhibiendo medias sonrisas de escepticismo.

Sin embargo, el profesor Elías se abstuvo por completo de sumarse a las muestras de hilaridad: la presencia de la huella del grano de maíz aplastado entre sus páginas personales le había tocado una fibra íntima y realmente antigua en el mapa de sus recuerdos.

Medianoche — La broma que abre heridas

En mitad de la alta noche, una sucesión de golpes sordos rompió la calma del refugio: tac… tac… tac . Sonidos perfectamente espaciados en el tiempo, dotados de una regularidad mecánica.

—Tiene que responder, de forma obligatoria, a la acción del viento golpeando los aleros exteriores —afirmó Bruno desde su litera, modulando una voz desprovista de cualquier convicción real.

Un soplido repentino descendió a gran velocidad por el tiro de la chimenea: la corriente apagó por completo una de las brasas principales para, casi de inmediato, encender la contigua con una viveza inusitada.

La estructura entera de la casa forestal crujió en la oscuridad, emulando el comportamiento de un gigante de piedra que bostezara ante el transcurrir de las horas.