El susurro del cuervo blanco Capítulo 8 — El Paso De Los Ecos #2
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Capítulo 8 — El Paso De Los Ecos #2

Noa, que bajaba saltando entre los senderos con la agilidad que la caracterizaba, se giró hacia ellas caminando un tramo de espaldas.

—Ya, chicas, suena superidílico y romántico desde aquí arriba con estas vistas, pero no os equivoquéis.

Que la vida en el pueblo también es muy dura.

Mi abuela es de aldea y allí no hay domingos libres, ni vacaciones, ni un cine al que ir si te aburres una tarde de lluvia.

Si te pones mala, el médico te queda a una hora en coche.

Hay que tener mucha madera para aguantar ese aislamiento diario.

Irene asintió con la cabeza, interviniendo con esa calma que siempre ponía orden en los debates del grupo.

—Noa tiene parte de razón, las cosas como son.

No hay que idealizarlo. El campo es esclavo y la montaña no regala nada.

Pero fijaos en lo que ha dicho el paisano: «Aquí sabemos lo que comemos y a quién saludamos por las mañanas».

En la ciudad puedes morirte en tu portal y el vecino de enfrente ni se entera de tu nombre.

Ese pan del que hablaba... esa textura de la vida real, de saber que importas en tu comunidad, eso no se compra en ningún centro comercial de Picadilly o de los Campos Elíseos.

—Ahí le has dado, Irene —concluyó Paula con un soplido, clavando con fuerza el bastón en el barro—. Ni tanto ni tan calvo. Yo no sé si sabría ordeñar una vaca sin salir trasquilada, pero os garantizo que cuando vuelva a mi piso, la prisa de Bilbo me va a parecer una soberana estupidez.

La ruta comenzó a tornarse marcadamente húmeda, transformándose en una sucesión de pasillos estrechos delimitados por la hierba alta y el barro arcilloso.

Paula experimentó un resbalón imprevisto que amenazó con proyectarla contra el suelo; Ayko reaccionó con presteza, sujetándola firmemente por la hombrera reforzada de su chaqueta de montaña.

—Te agradezco enormemente la salvada, Ayko —jadeó la vizcaína, recuperando el equilibrio con dificultad.

—No hay de qué, Paula. Guardamos una vinculación matemática en esta fila: si te caes tú por la pendiente, te garantizo que ruedo yo detrás de inmediato —bromeó la japonesa, restándole dramatismo al percance.

Unas horas más abajo, coincidiendo con el cruce de un arroyo de aguas cristalinas, Mateo decretó una pausa técnica para disfrutar del descanso.

Sobre una superficie limpia de roca, el grupo procedió a dar cuenta de las provisiones: pan de hogaza, queso de la tierra y manzanas ácidas.

Laila extrajo de su petate un trozo generoso de queso Cabrales auténtico, envuelto todavía en un papel aceitado que no había logrado contener del todo su potencia.

—Pero bueno, Laila... ¿y eso? ¿Cuándo narices lo compraste? —le soltó Irene, arrugando la nariz, pero con los ojos abiertos de par en par.

Laila se rio mientras abría el envoltorio con cuidado. —Se lo compré directamente a la guarda en el refugio, ayer mismo en el Meicín. Estaba allí expuesto en la barra y no me pude resistir.

—¡Amiga! Ahora lo entiendo todo —intervino Alex, soltando una carcajada y señalando la mochila de la francesa—.

Llevo dos kilómetros pensando que algo no me olía bien por aquí atrás y resulta que llevabas un arma química en el petate.

Pero ojo, que esto ya es otra cosa... De cerca, este olor es una delicatesse para mis papilas gustativas. ¡Corta un trozo ya, por favor!

—Aquí tenemos la verdadera gasolina de alta potencia para reactivar los músculos —afirmó Bruno, frotándose las manos ante el manjar y sacando su navaja de campaña para ayudar con el reparto.

—O más bien dinamita pura para el sentido del olfato —tosió Paula de forma cómica, fingiendo sentirse vencida por la intensidad del aroma que desprendía el lácteo, aunque ya estaba estirando la mano para coger su pedazo.

—No os quejéis tanto, que en París pagamos una fortuna en las boulangeries por quesos que huelen la mitad que este —replicó Laila, pasándole el primer corte a Irene en mitad de las risas del grupo—. Esto con un trozo del pan que nos dio el francés es el cielo.

El profesor Elías, aprovechando el parón del avituallamiento, apoyó su cuaderno en la rodilla, sacó el lápiz de detrás de la oreja y anotó en el margen de la página: «El queso de montaña también posee la particularidad de enseñar el verdadero carácter de un territorio» .

Tras guardar el cuaderno, miró a Bruno con complicidad.

—A ver, capitán, traiga esa navaja hacia aquí antes de que estos jóvenes de ciudad den cuenta de todo el botín. El análisis científico requiere una cata urgente.

Después de avituallarse y con el subidón del sabor del cabrales, Noa se descalzó con presteza, introdujo los pies desnudos en el agua helada del arroyo y dejó escapar una carcajada limpia que resonó en la canal.

Uno a uno, motivados por el ejemplo, los restantes componentes del grupo se aproximaron a la corriente para enjuagarse las facciones o refrescar la articulación de los tobillos, permitiendo de forma consciente que el discurrir del agua se llevara consigo todo aquello que pesaba de más en las mochilas del alma.

Al promediar la tarde, la bruma de la cordillera descendió nuevamente sobre sus cabezas, reduciendo los contornos del paisaje.

La pista de tierra comenzó a serpentear de forma pronunciada con dirección al Puerto de Pajares.

A lo lejos, el rumor sordo y monótono del tráfico rodado de la carretera les advirtió que el mundo civilizado continuaba existiendo en el mismo lugar de siempre, a pesar de que ellos, en su fuero interno, ya no eran exactamente las mismas personas que habían iniciado la marcha días atrás.

—Las cimas de las montañas poseen la virtud de enseñarnos el significado de la fuerza —sentenció Mateo marchando al frente, sin girar la cabeza—. Las bajadas pronunciadas, en cambio, tienen la obligación de enseñarnos el valor del respeto.

Pasado — Lo que permanece

Al desplomarse la tarde sobre los valles de transición, los jóvenes fugitivos alcanzaron la ribera de un arroyo de curso rápido. La pequeña Lía, mostrando un semblante notablemente más firme y vital, caminaba ya por su propio pie, prescindiendo por completo de la ayuda de sus compañeros.

—Siento que el aire que se respira en esta zona baja posee un sabor distinto al de las cumbres —comentó la niña, saboreando la frescura del ambiente.

—El aire es rigurosamente el mismo, Lía —le corrigió Arawen, deteniéndose junto al cauce—; la única diferencia real es que ahora poseemos unos pulmones capaces de respirarlo de una manera drásticamente distinta.

Descubrieron la presencia de huellas recientes de corzo impresas en el lodo de la orilla.

A una distancia considerable, recortándose contra la masa boscosa, se alcanzaba a distinguir el fino hilo de humo procedente de un hogar humano.

Tras sopesar las opciones, tomaron la determinación unánime de no aproximarse al asentamiento para salvaguardar su seguridad.

Encendieron un fuego discreto al abrigo de la vegetación y procedieron a repartir el último mendrugo de pan que les había entregado el viejo del bosque antes de su partida.

—Mi madre se perdió una vez en mitad de la espesura mientras recolectaba moras silvestres —rememoró Taran, manteniendo la mirada fija en las brasas—, y siempre nos contaba que en mitad de su extravío halló la silueta de la luna reflejada directamente en las aguas del río.

Decía que la luna, cuando se mira a través del espejo del agua, siempre da la impresión de encontrarse mucho más cerca del alcance de las manos humanas.

Briga dejó escapar una risa suave y melancólica ante el relato. Arawen, por su parte, prefirió clavar sus ojos oscuros en el discurrir incesante de la corriente de agua.

—El río no se va a detener en su empeño, aunque intentes interponer toda tu fuerza en su trayectoria —afirmó la joven con gravedad.

Valiéndose de una piedra afilada de cuarzo, procedió a tallar de forma nítida cinco líneas paralelas sobre la superficie de una laja caliza.

No pretendía con ello realizar un cómputo de las jornadas transcurridas en el destierro; aquellas marcas representaban a las cinco personas que componían su núcleo vital.

Pasó la palma de la mano manchada sobre los grabados, emulando la ejecución de una promesa sagrada orientada a cuidar de sus vidas hasta el último aliento, al tiempo que albergaba en su fuero interno la ferviente esperanza de que Cern hubiera logrado salir bien librado del peligro y se encontrara algún día en el camino de reunirse con ellos.

Extrajo del bolsillo de su túnica la cinta de lana con nudos raros que había recuperado del abedul. Rozó la textura del tejido con las yemas de los dedos, perdiéndose una vez más en el pensamiento de esa misteriosa mujer de la montaña que poseía la destreza mágica de atar los vientos a su voluntad.

Presente — Puerto Pajares: la casa y el duende

La antigua “casa forestal” del Puerto de Pajares se erigía sobre el terreno como un lomo sólido de piedra tradicional, rematado por una chimenea de generosas dimensiones que prometía refugio.

Al cruzar el umbral de la casa forestal, el grupo se activó con la urgencia que impone el frío.

En pocos minutos, las botas húmedas quedaron alineadas cerca de las brasas y un alambre improvisado cruzaba la estancia cargada de ropa chorreando.

El ambiente no tardó en impregnarse de ese olor tan propio de los refugios: humo de leña, el vapor denso de la lana mojada y el aroma a gloria de los primeros caldos instantáneos humeando en tazas metálicas.

Bruno, agachado frente al hogar, sopló con fuerza para avivar la llama, esquivando una bocanada de humo que le hizo jurar entre dientes.

—A mitad de la bajada, con el barro hasta los tobillos, me he visto en el suelo tres veces —comentó Bruno, pasándose la manga por la frente—. Te confías, crees que controlas el terreno y la montaña te mete un viaje en un segundo. Menudo baño de humildad.