El susurro del cuervo blanco Capítulo 8 — El Paso De Los Ecos
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Capítulo 8 — El Paso De Los Ecos

Pasado — El precio de la calma

Habían dejado atrás, de manera definitiva, los espolones calcáreos y la soberanía imponente de la Montaña Blanca.

La nieve invernal, que jornadas atrás amenazaba con sepultar sus esperanzas, iba quedando relegada a las zonas altas, asemejándose a una página cerrada en el gran libro de la cordillera.

El viento del norte aún peinaba la superficie del valle inferior con cierta insistencia, pero su silbido ya no ejercía ese mandato despótico y cruel sobre los cuerpos de los fugitivos.

El sendero de montaña descendía ahora dibujando una sucesión de espirales suaves y amables, abriéndose paso entre rocas monumentales que parecían sudar por el efecto del deshielo y mantos de musgo fresco que despertaban ante el estímulo de la nueva estación.

Arawen encabezaba la marcha marcando el ritmo de los pasos. Detrás de su silueta, la pequeña Lía comenzó a toser con un ruido hueco y profundo, una reverberación seca que denotaba que su dolencia no respondía únicamente al cansancio acumulado del camino.

— Vamos a parar aquí a descansar un rato—comento Arawen, clavando su bastón de madera en el pasto, al ver la cara de sus compañeros.

Taran asintió con la cabeza, dejando traslucir el alivio en sus facciones.

Briga se despojó de la pesada carga que portaba a la espalda y se arrodilló con presteza junto a la pequeña.

Al posar la palma de la mano sobre su frente, constató que la piel de la niña ardía con la intensidad de una brasa encendida.

El entorno del collado ofrecía una hondonada providencial de hierba tierna y el abrigo natural de una roca de gran tamaño; elementos que se revelaban más que suficientes para improvisar un refugio.

Valiéndose de ramas caídas de abedul y brezo, los jóvenes estructuraron un parapeto torcido pero eficiente, al tiempo que prendían un fuego parco y discreto para evitar levantar columnas de humo sospechosas.

—Deberíamos posponer el resto del descenso para la jornada de mañana —propuso Taran, acomodando unas pieles—. Nada terminaremos ganando si nos empeñamos en caminar con la pequeña enferma y debilitada.

Briga contempló la respiración de Lía, que se presentaba alarmantemente corta, superficial e irregular.

Carecía de los conocimientos formales de un sanador del clan; sin embargo, en mitad de la incertidumbre, su memoria herida rescató una escena nítida del pasado: la mano firme de su abuela extendida sobre un cuenco de arcilla, el raspado minucioso de la corteza de los árboles, el vapor medicinal ascendiendo hacia las facciones y la aplicación de una paciencia infinita.

Siguiendo ese recuerdo, hirvió agua del arroyo en un pequeño recipiente y arrojó en su interior varios trozos de corteza de sauce.

De inmediato, el aire del refugio se impregnó de un aroma amargo y penetrante.

—Bebe este preparado de forma muy pausada, Lía —le instruyó, sosteniendo su cabeza.

La fiebre remitió una línea en la escala del sufrimiento. A media noche, bajo el amparo de un firmamento limpio, Lía abrió lentamente los ojos.

—Siento que todavía estoy viva, Briga —susurró la niña, como si para respirar necesitara solicitar un permiso previo a la inmensidad del aire.

—Es genial pequeña, seguro que mañana andarás por tu propio pie —respondió Briga, aunque en su fuero interno sabía que estaba realizando una apuesta demasiado arriesgada frente al destino.

Al despuntar el alba, procedieron a recoger el campamento improvisado. Antes de reanudar la marcha, Arawen trenzó con esmero unas hierbas silvestres y depositó la ofrenda sobre la superficie de la gran roca que les había brindado cobijo.

—Una muestra de gratitud por habernos permitido transitar el paso con bien —murmuró.

Al girar el cuerpo sobre la senda, reparó en un elemento anómalo clavado deliberadamente en el tronco de un abedul cercano: se trataba de una cinta de lana trenzada que exhibía una serie de nudos de configuración extraña, rematada en su extremo por una pequeña perla tallada en hueso animal.

Al aproximarla a su rostro, desprendía un olor característico a grasa rancia y a humo de cabaña.

Era un amuleto tradicional de pastores. Decidió guardarlo con celo en su zurrón; aquello no constituía un botín de guerra, representaba una pista inequívoca.

Más tarde, con el discurrir de los inviernos, Arawen alcanzaría a comprender que aquel tejido lanar albergaba un rezo de protección muy específico.

Descubrió la profunda conexión de ese hallazgo con el Susurro del Cuervo Blanco que había experimentado en las alturas de la Montaña Blanca: aquellos nudos extraños eran la constatación de que existían personas y manos místicas en mitad de esa cordillera que poseían el secreto ancestral de atar los vientos y apaciguar las corrientes mudas para evitar que destruyeran a los caminantes.

Presente — Meicín a Pajares: la bajada que enseña

El amanecer en las inmediaciones del Meicín desplegó un aroma intenso a hierba mojada y a tierra empapada por el rocío de la noche.

Al volver la vista atrás, la silueta monumental de Peña Ubiña permanecía parcialmente envuelta en un cinturón de niebla densa; un efecto visual que daba la impresión de que la propia montaña se resistía a perderlos de vista, recordándolos en el silencio de su cumbre.

—En la jornada de hoy nos corresponde la tarea de tocar directamente la línea del horizonte, muchachos —anunció Mateo, poniéndose su mochila y revisando las correas—.

El menú de las próximas horas nos exige cumbrear por las lomas superiores para, de forma inmediata, hasta acometer la última subida al puerto de pajares: un terreno donde saldrán al paso el barro arcilloso, el prado húmedo y la piedra resbaladiza.

Recordad que el cansancio acumulado de los días previos desciende de la mano y viaja con nosotros. No bajéis la guardia.

La pista de montaña se abrió paso de forma generosa entre vegas anchas y pastizales de altura, donde sesteaban rebaños dispersos de ganado vacuno, flanqueados por paredones de piedra caliza colonizados por líquenes centenarios.

Ayko caminaba emparejada con Irene, charlando animadamente y esquivando los surcos que el agua había dejado en el camino, mientras Laila se encargaba de abrir la marcha marcando un paso cómodo, de esos que te permiten caminar horas sin desgastar las piernas.

Noa se detenía cada pocos metros, fascinada por las flores diminutas que brotaban en mitad de las grietas de la roca, mientras Paula, que se conocía bien el terreno, le explicaba con paciencia cuáles eran silvestres y cuáles solían usar los pastores de la zona para curar heridas.

Por detrás, el profesor Elías aprovechaba las paradas del grupo para apoyar el lomo de su cuaderno en una roca y garabatear un par de notas rápidas, con una caligrafía temblorosa que delataba el cansancio de los kilómetros.

Bruno, avanzando unos metros por delante para vigilar el terreno, exhibía por fin una mirada tranquila y un semblante desprovisto de tensiones, contagiado por la paz de las praderas.

Alex, por su parte, caminaba maldiciendo en voz baja cada vez que el barro asturiano amenazaba con tragarse la suela de sus botas impolutas, más pendiente de mantener el equilibrio en los tramos resbaladizos que de cualquier otra cosa.

Al franquear una curva cerrada del sendero, se toparon de frente con la silueta de un paisano de avanzada edad que conducía un burro cargado hasta los topes con madera de leña.

—¡Bon día nos dé Dios! —saludó Mateo, utilizando la fórmula tradicional de cortesía de los valles.

— Bonu, sí. Pa vós que vais de camín, meyor inda —respondió'l vieyu, deteniendo al animal con un leve xestu de varar—. Baxáis de los altores d’Ubiña, ¿eh? Nótasevos na mirada. Eso qu'alendastis enriba cura en demasía lo qu'el mesmu médicu de cabecera nun sabe nin diagnosticar na ciudá.

— Madre no entendí na. — Dijo Noa, con su habitual sinceridad

—¿Suele usted subir a menudo a esta vertiente? —interrogó Elías, mostrando un vivo interés profesional.

—Yo nun xubo al monte, caballeru: yo vivu equí de forma permanente —corrixó el paisanu con una sorrisa cuayada d'arrugues—.

Nestos valles el tiempu nun pasa como pasa nes ciudaes, y mucho menos tómase la molestia de correr.

Equí'l tiempu lo único que fai, de verdá, ye posara sobre les coses y les persones.

La frase entendiose bien por parte de los senderistas y durante un buen tramo de la bajada, fue motivo de conversación e intercambio de opiniones, sobre si de verdad la vida en los pueblos era mejor que en las ciudades, poseyendo la textura densa y alimenticia de un trozo de pan recién horneado.

—A mí el paisano me ha tocado la fibra, no os voy a engañar —arrancó Paula, retorciendo la cinta de la mochila mientras vigilaba no pisar una piedra suelta—.

En Bilbao corremos para todo. Corres para coger el metro, corres en la oficina, corres hasta para quedar a tomar una caña.

Ves a este hombre aquí arriba, que parece que el tiempo no le rige, y te replanteas seriamente qué narices estamos haciendo con nuestras vidas.

Laila soltó una risa amarga, entreabriendo los labios mientras soplaba del esfuerzo de la bajada.

—Si tú corres en Bilbao, Paula, ni se te ocurra pisar París.

Allí la gente no vive, sobrevive al asfalto.

Nos encerramos en apartamentos del tamaño de una caja de zapatos y pagamos una fortuna por respirar humo.

Escuchar al lugareño hablar de sus vacas y de la siembra como quien habla de su familia...

no sé, te da una bofetada de realidad. Te hace ver que lo nuestro es puro artificio.