Capítulo 7 — La Montaña Blanca #6
—Mañana por la mañana tomaremos la determinación de descender hacia las zonas donde se divisa la presencia de humo en las chimeneas —instruyó Arawen, asumiendo la jefatura del grupo—.
Si los habitantes de esos asentamientos nos ofrecen su hospitalidad de forma voluntaria, como hasta ahora hemos hecho, se la agradeceremos de todo corazón; si se aproximan a formular preguntas incómodas sobre nuestra procedencia, responderemos lo mínimo indispensable.
Si la situación se torna peligrosa, continuaremos la marcha sin detenernos.
Ninguno de los jóvenes osó discutir el criterio de la muchacha.
En esas altitudes severas de la Montaña Blanca, todos estaban asimilando a pasos agigantados la gran lección de que tomar decisiones con madurez constituye la vía más eficiente para guardar las escasas fuerzas que les restaban en el cuerpo.
En los dedos de su mano derecha, Arawen todavía portaba los restos negros del carbón vegetal con el que había grabado los signos sagrados en la cumbre.
Contempló detenidamente su palma manchada por el mineral, desvió la mirada hacia las facciones cansadas de sus amigos y comprendió una verdad absoluta que en ese momento se sintió incapaz de articular con palabras: que las grandes alturas de la tierra poseen la virtud de enseñar las lecciones más puras al caminante, pero no se toman jamás la molestia de perdonar la menor de sus torpezas.
Presente — La historia pequeña
Con las estancias del comedor del refugio del Meicín sumidas finalmente en una calma apacible, Mateo tomó la palabra adoptando un tono de voz pausado, modulando las frases con el esmero de quien comparte un legado familiar:
—Mi padre tomó una vez la determinación de ascender a estas mismas aristas de la Ubiña en compañía de un pastor de la zona, con el único propósito de localizar a una oveja que se había extraviado portando a su cría recién nacida.
Las condiciones meteorológicas se cerraron a su alrededor a una velocidad de vértigo, de tal forma que la niebla de la montaña les borró por completo el sendero de delante de los ojos en cuestión de minutos.
Fue en mitad de ese desamparo cuando mi padre alcanzó a comprender que a estas cimas míticas de las Ubiñas uno no se presenta jamás con la soberbia de intentar demostrar nada a los demás; uno asciende a sus canales con la única y humilde intención de ganarse el merecimiento de regresar con vida a casa.
Acabada la historia, Mateo continúo hablando y aprovecho para preguntar:
—Bueno y ahora que nos encontramos al calor de la chimenea… ¿Qué sensación tenéis después de haber conseguido coronar Peña Ubiña?
Irene soltó un quejido dramático y se señaló las piernas. —¿Sensación? Que, si mañana me tengo que agachar a por una moneda, se queda en el suelo para siempre. ¡Tengo los gemelos como dos piedras de caliza, Mateo!
Alex se rayó pensando y estirando los pies con los calcetines desparejados hacia el fuego. —Pues yo sigo esperando a que se me descongelen las ideas. En la cumbre me sopló una racha de viento que casi me manda directo a León sin billete. ¡Qué manera de rascar el aire!
Laila le lanzó una mirada burlona mientras le daba un sorbo a su vaso. —A ti lo que te pasó es que se te congeló el tupé y te diste cuenta de que en la cima no hay wifi para tus millones de seguidores.
—Oye, que me saqué un fotón con el cartel geodésico que va a ser histórico —se defendió Alex entre risas.
Noa se sumó al vacile, dándole un empujón cariñoso a Alex en el hombro. —Ya, claro, histórico. Si salías con los ojos cerrados del aire que hacía. Yo lo único que sentí arriba es que, si llegamos a tardar cinco minutos más en bajar, el viento nos devuelve a Oviedo rodando por la canal.
Bruno esbozó una sonrisa de medio lado, disfrutando del ambiente. —A mí me pareció una marcha suave... para ser el primer día —soltó con tono serio, aunque los ojos le brillaban de guasa.
—¡Anda ya!, Bruno, ¡no me jodas! —saltó Irene, tirándole una servilleta arrugada—. ¡Que tú subías aquello como si fueras un rebeco y los demás íbamos pidiendo el helicóptero de rescate!
Ayko se rio con ganas, contagiada por la energía del grupo. —Yo pensé que mis pulmones iban a explotar en el último repecho. En Japón las cuestas no son tan empinadas, ¡lo prometo! Pero cuando vi las vistas... se me olvidó hasta el idioma.
Paula apareció desde la cocina con una bandeja de empanada y unas cervezas, salvando la situación. —Menos quejarse, que bien que os comisteis todos los frutos secos que os di. Yo lo único que sentía arriba eran unas ganas locas de llegar a este sofá e hincarle el diente a esto.
El profesor Elías levantó su cerveza, con las gafas todavía empañadas por el calor de la chimenea.
—Pues yo, mis jóvenes amigos, comparto la opinión de Paula.
La montaña es maravillosa, la geología es pura poesía, pero la sensación de quitarse las botas de montaña después de ocho horas...
eso es lo más cercano al paraíso que vais a probar en esta vida.
Y Noa añadió pegando un bocado a su trozo de empanada, remató la faena: —¡Bueno, en serio, a mí lo que más me gustó es que desde arriba las vacas y la gente parecían hormigas! ¿Mañana podemos subir otra más alta?
Un coro de "¡No!" rotundo y lleno de risas resonó en todo el refugio, cerrando la conversación mientras los vasos brindaban al calor del fuego.
Para profundizar en la experiencia, Paula, Laila y Mateo tomaron la iniciativa de salir al exterior del refugio durante unos minutos, buscando contemplar la limpieza del firmamento estrellado que se abría sobre el Meicín.
Fue allí, al amparo de la noche estrellada y con el frío de la montaña acariciándoles el rostro, donde comenzaron a florecer las verdaderas confidencias entre ellos: hablaron con honestidad sobre el significado real de la libertad de elegir el propio destino y la necesidad imperativa de ir liberando, de forma progresiva, los demonios y las culpas del pasado que cada uno arrastraba en el petate de su existencia.
Mientras tanto, en el interior del comedor, Bruno, Elías, Ayko e Irene optaron por permanecer reunidos en torno a la mesa de madera para compartir una partida de juegos de mesa tradicionales del refugio.
Entre tirada y tirada, las defensas urbanas terminaron por desmoronarse por completo: Bruno hizo gala de una faceta tierna y reflexiva, desprovista de su habitual coraza militar, entablando una complicidad y una cercanía especial con Irene, cuya mirada denotaba que algo se había transformado en su interior tras haber experimentado el pánico de la niebla y la seguridad del silbato del guía.
Las risas se mezclaban entre las palabras desenfadadas y las bromas de quien se siente como en casa.
Alex aprovechó los últimos minutos de conexión para proceder a subir a sus perfiles el reel más sobrio y elegante, algo raro en él, era un reel diferente: una secuencia de apenas diez segundos de duración que retrataba la niebla densa de la tarde colándose de forma fantasmal a través del marco de la ventana del refugio, acompañada únicamente por un breve texto manuscrito: “Hoy no filmo de cara a la galería. Hoy aprendo en silencio.” Noa reaccionó a la publicación de inmediato enviándole un icono de pulgar alzado desde su litera; Laila esbozó una sutil sonrisa —apenas perceptible en la comisura de los labios— mientras saboreaba las últimas gotas de su taza de té caliente.
Procedieron a extinguir las luces del refugio a una hora temprana de la noche.
En el interior de los dormitorios, comenzó a reinar el rumor característico de las cremalleras de los sacos de dormir, alguna tos esporádica motivada por el frío y un murmullo de “buenas noches” compartido que se estrelló de forma suave contra el techo de madera.
En el exterior del edificio, la imponente silueta caliza de Peña Ubiña permaneció inmóvil en mitad de la oscuridad.
No requería realizar el menor movimiento para certificar su presencia; su inmensidad le bastaba para estar presente en todas partes al mismo tiempo.