El susurro del cuervo blanco Capítulo 7 — La Montaña Blanca #5
43%

Capítulo 7 — La Montaña Blanca #5

Laila experimentó un resbalón inoportuno sobre una zona de arenilla; Paula, reaccionando con la velocidad de reflejos que la caracterizaba, bloqueó de inmediato el tobillo de la joven empleando la estructura de su propia bota a modo de freno físico contra la pendiente.

—Respira hondo, Laila. No mires al vacío de la hondonada; fija tu vista únicamente en el espacio más cercano —le dijo con calma.

Noa comenzó a marcar la cadencia de la marcha en voz alta para sincronizar al grupo, como si fuera un juego: “Despacio uno-dos, uno-dos”.

El resto de los senderistas procedió a copiar el ritmo mecánico; sin querer y de forma paulatina, el terreno dejó de ejercer esa soberanía tan opresiva sobre las piernas de los humanos.

Irene comenzó a notar un latido doloroso e inflamatorio directamente en los tendones de sus rodillas, haciendo muecas de dolor a cada paso.

Bruno se percató del sufrimiento de la abogada de inmediato y, acortando distancias, le cedió uno de sus propios bastones de repuesto sin articular palabra alguna, en un gesto de pura camaradería montañera que Irene agradeció con un hilo de voz.

Ayko caminaba un paso por detrás, observando la escena en silencio.

Atesoraba la suficiente madurez y sensibilidad para comprender que aquel no era un momento para el análisis ni para las distracciones; en mitad de esa rampa brutal, la montaña no estaba midiendo las fuerzas de sus cuerpos, sino la auténtica entereza de sus caracteres.

Apretaba los dientes, asimilando la lección de resistencia de sus compañeros y guardando cada muestra de compañerismo en lo más profundo de su memoria.

El profesor Elías comenzó a entonar una melodía en voz baja en mitad de la bajada, una canción de ritmo pausado y reconfortante; avanzaba nombrando las diferentes piedras del camino a media voz, emulando la actitud del hombre que cree firmemente que otorgar un nombre propio a los elementos posee la virtud de volverlos obedientes ante el paso humano.

—¿Qué canción es esa que vas tarareando entre dientes, profesor? —le interrogó Bruno, fascinado por la tranquilidad que transmitía el veterano docente en mitad del sendero.

Elías guardó un breve silencio antes de responder, manteniendo los ojos fijos en las piedras calcáreas:

—Es una vieja melodía popular que me acostumbraba a cantar mi propia madre, Bruno.

Y se convirtió, con el paso de los años, en la canción exacta que yo le cantaba al oído a mi hija cuando salíamos juntos de monte y la pequeña experimentaba una oleada de preocupación o miedo ante la dureza del terreno.

Nombrar las cosas de la naturaleza con música siempre ha tenido la virtud de espantar a los demonios del camino.

Al alcanzar la superficie de un nevero de nieve dura que bloqueaba el paso, Mateo se empleó a fondo tallando una serie de peldaños seguros en la superficie compacta utilizando la puntera de su bota técnica.

—Apoyad las plantas de los pies de forma plana en los huecos, equipo. Mantened la cadera alineada sobre el eje del pie. Olvidaos de la estética; descendemos este tramo sin gracia visual, pero haciendo gala de puro oficio montañero, que se note que estamos preparados.

Al aproximarse a la estructura de un antiguo mojón de piedras que servía de señalización en la ruta, Elías reparó en la presencia de una cinta de tela descolorida por la acción del sol y la humedad.

Se inclinó para recogerla del suelo con delicadeza.

Al examinar el tejido desgastado, constató la presencia apenas visible de un grabado: una cruz compuesta por dos trazos nítidos y un punto perfectamente marcado en la intersección.

Deslizó la cinta en el interior de su bolsillo, conectando de inmediato el hallazgo con la misteriosa fotografía anónima en blanco y negro que había descubierto la noche anterior entre las páginas de su libreta manuscrita, aquella cuya dedicatoria rezaba: “Sigue las marcas” .

En el instante preciso en que el pedreru inestable cedió su espacio a la senda definida, y el sendero se transformó de forma definitiva en un tapiz verde de prado de pasto, la masa de aire de las cumbres cesó por completo de empujar los cuerpos de forma lateral.

Desde la perspectiva que ofrecía la El Collado Terreros del Meicín, los excursionistas se detuvieron un instante para contemplar el monumental esfuerzo físico que habían realizado hasta hollar la posición del picu , divisando al mismo tiempo en el fondo del valle el reconfortante hilo de humo que ascendía recto desde la chimenea del refugio de montaña.

Tras la culminación de una bajada que muchos catalogarían en sus fueros internos de terrorífica por la exigencia técnica, pero que se reveló sumamente prestosa para el espíritu del grupo, las instalaciones del refugio del Meicín los recibieron en el fondo de la canal emulando la seguridad de un puerto de mar definitivo para unos navegantes fatigados.

En el interior del establecimiento, las estancias desprendían un aroma reconfortante a caldo casero hirviendo y a lana tibia puesta a secar.

Las botas de montaña se alinearon a una distancia prudencial de la seguridad del fuego de la chimenea, mientras los calcetines húmedos recién “pasados un jabón” se disponían colgados de las cuerdas emulando una colección de banderines de victoria.

—En la jornada de hoy sí que nos hemos ganado el derecho reglamentario a disfrutar del descanso, señores —afirmó Mateo con una amplia sonrisa, frotándose las manos—.

Disponemos de fabada asturiana auténtica y sopa caliente en la cocina, lo que prefiera cada uno.

Y abundancia de agua pura de montaña y un vino que despierta al más moribundo del lugar.

Mañana continuaremos con las exigencias de La365 Trail, pero os aseguro que lo que hemos vivido hoy en la cumbre se va a quedar grabado a fuego en el disco duro de vuestra memoria; ha sido una jornada sencillamente fantástica.

—Por lo que a mí respecta, os garantizo que la experiencia se ha quedado grabada de forma permanente y dolorosa directamente en los tendones de mis rodillas —se río Irene, aplicando un suave masaje en sus articulaciones.

—Y en los pasillos de la cabeza, abogada —añadió Bruno, dándose un leve toque con el dedo índice en la zona de la sien—. Si guardo silencio un segundo, os prometo que el rugido del viento de la cumbre todavía se alcanza a escuchar con total nitidez aquí dentro.

—Permite que continúe escuchándose en tu interior, Bruno; no intentes acallarlo —le aconsejó el profesor Elías de forma pausada—. Te aseguro que la montaña posee la música más limpia y honesta que un hombre puede llegar a escuchar en su vida.

Tania la guarda encargada del refugio se aproximó a la mesa comunal para depositar una enorme fuente de barro, haciendo gala de unos movimientos firmes propios de quien lidia a diario con los rigores del aislamiento, luciendo un mandil impoluto y unas manos habituadas al trabajo rudo.

—Tuvisteis la oportunidad de probar en vuestras propias carnes el verdadero viento d’Ubiña esta tarde, ¿verdad, muchachos?

—manifestó la mujer con su marcado acento natal—.

Sabiendo mirar las cosas, nun vais a encontrar en toda la cordillera un meyor maestru para templar el carácter de los hombres.

Pero os ruego que no olvidéis la vieja máxima de estos valles: al picu siempre se le paga el tributo exigido, tarde o temprano.

La palabra paga cruzó la superficie de la mesa comunal emulando el efecto de una corriente de aire gélido que silbara entre los comensales.

Ayko dirigió su mirada a través de los cristales de la ventana: la imponente mole caliza de Peña Ubiña se recortaba contra el firmamento en una tonalidad de gris claro y majestuoso.

Se abstuvo por completo de realizar ningún comentario en ese instante.

Guardó el momento en el interior de su mente adoptando la actitud de quien custodia una confidencia de un valor incalculable.

Noa, habiendo recuperado por completo su habitual relajación juvenil tras el esfuerzo, le dio un sutil toque con el hombro a Alex en el banco.

—Te agradezco de corazón el detalle de haber descendido a la pedrera para recuperar mi gorra, Alex.

—Te agradezco a ti de verdad que tuvieras el buen criterio de no lanzarte de cabeza detrás de ella ladera abajo, Noa —le contestó el joven madrileño con una sonrisa limpia, libre por una vez de toda cámara o postureo—.

Créeme, no habría sabido cómo enfocar ese rescate para que quedara bien en las noticias.

Laila los observó detenidamente desde su posición de la mesa, midiendo la sutileza del gesto y la evolución de las miradas, absteniéndose de emitir ningún tipo de juicio de valor.

Algo de naturaleza profunda se estaba moviendo de forma paulatina en el interior de las dinámicas del grupo; avanzaba despacio, de forma casi imperceptible, pero se movía con total firmeza.

Pasado — La historia que no se olvida

Con el rigor del frío del atardecer cortando el ambiente de forma fina y afilada, Arawen y sus compañeros de andadura completaron el descenso desde el espolón rocoso hasta alcanzar la posición de una gran piedra plana que sobresalía en mitad de la vertiente baja.

En ese hito, los jóvenes se sentaron en círculo para proceder a realizar un recuento minucioso y riguroso de las provisiones que todavía atesoraban en sus petates y de aquello que les faltaba para garantizar la subsistencia.

La operación de cálculo arrojó un resultado exacto: disponían de los recursos estrictamente necesarios para disputarle a la muerte una jornada más en el mapa.