Capítulo 7 — La Montaña Blanca #4
—¡Aúpa ahí! Menuda subida tenéis marcada, de las que hacen afición —le dijo el montañero vasco a Mateo, mientras recuperaba el aliento.
—Hay que ganarse las vistas, compañero —respondió Mateo con una sonrisa de paisano, estrechándole la mano con firmeza—. Bienvenidos a Ubiña.
Paula, que estaba guardando su cantimplora, se fijó en el escudo de un club de montaña que uno de ellos llevaba cosido en la mochila.
—¡No me lo puedo creer! ¿Vosotros venís desde el Gorbea o me traiciona la nostalgia? —intervino Paula con esa espontaneidad tan de Bilbao, rompiendo a reír—. ¡Qué alegría ver gente de la tierra por aquí arriba!
—¡De la misma margen derecha! —respondió la mujer de la pareja, encantada con el encuentro—. Venimos haciendo la variante este. ¡Menudo día nos ha tocado para disfrutar de esto!
La cumbre de Peña Ubiña, por unos momentos, se convirtió en una pequeña Babel de montaña.
Entre el pan compartido del francés, las risas de Laila, el compadreo vasco de Irene y las explicaciones técnicas de Mateo sobre los picos que se divisaban en el horizonte, el cansancio acumulado de la subida pareció evaporarse por completo.
Antes de iniciar el regreso a la realidad de la montaña, Alex rompió la magia del descanso plantando el trípode entre las rocas calizas.
—¡Venga, familia, que el momento lo merece y la luz es brutal! —exclamó, haciendo un gesto con el brazo para agrupar a todos alrededor del vértice geodésico—. Los de Bilbao, al centro. Laila, ponte al lado de tu compatriota. ¡Todos mirando al objetivo!
Se juntaron hombro con hombro, una amalgama de vidas cruzadas, de veteranos, jóvenes y extranjeros unidos por el sudor de la subida.
Sonrieron con la verdad que solo te regala el esfuerzo de los 2417 metros de altitud.
Sonó el pitido del temporizador y el destello de la cámara inmortalizó para siempre aquella cumbre compartida.
Mientras el grupo comenzaba a dispersarse y a ajustarse de nuevo las mochilas, Ayko echó una última mirada junto a unas rocas apartadas había un pequeño grabado circular difuminado y lo que parecía o quedaba, de una espiral marcada en la roca, sintiendo cómo los versos japoneses volvían a resonar en su cabeza: Kono basho mo mata, ikizuite iru. Este lugar también respiraba.
En ese preciso instante, el viento cambió de dirección con un silbido seco y cortante, como un latigazo helado que subía directamente desde las canales sombrías del norte.
El aire puro de la mañana se volvió pesado en cuestión de segundos, trayendo consigo el olor húmedo y denso de la tormenta que parecía quería romper el instante anticipadamente.
La montaña, impasible, retiraba su invitación.
Mateo se echó el macuto a la espalda, bloqueó los cierres con un clic rotundo y miró hacia el horizonte gris que empezaba a devorar las cumbres lejanas.
—Se acabó el recreo, güajes —sentenció el guía, con la voz templada pero firme—. Ubiña nos está diciendo que nos larguemos. Mejor bajar y disfrutar de otras vistas. ¡Vamos!, que empezamos a bajar.
Nunca olvides que la montaña te invita a subir, pero también te invita a bajar, no sabes si quedarte o irte, pero que no se diga que ella no te avisa, que ella no te susurra. Recuerda que siempre cobra su peaje, un pacto no se puede romper sin consecuencias.
Pasado — La Montaña Blanca
El nuevo amanecer trajo consigo el despliegue de un cielo azul tan nítido y limpio que daba la impresión de pinchar las pupilas al mirarlo de frente.
El hielo de la noche crujía de forma característica bajo la superficie de la hierba agostada.
Arawen y sus compañeros de destierro alcanzaron la posición de un espolón rocoso donde el mundo entero parecía haberse quedado completamente quieto: no constituía la cima de la cumbre propiamente dicha, representaba el umbral sagrado de la montaña.
Arawen se despojó del pesado manto de lana que cubría sus hombros, lo dobló con esmero ritual y lo depositó sobre la superficie de una gran piedra plana, emulando el gesto de quien toma la firme determinación de desprenderse de un miedo atávico para siempre.
—Afrontaremos este tramo final permaneciendo firmemente juntos —comento la muchacha.
Iniciaron la trepa a través de una sucesión de lajas de piedra frías y cortantes.
La pequeña Lía mostró un instante de duda ante un paso vertical; Taran reaccionó de inmediato ofreciéndole su propia rodilla a modo de escalón improvisado para facilitarle el apoyo.
Briga contuvo el aliento de forma consciente hasta que su propio cuerpo asimiló de forma natural el ritmo mecánico que exigía la roca.
La arista final los recibió propinándoles un auténtico zarpazo de viento gélido en las facciones.
Arawen apoyó con fuerza la palma de su mano derecha sobre la superficie de la roca desnuda: constató con fascinación que la montaña se sentía viva, vibrante y dura ante su tacto.
Arriba, a escasos pasos, la cima los aguardaba desguarnecida.
El mundo alrededor se desplegaba ante sus ojos en una multitud de capas sucesivas de montañas y valles.
Ninguno de los jóvenes osó articular palabra alguna.
Todos permanecieron recluidos en el espacio íntimo de sus propios pensamientos, asimilando la inmensidad del territorio que habitaban; una geografía que se antojaba infinita y que les obligó a rememorar las viejas historias y las leyendas sagradas que los ancianos del clan acostumbraban a relatar alrededor del fuego protector de los hogares.
Arawen extrajo de su bolsa un trozo de carbón vegetal, se inclinó sobre la superficie pulida de una roca de cumbre y procedió a dibujar con trazo firme una espiral doble y, justo al lado de la misma, un círculo perfecto dotado de tres rayos cortos que apuntaban hacia las coordenadas del descenso.
—He dejado esta marca aquí arriba con el propósito de que la piedra recuerde para siempre que logramos coronar su cima —susurró la muchacha—. Y para que nosotros mismos seamos capaces de recordar el sentido del camino que hemos transitado.
El viento de las alturas comenzó a soplar de golpe con un susurro particular, un silbido que de forma progresiva empezó a asemejarse en los oídos de la joven al sonido de palabras sueltas y articuladas, emulando la cadencia de alguien que se encontrara recitando un poema ancestral en mitad de la nada; era un aviso en toda regla, un conjuro místico emitido por los propios demonios de la Montaña Blanca, esos mismos seres sobrenaturales de los que solían hablar los ancianos druidas en las noches de invierno.
El susurro eólico incrementaba su intensidad a cada segundo, volviéndose penetrante en el interior de la cabeza de Arawen; el eco incesante del viento no dejaba de martillear su conciencia con una frase rotunda:
“Arawen, tú no caminas sola en este mundo. Arawen, busca siempre en aquellos destinos donde la verdad de las cosas se esconde del orgullo de los hombres. El cuervo blanco se encargará de guiar tus pasos en la espesura. SIGUE LAS MARCAS.”
Arawen clavó la mirada en la línea del horizonte, en ese punto exacto donde se fundían de forma mística el azul del cielo, la silueta de las montañas y la lejanía del mar; observó detenidamente las facciones de sus compañeros de andadura y formuló una pregunta silenciosa en el santuario de sus pensamientos:
—Padre, ojalá estuvieras físicamente en este faro para guiar mi criterio en mitad del destierro.
El viento empezó a susurrar con un timbre familiar, susurrándole en su interior:
— ¡Mi pequeña Arawen! Los seres humanos no podemos modificar la dirección del viento, pero si podemos cambiar el sentido de nuestros pasos. Eres dueña de tu destino…” — difuminándose suavemente su eco en el aire.
Se instaló un silencio sepulcral en la cumbre, roto de forma repentina por el estallido de un trueno atronador que hizo vibrar el mineral de la montaña; a lo lejos, en la vertiente del valle inferior, un rayo de proporciones descomunales penetró con fuerza en la tierra desde la bóveda celeste, emulando un dedo de fuego encargado de indicarles de forma precisa el lugar geográfico hacia el cual debían encaminar sus pasos de forma inmediata.
La Montaña Blanca había concedido las respuestas necesarias a sus dudas, el susurro del viento les había dotado de un propósito de vida y el impacto del rayo les marcaba el destino final de la andadura.
Iniciaron la maniobra de descenso con la firme convicción de que cada paso posterior constituía un pacto inquebrantable con la montaña.
Presente — La bajada al Meicín, donde se firma la cima.
Mateo procedió a reunir a la totalidad del grupo bajo el amparo geográfico del lomo inferior de la cumbre, buscando protegerlos parcialmente de las rachas de viento más violentas:
—Prestadme la máxima atención, señores: en este preciso instante da comienzo la fase verdaderamente importante de toda la jornada.
Una montaña se acomete y se sube cargado de ilusión; pero se desciende y se gestiona empleando única y exclusivamente la cabeza.
Nos enfrentamos a una pedrera inestable, lo que equivale matemáticamente a la aplicación de pasos cortos, mantener el centro de gravedad de las caderas bajo y avanzar con el bastón técnico siempre adelantado a la posición del cuerpo.
Si constatáis que una piedra se mueve bajo vuestra suela, os detenéis de inmediato en seco; si una piedra de gran tamaño se desprende y rueda ladera abajo, es obligatorio emitir un grito de aviso para alertar a los compañeros.
Está terminantemente prohibido correr. Mantendremos una distancia de seguridad estricta de dos cuerpos entre caminante y caminante.
Alex se encargará de realizar las funciones de cierre en la cola, ante cualquier atisbo de duda: utilizad la voz.
Iniciaron formalmente la maniobra de descenso por la vertiente. La pronunciada ladera de Peña Ubiña parecía soltar piedras sueltas con una facilidad pasmosa ante el menor contacto del calzado.