El susurro del cuervo blanco Capítulo 7 — La Montaña Blanca #3
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Capítulo 7 — La Montaña Blanca #3

Bruno se quedó por completo desprovisto de sus habituales bromas cordobesas, concentrado en la gestión del esfuerzo; Elías respiraba de forma acompasada, adoptando la actitud del hombre que reza una oración interior desprovista de palabras; mientras Alex se encargaba de cerrar la marcha de la expedición, manteniendo la mirada fija en cada uno de los componentes para intervenir ante el menor síntoma de flaqueza, como si ir el último fuera una obligación y responsabilidad añadida ante los demás.

De pronto, un golpe violento de racha arrancó la gorra técnica de la cabeza de Noa, lanzando la prenda a gran velocidad cuesta abajo por la vertiente de la pedrera. La joven amagó instintivamente con abandonar la línea del sendero para lanzarse en su persecución.

—¡PÁRATE! ¡Quédate quieta en el sitio, Noa! —le cortó Mateo con una voz atronadora que se impuso al rugido del vendaval —. La cabeza se mantiene siempre mirando hacia arriba en esta arista. El rescate del orgullo personal lo gestionaremos luego. La gorra puede esperar.

Alex bajo indicación de Mateo abandonó su posición de cierre en la cola, y procedió a descender tres metros por la ladera con una calma pasmosa, haciendo gala de una técnica de pies impecable.

Recogió la prenda de un saliente y regresó al trazado principal trazando una diagonal segura sobre la pedrera.

—Parece ser que no todas las acciones de esta vida se ejecutan con el único propósito de generar contenido para las redes, ¿verdad, Alex? —le susurró Laila, exhibiendo una media sonrisa cargada de doble sentido.

Alex sacudió la gorra contra su muslo para quitarle el polvo de la caliza, manteniendo la respiración rítmica a pesar del esfuerzo del "rescate".

Miró a Laila a los ojos, por primera vez despojado de esa pose de cámara que solía llevar puesta como un escudo, y le sostuvo la mirada con una intensidad franca.

—A veces, Laila, las cosas más reales son las que se quedan fuera de la pantalla porque estás demasiado ocupado intentando no despeñarte —respondió él en un tono bajo, casi confidencial.

Luego se giró hacia Noa y le entregó la prenda, asegurándose de rozarle los dedos en el proceso con un gesto lento, pausado, que hizo que a la joven se le cortara la respiración un segundo.

—Toma, Noa. Guárdala bien. A ver si la próxima vez el viento te pilla con las ideas y los pies un poco más firmes en la tierra.

Noa recogió la prenda con un gesto brusco, sintiendo cómo el calor le subía por el cuello a pesar del frío del vendaval. La mirada de Alex la había descolocado más que la racha de viento.

—No necesitaba que fueras de héroe por la vida, Alex, podía haber bajado yo —replicó Noa —Mateo me obligo a quedarme quieta — tratando de recuperar una compostura que se le escapaba entre los dedos.

Miró de reojo a Laila, detectando ese brillo de suficiencia en la otra—.

Y tú, Laila, podrías guardar los comentarios de manual de psicología para cuando estemos en el albergue.

Aquí arriba, las sonrisitas sobran si no ayudan a dar el paso.

Laila no se inmutó. Se ajustó las correas de su mochila con una parsimonia elegante y dio un paso adelante, colocándose justo entre los dos, rompiendo el espacio que Alex había creado.

—Solo era una observación, Noa —concluyó Laila, lanzándole a Alex una mirada cargada de una promesa silenciosa antes de volver la vista al frente—.

Es curioso ver cómo algunos solo se activan cuando hay un público que los observa.

Seguimos, ¿no? No querréis que el atardecer nos pille discutiendo por una gorra.

Al alcanzar la línea de la arista somital, el aire golpeó los cuerpos de forma lateral con una violencia inusitada. Las directrices de Mateo les llegaban a los oídos en ráfagas intermitentes por el efecto del viento:

—Mantened los tres puntos de apoyo en contacto con la roca de forma estricta. Pasos cortos y medidos. La mirada clavada exclusivamente en el punto exacto donde se asienta la bota. Por favor es el último esfuerzo, máxima atención, nada de distracciones en este tramo.

La superación de un último escalón de roca caliza los proyectó de golpe ante la presencia del cielo entero: habían coronado con éxito la cumbre de Peña Ubiña.

Se encontraban ante un pedregal de altitud donde el viento de la cordillera hablaba con una seriedad que cortaba.

El vértice geodésico de la cima se presentaba fría al tacto; el horizonte se abría ante sus ojos emulando un mar infinito de cumbres y desfiladeros que se prolongaba hasta donde alcanzaba la vista.

Habían hollado el punto más elevado de toda La365 Trail 2417 metros de altitud: un faro antiguo testigo de veranos claros y de inviernos rigurosos capaces de partir los pómulos del montañero más curtido.

Ninguno de los integrantes del grupo se tomó la molestia de gritar o proferir exclamaciones de triunfo banales.

Se instaló entre ellos un silencio de los buenos, un silencio denso y curativo.

Manos desnudas apoyadas firmemente sobre la superficie de la piedra caliza, ojos humedecidos por la emoción y el esfuerzo, despojados de cualquier tipo de teatro o impostura de cara al exterior.

Mateo esbozó una sonrisa íntima, dirigida hacia sus propios adentros de montañero.

—Bienvenidos a la cumbre, muchachos. Lo habéis logrado.

Tras las palabras de Mateo, el hechizo del silencio se rompió suavemente, dando paso al sonido de las cremalleras de las mochilas y al crujido de los envoltorios de los frutos secos.

Los nueve caminantes se sentaron en el suelo irregular de la cima, buscando el abrigo de las rocas para reponer fuerzas con un tentempié improvisado mientras sus ojos seguían anclados en la inmensidad.

—Jolín, esto es una pasada —exclamó Alex, olvidándose por completo de su cámara y masticando una barrita energética con la vista perdida en el horizonte—. Qué pasada de vistas... y pensar que todavía estamos empezando.

—Es que no hay palabras —añadió Noa, que compartía un puñado de nueces con Irene mientras el viento le alborotaba el pelo—. Cómo mola Asturias. Te sientes tan pequeña aquí arriba que todos los problemas que traías de la ciudad parecen una broma.

Bruno, que devoraba un trozo de chocolate con ansiedad, se volvió hacia el guía.

—Mateo, dinos qué es lo que estamos viendo exactamente. Parece que tenemos el mundo entero a nuestros pies.

Mateo se puso en pie con parsimonia y extendió el brazo, señalando el mapa vivo que se desplegaba ante ellos.

—Ubiña no es solo una montaña, muchachos; es un faro que alumbra por igual a Asturias y a León.

Desde aquí arriba, hoy que el cielo nos regala este día tan limpio, podemos ver casi todo lo que importa —explicó con voz serena—.

Hacia allá, el Puerto de Pajares y los Picos de Europa dominando el este.

Y si afináis la vista hacia el norte, donde el azul del cielo se funde con el horizonte, hoy podemos llegar a distinguir el Mar Cantábrico.

Bajo esa bruma ligera están Oviedo, Gijón y Avilés.

—Es como tener un dron natural —susurró Ayko, fascinada por la claridad del paisaje.

De repente, una sombra inmensa y silenciosa se proyectó sobre la piedra caliza del vértice geodésico.

El grupo guardó silencio instintivamente al ver a un ave espléndida sobrevolar sus cabezas a escasos metros.

Era un buitre leonado, que con las alas totalmente extendidas y sin apenas esfuerzo, aprovechaba las corrientes térmicas encima de una buitrera cercana.

Se movía imponente y altivo, como el verdadero dueño de aquellas altitudes, imperial sin duda.

—Miradlo... —murmuró Laila, señalando la elegancia del animal—. Parece que nos está dando el visto bueno por haber llegado hasta aquí.

—O que nos está recordando que aquí arriba somos simples invitados —apostilló Paula con una sonrisa de admiración.

Irene clavó su mirada en el vacío del abismo con un profundo respeto reverencial.

—Nunca en toda mi vida habría imaginado que el silencio más absoluto fuera capaz de generar esta cantidad abrumadora de ruido en el interior de la cabeza, Mateo.

—En estas altitudes calizas de Asturias todo genera su propio ruido, Irene —añadió Bruno, acomodándose la mochila—. Incluso el mero hecho de detenerse a pensar te resuena con fuerza en los oídos.

El grupo continuó allí un rato más, disfrutando de ese momento de cumbre en el punto más elevado de toda La365 Trail.

No había prisa por bajar. El aire era puro, la compañía era real y, por un instante, el ruido de las pantallas y las corporaciones comerciales se sentía como algo perteneciente a otro planeta.

Estaban vivos, estaban en la cima, y el sendero todavía tenía mucho que decirles.

Justo en ese instante de comunión, un montañero francés asomó por la cima luciendo una mochila desgastada y saludando al grupo con un “ salut ” tímido y respetuoso.

El hombre se sentó en una roca cercana y, con la generosidad típica de las cumbres, extrajo de su petate un pan de pueblo de corteza perfecta y un trozo de queso, ofreciéndolo al grupo con un gesto amable.

Laila, al escuchar el acento, se le iluminó el rostro y le contestó en un francés fluido y cantarín, con ese deje perfecto de quien pasa los años viviendo en París.

El montañero, sorprendido y aliviado de encontrar una compatriota en mitad de la caliza asturiana, entabló de inmediato una conversación animada con ella, gesticulando y riendo mientras compartían impresiones sobre la dureza y la belleza salvaje de la travesía.

Casi en paralelo, una pareja de montañeros vascos que venía completando la ruta por la vertiente opuesta alcanzó el vértice geodésico, resoplando por el último repecho, pero con una sonrisa de oreja a oreja.

Nada más coronar, se acercaron directamente a Mateo, reconociéndolo al instante como el guía del grupo.

Chocaron los guantes técnicos con él en señal de respeto mutuo por el esfuerzo compartido.